El camino está cerrado de par en par.
Han dicho que la puerta del otro lado no abre.
Las estrellas se partieron en dos.
Me estrellé contra la espalda del mundo.
Nada tiene sentido.
Escrito está en nuestra herencia:
la inevitable levedad del ser.
Demasiado tonto para ser tonto.
Demasiado absurdo este cielo
lavado en gris.
Demasiado pesadas las lágrimas
que alguna vez descendieron por mis mejillas.
Sin razón.
Sin cordura.
Nada habita arriba,
salvo una estrella roja,
inútil,
encendida entre el principio y el final.
La vida ha elegido la nada.
Y el hombre,
temeroso del vacío,
ha tejido respuestas
para cubrir el abismo.
Todo aquello que importa pesa.
Todo aquello que nos toca
termina atravesándonos.
La estrella cruza el cielo gris.
No sabe de cadenas.
No sabe de nombres.
No sabe de órbitas ni de tiempos.
Habita el Dasein del hombre,
pero rehúsa pertenecer.
Camina despacio,
ligera,
líquida,
como si la libertad consistiera
en no quedarse jamás.
Entonces Saturno.
Silencioso.
Antiguo.
Inevitable.
La encuentra.
La gravedad ocurre.
La estrella gira.
Y vuelve a girar.
Y una vez más.
Sin advertir
cuándo dejó de huir.
Demasiado tonta.
Demasiado líquida.
Demasiado perdida para admitir
que a su luz
termina inclinándose.
Que hay fuegos
de los que ninguna distancia salva.
Que una pequeña llama
En el lazo izquierdo del pecho
ha pesado más
Y que ahora,
para siempre,
orbita en el.
