El vagón de tren comienza a movilizarse
Me encuentro sepultada y entre las raices crece de mi la hierba,
Tan verde como los helechos dónde enterraron a mi abuela
Mercedes, frágil como la crisálida.
Mi alma se alimenta de los canticos de las musas heliconides, mientras descanso en el regazo de mi madre.
Las mujeres me enseñaron el arte de la belleza, el más puro de todos, mientras me perdía revoloteando entre los jardines de lo prohibido.
-Mordí la manzana- me permiti saborear el dulce fruto de lo amargo,
Luego tuve una epifanía y morí.
-Los hombres son el fruto de la maldad- me expresa la celestina, mientras me amarro al dedo un anillo de fique y me lanzó a las frías aguas del río,
Dónde los amantes prometen lo prohibido
Y Ofelia murió por Hamlet.
Espero encontrar lo que prometen mis sueños,
Corro en busca de lo perdido, aún cuando la muerte me acecha.
-El amor es una plaga- expresa la celestina,
Pero mientras recita estos sermones me sujeta el velo a la coronilla, y me arroja al hombre cruel,
Y yo, tentada a la utopía,
Me desplomo en sus brazos.
No hay amores más cercanos a la muerte
Que darse de primeras en alma y cuerpo,
Mientras los gusanos se alimentan de la carne,
Y el espíritu es desperdiciado.
Soy demasiado empedernida,
Me sujeto al vacío del otro,
Me aprieto contra el suelo esperando su respaldo.
No quiero un amor de vuelta
No quiero morir por Hamlet
No deseo unirme al hombre cruel,
Deseo ser luz, espíritu, cuerpo
De mi misma, nada más.