He soñado fantasías
de mis muertos perdidos,
rechinantes de dientes
absorbidos por la histeria colectiva
en el camino al alba infinita
Donde se desnudan los anarquistas
de una mente sin sentido.
Allí donde el caballo de Nietszche abraza la maleza
y se restriega contra el fango oloroso,
ese que nos pide a todos ser una unidad pavorosa
un apolíneo descenso de la raza humana, que nos cubre con el excremento de lo idóneo.
Y escucho en las calles el aullido de los indios, pobres y negros
a quienes las ideas abandonan, a quienes la historia rechaza
¡Pobres de ellos!, dicen los blancos abrochando sus botones y sombreros elegantes. ¡Pobres todos, muertos y abandonados a la suerte de la naturaleza en esta vida del absurdo!
He visto a las mejores ideas ser usadas para limpiar la mierda de los señores
Y a los poetas alcohólicos, coléricos, drogados suicidarse en los árboles de paz construidos por los hispanoamericanos que una vez celebraban la vida donde nuestros antepasados formaron murallas, que ahora se venden, cómo la cultura, en bazares y antros.
Escuché cánticos de las vírgenes consagradas mientras reventaban sus cráneos y manoseaban sus vulvas en honor a deidades antropomorfas manchadas de egolatría y desdén.
Recité versos sofocantes y apedreé a las putas del caribe amarradas de manos y pies a sus celestinos.
Escupí y grité a la utopía, a los idealistas y moralistas que masturban su mente con ideas perdidas en la sangre de Jesucristo, que derramó gotas de esperanza perdida de lo humano.
Aplaudí a la suerte, y me burlé de ella, mientras me despedía del último cuerdo, con abrazos y besos, ese que no existe, que nunca existió, pero que soñaron nuestros muertos caídos en el frente donde la sangre manchó las banderas de la paz.