lunes, 21 de julio de 2025

Sobre transitar la tristeza y la mirada del otro

La tristeza es un tránsito. A veces nos arrebata, otras veces nos iguala. Pero siempre nos empuja a movernos, a sacudirnos, a reinventarnos.

En este tiempo, he recorrido un camino hacia dentro. Uno de esos viajes que no se anuncian con mapas, pero que se sienten en el cuerpo y en los silencios. Me encontré en medio de un proceso reflexivo que me llevó a lo más profundo de mis pensamientos. Me vi cuestionada, interpelada. Y en medio de ese recorrido, sentí el vértigo de quedarme en el vacío.

He decidido volver a escribir. No solo porque la escritura me ayuda a acomodar lo que me duele y lo que pienso, sino porque me invita a dialogar con otros, incluso si esos otros solo me leen en silencio.

Escribir, como diría Levinas, me permite existir con los otros. Me reconoce como individuo, sí, pero también como parte de una comunidad que necesita nombrar lo inhóspito.

Estuve mucho tiempo observando mi propia carencia, sentándome frente a ella como quien se sienta a tomar un café con sus propios conflictos. Y entendí que este diario no nace de la necesidad de contar algo especial, sino de compartir lo que para mí ha sido difícil de nombrar.

Creo que la única forma real de acercarme a quien me lee, es esa: abrirme desde lo más vulnerable, desde lo que me sacude. Empatizar. Y en ese ejercicio, descubrir que tal vez nuestras soledades no son tan distintas.

Hace poco me enfrenté a una de mis verdades más incómodas: la soledad.

No hablo solo de estar sola, sino de sentirme sola —esa experiencia silenciosa y cruda de no tener a nadie alrededor que me devuelva mi reflejo. Hace unos meses me mudé a un lugar nuevo. Sin familia. Sin amigos. Sin ese concepto de hogar que creía inamovible.

En ese contexto, me di cuenta de algo inquietante: durante años, mis vínculos habían sido una forma de no estar conmigo misma. El otro era, más que una presencia, un escudo para no mirar el vacío que habitaba dentro.

Recordé a Heidegger: Dasein, estar arrojada.

Y sí, estar arrojada al mundo implica empezar de cero. Pero nadie te advierte que también implica desmontarte entera. En mi caso, esa metamorfosis me dejó convertida en algo irreconocible: sin lengua, sin casa, sin los otros que me liberaban de mí.

Estar en tierra ajena me reveló una verdad incómoda: no me conozco. O, mejor dicho, me he evitado durante años. Y ahora no hay a dónde escapar.

En medio de ese proceso conocí a alguien.

Lo llamo “O”.

O es distinto a mí. Parece un ser completo, no está lleno de figuras que lo atraviesan. En nuestras conversaciones, entre las mañanas de bus y las partidas de cartas (de esas donde también se dejan sobre la mesa las emociones), hemos construido una amistad que ha sido casi terapéutica.

O me interpela. Me lanza preguntas que no siempre quiero responder. Y en medio de ese intercambio, surgió una verdad dolorosa pero necesaria: no sé quién soy. Soy un terreno desconocido.

La soledad me obligó a mirar ese terreno. A andar por él, a veces a tientas.

Y entendí que el problema con la soledad no es estar sin otros, sino estar con uno mismo sin distracciones. Es ahí donde todo se vuelve más nítido y, por eso mismo, más difícil.

Hoy sé que el otro puede caminar conmigo, pero no puede cargarme.

El otro no es mi espejo, ni mi silla de respaldo. Es un ser distinto. Y es justo en esa diferencia donde está lo más valioso: no verlo como un reflejo de mí, sino como un otro que me desafía, me acompaña y me recuerda que vivir es, sobre todo, un ejercicio de honestidad.

Estoy —todavía— en ese proceso.

De aprender a mirar al otro no desde mi necesidad, ni desde mi ego, sino desde su ser.

De resistir la tentación de convertirlo en función de mí, y en cambio, intentar acercarme a su esencia, a su verdad, aunque no me pertenezca, aunque no la comprenda del todo.

Es un camino difícil, a veces frustrante. Pero creo que si hay un modo real de encontrarse con alguien, es ese: desde la desnudez del ser, no desde las máscaras del yo.

Sigo escribiendo porque este proceso no ha terminado.

Porque aún me pierdo. Aún me contradigo.

Pero también, porque en cada intento de nombrar este camino, siento que me acerco un poco más —a mí, al otro, a eso que aún no sé decir pero que ya se está gestando.

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