miércoles, 26 de marzo de 2025

El arte de dejar ir: entre la acción y la distancia.

 Esta semana inicié la lectura de un libro, uno de sus temas centrales es sobre el "arte de dejar ir". No se trata de un texto de autoayuda, aunque, de algún modo, ha conseguido desplazarme hacia una comprensión más nítida de mi propia realidad, de aquello que deseo y de lo que, en cambio, no deseo sostener. 


Pensé entonces que "dejar ir" no es un gesto unívoco ni unívocamente dirigido hacia una persona. Se trata de un movimiento más amplio: implica soltar una acción, una decisión, una estructura de pensamiento, una forma de estar en el mundo, una manera de vincularse. En este sentido, si dejar ir es un arte, lo es en la medida en que exige la práctica de una distancia radical frente a lo que, sin embargo, nos afecta.  


Hubo un tiempo en que consideré el estoicismo una forma de renuncia. Me parecía que su propuesta exigía un abandono de la propia vulnerabilidad, una negativa a la dimensión afectiva que nos constituye como seres humanos. Sin embargo, esta semana comprendí que dejar ir no es ignorar aquello que nos atraviesa, sino sostenerlo sin asimilarlo como un mandato a hacer algo. A veces, lo más difícil no es actuar, sino interrumpir la compulsión de hacerlo. En ese sentido, ¿Qué significa quedarse en el umbral de la acción, en el punto muerto? ¿Qué se pone en juego cuando decidimos no responder, no intervenir, no intentar modificar el curso de lo que no está a nuestro alcance?  


En mis relaciones interpersonales, he tendido siempre a hacer, a actuar sobre el otro, como si la intervención pudiera transformar la realidad en sí misma. Alguien me sugirió recientemente que -en términos de Spinoza- esta inclinación podría leerse como "compasión". Pero me pregunto si la compasión no es también una forma de apropiación, un modo de asumir que el sufrimiento del otro nos pertenece, o que nuestra acción puede redimirlo. La realidad, sin embargo, se impone con crudeza: no podemos modificar la percepción ajena, no podemos alterar las decisiones de otro, y la voluntad de hacerlo quizá encubre algo más que un impulso altruista.  


Aquí me encontré con una bifurcación. Podía aferrarme a mi concepción del problema o desplazarme hacia la mirada del autor que leía. Opté por lo segundo. En ese ejercicio de descentramiento, comprendí que el error —si es que hay tal cosa— tal vez radique en el deseo de transformar lo que no es transformable. Y si así es, mi insistencia en modificar mi realidad no sería más que un ejercicio de reafirmación del yo, una trampa del ego que confunde agencia con dominio.  


Siempre he creído que toda experiencia contiene, en su núcleo, una invitación a la reflexión. Y en estos días he intentado asumir esa tarea con más rigor. Dejar ir, he comprendido, no es desestimar las acciones ajenas de los otros, sino reconocer su carácter arbitrario. No significa restar valor a las emociones que se despliegan en el encuentro con el otro, sino aceptar que hay dimensiones del vínculo que no dependen de la voluntad. Suelo decirles a mis estudiantes que no se tomen demasiado en serio mis palabras, porque no todo lo que se dice tiene el peso de un veredicto.  


Soltar, entonces, implica renunciar a la ilusión del control. Nos obliga a despojarnos de la pretensión de intervenir en lo que no nos concierne, a reconocer que hay aspectos de nosotros mismos que no comprendemos del todo y que, tal vez, ni siquiera necesitamos comprender. Y en algunos casos, dejar ir es también huir. Huir de lo que no nos beneficia, de aquello que no podemos sostener.


Pero hay una dificultad estructural en esta práctica. Dejar ir supone un reconocimiento de la propia impotencia, y eso nos desorienta. En un mundo que nos exige dominio, la renuncia parece una forma de pérdida. Sin embargo, en esta paradoja se inscribe lo que llamo el arte de dejar ir: la capacidad de apartarnos sin que esa distancia sea interpretada como abandono de nosotros mismos.   


Escribo esto no porque haya resuelto el problema, sino porque persiste en mi pensamiento. Quizá el tiempo, en su obstinación, termine por hacer su trabajo. Por ahora, me permito este espacio de indeterminación, esta pausa que, más que una inacción, es una forma distinta de estar en el mundo.  

domingo, 16 de marzo de 2025

De la levedad del amor.



