Estos días han sido completamente diferentes al resto del tiempo. He estado intentando equilibrar una vida que, a veces, parece no ser la mía. Quería escribirlo; quería volverlo realidad de alguna forma, aunque fuera de manera superflua. La vida se carga de significado cuando queda plasmada en algo. Quizá soy demasiado nostálgica, pero algo me dice que es necesario volver a las viejas mañas de pseudoescritora o pseudopoeta.
Hace poco me llegó el mensaje de alguien importante en mi vida y me hizo reflexionar sobre qué tan importante he sido yo para mi propia vida y de dónde nace esa necesidad de querer agradar, sostener y en ocasiones, abrazar más a otros que a mí misma. Al principio me generó desagrado, pero, después de un par de noches de reflexión, pude comprender mejor aquello.
Hace poco vi de nuevo The Worst Person in the World y, aunque el título es exagerado, considero que resume en pocas palabras cómo se siente ser un sujeto ajeno a su propia existencia. En la película, Julie representa muchas de las contradicciones de la experiencia humana: una mujer en sus treinta atravesando una crisis existencial. Julie no sabe lo que quiere, pero sabe (o al menos intenta) satisfacer a los demás para encontrar, en esa entrega, un poco de sentido para su propia existencia.
Hay una frase que adoro: «Me siento espectadora de mi propia vida, como si estuviera interpretando un papel secundario.» Me llama profundamente la atención porque la enlazo con esa necesidad de recurrir al otro para sentirme completa. Esa necesidad termina eclipsando la figura del yo, tan elemental en la vida humana, hasta convertirla en "lo otro".
Respecto a Julie, creo que esta vivencia es profundamente humana, aunque en las mujeres suele manifestarse con una intensidad particular debido a la forma en que históricamente hemos sido socializadas. Desde la noción de "lo otro", que encuentro especialmente sugerente en Beauvoir y que también dialoga con ciertos planteamientos de Derrida, comprendemos cómo la identidad puede terminar edificándose a partir de una mirada externa. Dejamos de ser el centro de nuestra propia experiencia para convertirnos en aquello que los demás necesitan, esperan o interpretan de nosotras. Poco a poco dejamos de preguntarnos quiénes somos para empezar a preguntarnos quiénes debemos ser para cada persona que atraviesa nuestra vida.
Ese mensaje, surgido en medio de la nada, me dejó pasmada, enojada y frustrada, porque es un tema que he podido reconocer en las conversaciones con mi psicóloga. Sin embargo, no basta con reconocer que muchas veces una se construye desde la mirada del otro; el verdadero reto consiste en deconstruirse, desmontar esa necesidad constante de validación y permitirse existir de forma auténtica. Elegirse a sí misma, tomar decisiones desde el propio deseo y no desde el afán de responder a las expectativas ajenas. Porque, sin advertirlo, terminamos ocupando distintos papeles para distintas personas: la hija, la amiga, docente, pareja, cuidadora, la que escucha, la que aconseja. Y en el intento de cumplir cada uno de esos roles, corremos el riesgo de olvidar quiénes somos cuando no hay nadie observándonos.
Creo que ha sido complejo equilibrar las necesidades ajenas con las propias. Quienes hacen parte de mi vida quizá no lo perciban, pero yo vivo dividida entre tantos, intentando satisfacer los tiempos y los espacios que puedo otorgarle a todos. En ese intento, a veces me pierdo.
Me descubro convertida en espectadora de mi propia vida, esperando que llegue mi turno para conocerme, entenderme y escucharme. Quizá ese sea precisamente el problema de nuestro tiempo: no querer escucharnos. Vivimos distraídos por las exigencias, las expectativas y las voces de los demás, hasta el punto de olvidar que también existe una voz propia esperando ser atendida.
No sé bien cómo terminar este escrito, y tampoco pretendo hacerlo. Tal vez algunos textos no necesitan un cierre, sino un punto de partida. Espero que cada quien encuentre aquí el suyo.







