viernes, 16 de mayo de 2025

Vericuetos de Mayra

 Voy camino a mi ciudad natal en un bus. Escucho una canción que no mencionaré, miro por la ventana y pienso. De la nada me llega una idea: escribo.

Estos días han sido ajetreados. He decidido, por primera vez, convertir esto en un diario íntimo: una forma de reivindicarme de lo que ha sucedido activamente en mi mente estos meses. Creo que esto forma parte de mi proceso terapéutico para encontrar aquello que yacía perdido en mí: mi identidad.

Hace una semana tuve una conversación con una persona importante para mí —se ha convertido en un mensajero de alguna verdad— y, recientemente (un día atrás), me comuniqué con mi psicoterapeuta sobre uno de los asuntos que más inquietan mi mente: el ego y la pregunta “¿Quién soy yo?”. Ante esta incógnita, C y yo concluimos que, en cuanto a mi propia identidad, no tengo idea de nada… y no me conozco por el ego.

En psicología analítica, hablamos del ego como de esa sombra que todos los seres humanos cargamos y que forma parte de nuestra persona. En mi caso, no la conocía en absoluto, y C me permitió nombrarla y, además, entenderla. Este ego que llevo cargando está atado a la necesidad de validación: superar a quienes me rodean. Desde esa perspectiva, “ese instinto competitivo” que tanto me aplaudían de niña no era más que narcisismo disfrazado. Desde que tengo uso de raciocinio, he vivido enteramente para los aplausos que consigo al superar a aquellos que no se sienten tan bien con sus logros.

Aunque suena cruel, es la parte oscura de mí que me impedía avanzar personalmente. Este ego no solo alejaba a las personas que intentaban acercarse a mí, ayudarme y permitirme ser vulnerable, sino que también me impedía ver la vulnerabilidad de los demás, juzgándolos por lo que no podían darme, por lo que no podían ser (como si el otro fuese un adaptador).

Ante esta sombra no integrada, me presioné a ser algo que no soy, a cumplir estándares para recibir aplausos, a realizar actividades que no me agradaban y a arruinar relaciones con quienes alguna vez me quisieron y desearon verme por quién soy, no por lo que podía otorgarles. Me empecé a enfadar si no cumplían mis expectativas imposibles de ser humano. Sin embargo, incluso para mí misma, ser perfecta siempre fue el objetivo: recibir aplausos, un abrazo interesado de algún extraño, gritos desmesurados de gente que no me importa, regalos, palabras ridículas… Todo aquello que simbolizaba admiración me generaba una disyuntiva: por un lado, me atemorizaba no llenar esas expectativas; por otro, lo disfrutaba.

Hoy me doy cuenta de que he vivido como un muñeco de circo: mostrando una sonrisa y una personalidad fingida para cada público, recitando un verso ridículo para cerrar el espectáculo. Mi verdadero yo se ha convertido en un fantasma que deambula esperándome. Ante todo esto, admito que me siento perdida.

Por otra parte, mi psicoterapeuta me ha categorizado dentro del “trastorno de la personalidad obsesivo–compulsivo”. Esto no solo me reprime y encapsula, sino que me nombra y me obliga a aceptar, por el resto de mi vida, un diagnóstico nuevo que debo integrar en la lista de cosas que hace mucho dejó de importarme. Quizá esté nombrada, pero mi mente aún se resiste a aceptarlo. Y, aunque sé que este proceso de rechazo hacia mí misma me ha impedido avanzar, actualmente no encuentro otro camino porque no me conozco en absoluto.

Para finalizar: esta no es una entrada para reflexionar, tampoco es para aparentar algo de mí y recibir aplausos por mi forma de escribir, de ser o de pensar; he dejado eso atrás. En esta entrada me presento como la persona real ante ustedes, y me despido por un tiempo hasta que logre encontrarme.

Gracias por todo, queridos lectores. 

sábado, 3 de mayo de 2025

El baile de los tontos

La necesidad de querer alejarme y acercarme al mismo tiempo. 

Últimamente he notado, sin sorpresa pero con cierto desconsuelo, que mis vínculos con los demás se mueven en una contradicción persistente, como si mi existencia entera dependiera de ese tira y afloja. Acercarme a alguien se ha vuelto un procedimiento torpe, casi teatral. Alejarme, en cambio, es un rito pulido con el tiempo, una ceremonia que desempeño con un pudor que a veces roza la crueldad.

La necesidad de acercarme me domina, sí. A ratos. Me lanzo —titubeante, casi temblorosa— a una conversación, una mirada, un gesto. Y justo cuando parece que algo nace, algo íntimo, algo cálido… me retraigo. El silencio se instala entre nosotros como una renuncia anticipada. Como si cualquier emoción que pueda suscitar el otro fuera demasiado, excesiva, insoportable.

Recuerdo vagamente un fragmento de Sartre, leído en la universidad. No podría citarlo con precisión, pero el significado me persigue: el ser está condicionado por la mirada del otro. Vivimos, inevitablemente, bajo el juicio de los demás, atados al modo en que nos perciben. Esa percepción me limita. Me reduce. Me hace significante cuando no quiero significar nada. Cuando solo quiero estar, sin justificarme, sin representarme.

No es el otro el que duele, no. Es el acto de abrir la puerta. De dejar entrar. Porque cada nuevo vínculo es una amenaza a mi frágil equilibrio. Cada persona que intento incorporar a mi vida —más allá de las pocas que han resistido mis tormentos internos— me desborda, me fatiga, me arroja contra un espejo que no siempre quiero mirar.

Sí, quiero conocer a alguien nuevo. A veces lo deseo con una fuerza que me sorprende. Pero he aprendido que toda relación es un desgaste. Una herida anticipada. El simple hecho de que el otro exista conmigo ya me afecta, porque ambos respiramos bajo el mismo cielo, y esa cercanía me araña.

Así me muevo, en este vaivén entre la búsqueda y el abandono. Una frecuencia que no he logrado descifrar. Y por razones que no alcanzo a comprender del todo, encuentro más consuelo en la ausencia que en la presencia. Mi mayor miedo hoy no es estar sola. Es acostumbrarme demasiado a ello. Convertirme en un ermitaño dentro del mundo de los otros, sin siquiera notarlo.

Quizá este caracol, que por momentos asoma tímidamente sus antenas, regrese pronto a su caparazón. Allí donde no hay palabras, ni miradas, ni promesas.

Solo un eco.

Abandonarse

  Estos días han sido completamente diferentes al resto del tiempo. He estado intentando equilibrar una vida que, a veces, parece no ser la ...