martes, 28 de abril de 2026

Ontología del deshabitar

 Reconciliarme con la idea de no tenerte,

de no habitarte, de no serte,

ha sido un camino lleno de baches.

He intentado seguir

con la certeza incómoda de que no eres mío

y nunca lo fuiste.

Que no puedo impedir que vivas tu vida,

como tampoco puedo esquivar la mía:

mirar otros ojos,

habitar otros cuerpos,

mezclar mi energía con la de otro.

Pero yo,

que recorrí tus caminos,

me pregunto si será sencillo deshabitarte.

Si la tristeza de no vivirte cesará algún día,

si la lluvia en mis ojos aprenderá a descansar.

Siempre me imaginé tuya.

Siempre me entregué completa.

Ahora mi órbita se ha deshecho.

No encuentro en mí razones para odiarte.

Mi cuerpo, debilitado

por el amor que anunciaba como destino,

carga las cadenas

que yo misma forjé,

como si hubiera construido mi propio encierro,

como si la vida no pudiera ser más que esto.

Pero lo es.

Te levantas un día,

es lunes en la mañana

y llueve.

Llueve a cántaros

y no está tu abrigo.

Busco,

y tu voz no retumba en la habitación.

La gata se acerca y me lame,

como si pudiera oler la tristeza.

No escucho música:

en todas se mezclan tus letras.

Es lunes en la mañana,

y la vida,

aun sin ti,

sigue siendo la misma.

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