lunes, 26 de enero de 2026

La nobleza de la derrota

 Hay una verdad silenciosa que encierra la derrota. De niña, me gustaba ver en las películas el momento en que los soldados alzaban la bandera blanca para rendirse. Siempre lo entendí como un acto de nobleza: aceptar que no se puede continuar en la misma dirección. Rendirse, en ese sentido, no es avanzar ni retroceder, sino detenerse; no provocar, no insistir, no forzar ningún movimiento en el otro.

Para pensar esta forma de soltar, me resulta inevitable acudir a Rainer Maria Rilke —Rilke, a secas—. Nombrarlo se vuelve necesario para comprender la emocionalidad del dejar ir. Rilke escribió que amar no significa fundirse con el otro, sino aprender la distancia que permite a cada quien ser quien es. Esta idea, sencilla en apariencia, encierra una verdad difícil de aceptar: no todo lo que se ama puede sostenerse en el tiempo.

Aceptar la renuncia cuando es necesaria no implica renunciar al amor, sino reconocer sus límites. Como aquellos soldados que alzan la bandera blanca, dejar ir puede ser una forma de cuidado: no dañar al otro y no dañarse en el intento de permanecer.

Aceptar que algo no funciona es también respetar la singularidad del otro. Rilke insistía en que cada persona habita su propio proceso vital, y que no siempre esos procesos avanzan en paralelo. Forzar una sincronía inexistente solo conduce al desgaste, al resentimiento y a la culpa.

Hace poco comencé a reflexionar sobre mí misma, sobre la necesidad de control que ejerzo incluso en las relaciones humanas. Me esfuerzo por sostener vínculos en el tiempo aun cuando sé que no hay esperanza real en ellos. Sin embargo, en una cultura que insiste en que quien deja ir es un cobarde, atravesar ese muro se vuelve especialmente difícil cuando quedarse duele más que irse.

Hoy he empezado a disfrutar de mi propia compañía: a darme los buenos días y las buenas noches, a cuidar mi corazón cada vez que se quiebra. He aprendido a ser refugio para mí misma. Y desde ese lugar, he logrado alzar la bandera blanca cuando es necesario, no como un gesto de derrota, sino como una forma de proteger lo que aún queda de mí.

Abandonarse

  Estos días han sido completamente diferentes al resto del tiempo. He estado intentando equilibrar una vida que, a veces, parece no ser la ...