sábado, 3 de mayo de 2025

El baile de los tontos

La necesidad de querer alejarme y acercarme al mismo tiempo. 

Últimamente he notado, sin sorpresa pero con cierto desconsuelo, que mis vínculos con los demás se mueven en una contradicción persistente, como si mi existencia entera dependiera de ese tira y afloja. Acercarme a alguien se ha vuelto un procedimiento torpe, casi teatral. Alejarme, en cambio, es un rito pulido con el tiempo, una ceremonia que desempeño con un pudor que a veces roza la crueldad.

La necesidad de acercarme me domina, sí. A ratos. Me lanzo —titubeante, casi temblorosa— a una conversación, una mirada, un gesto. Y justo cuando parece que algo nace, algo íntimo, algo cálido… me retraigo. El silencio se instala entre nosotros como una renuncia anticipada. Como si cualquier emoción que pueda suscitar el otro fuera demasiado, excesiva, insoportable.

Recuerdo vagamente un fragmento de Sartre, leído en la universidad. No podría citarlo con precisión, pero el significado me persigue: el ser está condicionado por la mirada del otro. Vivimos, inevitablemente, bajo el juicio de los demás, atados al modo en que nos perciben. Esa percepción me limita. Me reduce. Me hace significante cuando no quiero significar nada. Cuando solo quiero estar, sin justificarme, sin representarme.

No es el otro el que duele, no. Es el acto de abrir la puerta. De dejar entrar. Porque cada nuevo vínculo es una amenaza a mi frágil equilibrio. Cada persona que intento incorporar a mi vida —más allá de las pocas que han resistido mis tormentos internos— me desborda, me fatiga, me arroja contra un espejo que no siempre quiero mirar.

Sí, quiero conocer a alguien nuevo. A veces lo deseo con una fuerza que me sorprende. Pero he aprendido que toda relación es un desgaste. Una herida anticipada. El simple hecho de que el otro exista conmigo ya me afecta, porque ambos respiramos bajo el mismo cielo, y esa cercanía me araña.

Así me muevo, en este vaivén entre la búsqueda y el abandono. Una frecuencia que no he logrado descifrar. Y por razones que no alcanzo a comprender del todo, encuentro más consuelo en la ausencia que en la presencia. Mi mayor miedo hoy no es estar sola. Es acostumbrarme demasiado a ello. Convertirme en un ermitaño dentro del mundo de los otros, sin siquiera notarlo.

Quizá este caracol, que por momentos asoma tímidamente sus antenas, regrese pronto a su caparazón. Allí donde no hay palabras, ni miradas, ni promesas.

Solo un eco.

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