Estos días he estado yendo y viniendo con una pregunta latente: ¿qué se supone que es el amor?
Me asalta la duda porque nunca he estado totalmente segura de lo que puedo llegar a sentir por alguien. Siento la necesidad de hablar, de abrazar y abrigar el dolor del otro, de ser cercana porque me reconozco en su mirada. Sin embargo, me pregunto: ¿puedo llamar a eso amor? ¿Surge el amor de una necesidad de cercanía? Y, si es así, ¿podemos decir que es un estado natural del ser humano?
Desde la prehistoria, los humanos hemos sobrevivido gracias a la unión y la cooperación entre tribus. A diferencia de los neandertales, que vivían en continuo estado de guerra, nosotros vencimos miles de obstáculos gracias al poder del amor, esa fuerza que, como decía Empédocles, une los contrarios.
Por eso, si el amor es tan indispensable, ¿por qué en pleno siglo XXI parece que vivimos en un permanente estado de guerra?
Para seguir con mi reflexión, quiero contar una experiencia.
En una de mis clases de filosofía con los estudiantes, jugamos a lo hobbesiano. Debían simular estar en el estado de naturaleza total: no se permitían alianzas, y la única regla era que quien sostuviera más tiempo una pelota “vivía” más tiempo. La pelota podía simbolizar cualquier cosa: comida, agua limpia, territorio… o simplemente una pelota.
En ese estado, la calma no existía. Parecía imposible sobrevivir: nadie lograba quedarse con ella por mucho tiempo. Al final, decidieron abandonar el juego y crear tribus y reglas que les permitieran sobrevivir.
Pero entonces pensé: en una sociedad actual, donde reina el individualismo y el amor no tiene interés político ni social, ¿podemos realmente hacer alianzas?
¿Podría ser que quince estudiantes de dieciséis años fueran más sabios que los dirigentes de nuestros territorios?
Quizá sí, quizá no. Pero la conclusión a la que llegamos fue contundente: hoy parece imposible vivir en la Tierra con otros.
Recuerdo una frase de un profesor en mi clase de psicología analítica de Jung:
“El ser humano ha comenzado a exterminarse a sí mismo; se detesta. Ya no existe un sentimiento de integración, ni siquiera con los suyos.”
Esa afirmación resuena en el concepto de amor líquido de Bauman: un amor que se desintegra, no solo en el plano romántico, sino en cualquier forma posible. El amor entendido como totalidad, no como carencia, se ha diluido.
Y el panorama es desolador: no podemos volver atrás, a la prehistoria; lo que somos ahora es lo que hay. No hay marcha atrás. Es triste —si le ponemos emoción—, pero es la realidad que habitamos.
Entonces, ¿qué podemos hacer?
En esta entrada no pretendo ofrecer soluciones. No comencé a escribir esto pensando en respuestas, sino en la necesidad de pensarme y pensarnos.
Quizá la respuesta esté en cada uno:
¿Qué estoy haciendo yo para alejar a los otros y vivir en un continuo estado de odio?
¿Es más importante mi ego que lo que puedo aportar a alguien?
¿Es más importante mi miedo a amar a otro que permitirme ser?
¿Es más importante quedarme con la pelota?
