Hace poco estaba dialogando con una de mis amigas más cercanas —llamémosla V—. Había un poco de vino, algunos cigarros y la noche de nuestro lado. En ese vaivén del discurso entendí algo que ya había comprendido antes, pero a lo que nunca me había dedicado del todo.
En un instante de nostalgia me detuve a pensar en mis charlas de camino a casa, saliendo del colegio, con mi roomie que también era mi compañero de trabajo. Conversaciones donde los consejos y los regaños eran el pan de cada día.
—¿Cuál es la base para ser realmente feliz? —preguntaba yo.
—Soltar —respondía O, mientras caminaba despreocupado por la calle, con los carros lanzándose hacia nosotros como pájaros sin rumbo.
Esa forma de ser de O siempre me generó incertidumbre, pesar y frustración. Para mí, vivir siempre estuvo relacionado con la acción: hacer, movilizarse cambiar. Como si la vida solo tuviera sentido cuando algo estaba ocurriendo.
Sí hablamos desde la filosofía oriental, Byung-Chul Han diría que ese impulso no es casual. Vivimos bajo la lógica del rendimiento, donde no hacer se percibe como fracaso y detenerse como una pérdida de tiempo. Nos convertimos en sujetos que se exigen constantemente, incluso en el amor.
Empero; con el tiempo he entendido que vivir de esa forma es un desgaste, un círculo vicioso del cual no puedo salir por una necesidad incesante de tener el control de todo. No controlarlo todo se siente, a veces, como desaparecer.
Volviendo a V. Ella y yo somos muy parecidas: la forma en la que actuamos, cómo nos relacionamos con los hombres y cómo construimos nuestras amistades femeninas. En un intento por entender de dónde proviene esta necesidad compartida, llegamos al mismo punto de la discusión: el ego.
El ego que nos impulsa a actuar para dominar la situación. Desde un trabajo universitario hasta una relación de pareja, intentamos que el proyecto funcione porque creemos que debe funcionar. Pero, como advertía Epicteto, no sufrimos por lo que ocurre, sino por nuestro deseo de que las cosas sean distintas a como son.
Quizá a V le canse L, pero ha dispuesto toda su energía a ese gran proyecto. Prefiere sacrificar su tranquilidad antes que aceptar el fracaso. No es amor, es control. No es deseo, es miedo a soltar.
Y quizá ahí está la confusión más grande: creer que vivir es sostener. Que amar es insistir. Que perder el control es perderse a una misma.
Pero tal vez vivir una relación, un proyecto o incluso un problema no implique actuar más, sino soltar mejor. Soltar el control, la ansiedad, la necesidad de perfección. Soltarnos a nosotras mismas, al mundo, a las relaciones.
Tal vez la vida, como intuía O despreocupado, no se trata de hacer tanto, sino de aceptar desde nuestra frágil condición humana que no tenemos el control de nada.
El miedo más grande para una chica como nosotras, enseñadas desde pequeñas a ser las responsables de su círculo, nos dieron la etiqueta de "independientes" o "lideres", que aunque esa mentalidad nos haya ayudado en muchas situaciones, también nos encara un límite difícil de superar, soltar el control y delegar responsabilidades, no solo en la vida profesional/académica, sino también en las relaciones interpersonales. Sin embargo, por más arraigado que esté a nuestra personalidad el querer controlarlo todo, mejorar esto es posible y la paz que da, no tiene precio.
ResponderEliminarTienes toda la razón, mi cielo
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