(Cuando sobrevivir era tener que demostrar que merecía mis propios cimientos)
Como si yo le debiara algo al mundo.
Como si fuera una casa construida sobre ruinas ajenas,
una estructura agrietada que pide permiso para mantenerse en pie.
Como si el mundo fuera un vecindario silencioso,
donde hay que bajar la voz y sonreír desde la ventana,
sin que nadie vea las paredes peladas ni las lámparas que parpadean por miedo.
Como si el título de mi existencia
tuviera que estar colgado en la entrada:
“Perdón por entrar” ,
firmado con tinta negra, ilegible y eterna.
Como si el cosmos cobrara arriendo,
como si Dios tocara a la puerta una vez al mes
y exigiera rezos, silencios y sacrificios
para no clausurarme.
Como si estar sola conmigo fuera prender fuego en el sótano,
abre una caja llena de fotografías que nadie quiso ver.
Como si él —ese fantasma sin rostro—
me exigiera algo que no recuerdo haber prometido.
Como si al principio del tiempo
alguien hubiera grabado mi nombre en una viga podrida
y dijera:
“Esta será la ofrenda”.
Como si reír, llorar, tropezar
y habitarme a mí misma en voz alta
fuera una violación al reglamento.
Un ruido molesto.
Una amenaza para el orden.
Como si mi boca,
mi voz,
mi canto,
Fuesen alarmas que anuncian el colapso.
Como si de niña mi llanto hubiese sido un incendio,
y mi madre y mi padre salieran huyendo.
Como si el deseo que crece en mis paredes
tuviera que apagarse con agua bendita.
Como si mi felicidad tuviera que pasar
por la inspección de extraños:
“¿Quién te dio permiso para estar?”
Como si viviera,
pero en una casa prestada,
donde no puedo mover los muebles.
Así aprendí de niña:
a no colgar cuadros,
a no abrir las cortinas,
a no habitarme completa.
A torcer mi boca como si fuera una cerradura oxidada,
y a huir de mi corazón
como si escondiera ratas en las vigas.
Pero hoy,
rompo las tablas de la puerta principal.
Barro los escombros.
Tiro abajo los muros falsos.
Y aunque tiemblen las ventanas
y se quejen los vecinos,
me grito viva desde el centro de mi sala.
Mi boca grita.
Mi corazón tamborilea.
Y cada latido es un martillo.
Una reconstrucción.
Un manifiesto.
Hoy soy.
Hoy me hábito.
Hoy estoy viva.