He estado sintiendo la levedad del amor. 

Comprendiendo que el amar no es pretender transformar al otro.  

Que el amor es un laberinto de interrogantes sin respuesta. Que mi ser amado es un universo distinto al mío.  

Que es necesario desmontar las ficciones que he construido en torno al amor.  

Considero que el amor es un remanso de calma, una cadencia pausada en la que cada quien conserva su tiempo, sus ritmos y su modo singular de habitar el mundo. Y aunque en estos días me ha costado asumirlo—tal vez por la presión de los ideales impuestos, por la noción ilusoria de la trascendencia amorosa—, he comprendido que amar es permitir que el otro ejerza su libertad a mi lado, sin que ello implique posesión o renuncia. Amar es una elección consciente, no una emoción efímera. Una relación no debería ser un desgaste, sino un espacio de construcción mutua.  

He aprendido que la espera es un gesto sutil y precioso, que la paciencia sostiene una relación. Que llorar, añorar y disentir forman parte del camino. Que el dolor es transitorio, pero que la alegría compartida es eterna. Que vale la pena redescubrir a una persona una, dos y tres veces. Que las diferencias no deberían distanciarnos, sino animarnos a construir juntos. Amar, he comprendido, no es moldear, sino permitir el ser.  


Está semana tan compleja llena de eclipses y lunas rojas, entendí que la duda es una condición humana, que la perfección es un espejismo y que todos transitamos el acto de vivir por primera vez , arrojados en el mundo. También descubrí que un solo acto puede condenarnos a perder a alguien invaluable y que el rechazo, cuando se ofrece, regresa con la misma intensidad.  


Hace poco conversé con dos personas fundamentales en mi vida. Me hallaba sumida en la incertidumbre, reexaminando mi existencia con un solo vistazo. Curiosamente, ambos comparten el mismo nombre, así que los llamaré S y Sbs.  


Una noche busqué a Sbs y lloré. Sus palabras fueron un refugio tibio para mi alma. Su película favorita es La forma del agua, y la menciono porque su consejo se halla relacionado con esta: el amor no es una prisión de mis expectativas. Amar es abrazar las diferencias del otro, hallar belleza en su singularidad y enamorarse precisamente de aquello que lo distingue.  


S, por su parte, me habló del amor desde otra perspectiva: para él, amar es comunicar. Algo que, paradójicamente, siempre me ha resultado complejo. Durante años consideré la comunicación un artificio superfluo. Crecí convencida de que mis palabras carecían de sentido porque, en mi infancia, aprendí a callar antes que a expresarme. No lo digo lamentandome—mi niñez fue como la de tantos otros—, pero las raíces de mi silencio son profundas.  


Cuando S y yo hablamos, entendí que mi reticencia a la comunicación no se debía al orgullo ni al temor a la confrontación, sino a una convicción errónea: la certeza de que el otro no me escucharía. Pensaba que, al articular mis pensamientos en palabras, mi lengua se torcería como un gusano y mis palabras se perderían en el vacío. Por ello, elegí el silencio. Y ese mutismo terminó hiriendo a los demás.   


He llegado a la conclusión de que los ideales románticos nos han condenado a vivir con expectativas irreales, a creer que el otro debe amoldarse a nuestra imagen y semejanza, perdiendo así su esencia. En nuestra concepción occidental del amor, anhelamos la fusión absoluta, la disolución del yo en el otro, sin reparar en que amar no es librar una batalla en busca de certezas, ni aferrarse a resentimientos, ni edificar castillos de aire. Amar es mucho más que eso.  


Ahora mismo, me encuentro en un autobús de regreso a casa. Desde la silla 20, observo el paisaje en la ventanilla. A mi lado, una madre y su hija se abrazan, resguardándose del frío. Al mirarlas, pienso que tal vez el amor sea eso: cobijar al otro, brindarle refugio, permanecer a su lado sin importar el rumbo.  


A veces el amor no tiene un destino claro. A veces, el trayecto es breve. Pero, al final, lo que realmente importa es la manera en que elegimos recorrerlo.  


Hoy, me siento más enamorada que nunca. Una canción evoca a mi familia y a todos los que amo. Me invade una nostalgia profunda, ese dulce peso del recuerdo. Pero en lugar de rechazarla, la abrazo con ternura, como un niño que se deja arrullar por su madre.  


Y así, con esta reflexión, me despido de este fin de semana.  

lunes, 10 de marzo de 2025

Palabras sin voz.


Las palabras nunca salen. Se enredan en mi lengua, chocan entre sí, tropiezan, se ahogan. Desde que soy niña siento algo atorado en la garganta. Un peso, un nudo, una maraña de pensamientos que nunca logran convertirse en voz. Se repliegan dentro de mi boca, retorciéndose como un gusano. Y lo único que consigo expulsar son risas incómodas. 

En la universidad, me dediqué a estudiar el lenguaje. Pensé que si aprendía a entenderlo, podría domarlo. Darle un orden a mis palabras, hacerlas salir sin tropezar, sin balbucear. Pero la realidad no cambió. 

"Sí, está bien", digo una y otra vez. Me río. Asiento. Evito profundizar. Hace tiempo leí la carta de un hombre que dejó de hablar. Se rindió. Prefirió callar antes que decir algo que no fuera lo que realmente quería decir. Lo entendí. Hace tiempo que yo también elegí el mutismo selectivo, la risa nerviosa, las frases inconexas que mueren antes de cobrar sentido. 

"Las palabras tienen el significado que desees darles", decía Humpty Dumpty en la obra de Carroll. Pero las mías no significan nada. No transmiten nada. Ni un solo sentimiento. 

A veces pienso que nací rota. Que cuando mi madre me trajo al mundo, el llanto con el que la recibí fue suficiente para toda una vida. Tal vez en ese instante supe que nunca podría hacer más que enredar mi lengua como un gusano. Y me despedí. De mí. Del mundo. 

"No quiero hablar. No puedo. No sale de mi boca." No es que no quiera, es que no puedo. Cuando escucho tantas voces llenas de incoherencias, mi mente se apaga. Mi voz tiembla. Solo quedan los gestos. Mi rostro aprendió a hacer lo que mis palabras nunca lograron: hablar por mí. 

Decir demasiado implicaría poder hablar. Y yo no puedo. 
Pienso en todo lo que quiero decir. En todo lo que podría decir. Pero entonces lo veo desde afuera y parece absurdo. 
Así que callo. 

¿Hay algún lugar en el mundo donde las palabras no tengan voz?

lunes, 3 de marzo de 2025

Manifiesto.

 ¿Tiene sentido la existencia humana? ¿O es esta vida un calvario que respira, donde los pulmones se oxidan y la carne se marchita sin propósito?

No nos pertenece nuestra propia existencia. Somos piezas de un engranaje diseñado por jefes, por el Estado, por la burocracia. Se nos asigna un nombre que no elegimos, en una ciudad habitada por sombras que deambulan sin alma. ¿Qué significado puede haber en una identidad impuesta, en una sociedad que nos ahoga?

La humanidad no tiene nada intrínseco salvo su puerilidad, su dolor latente, el asco que se retuerce en su interior. ¿Qué sentido puede hallarse en esta vida mundana?

Osamu Dazai escribió en Indigno de ser humano: “Mi vida ha estado llena de vergüenza. La verdad, no tengo la más remota idea de lo que es vivir como un ser humano”. Como él, transitamos la desolación, asistimos a la muerte de nuestros principios. Nos han arrebatado la esencia, nos han vaciado hasta convertirnos en espectros de lo que alguna vez fuimos.

Somos víctimas de una civilización enferma de narcisismo y codicia. No somos individuos: somos carne burocratizada, engranajes de un sistema que devora sin tregua. Nos han tragado las fauces del Leviatán y, con nuestras propias manos, firmamos la inquisición de nuestra individualidad.

¿Estamos vivos? ¿O solo seguimos un guion preescrito, un simulacro de existencia? ¿Hay alguna justificación para perseverar en este vacío? Sísifo sigue empujando la misma roca; nosotros seguimos respirando, como por inercia.

Los ojos inquisidores nos vigilan, el juicio nos aprieta el pecho como una soga invisible. ¿Es posible existir en este estado de alerta perpetuo? Solo una certeza nos acompaña: debemos aferrarnos a la muerte.

Abandonarse

  Estos días han sido completamente diferentes al resto del tiempo. He estado intentando equilibrar una vida que, a veces, parece no ser la ...