No me parezco a ti en la superficie:
no en la risa que otros oyen,
no en la forma en que me siento a la mesa.
Me parezco a ti en lo invisible.
En la grieta.
Tengo tus ojos -dos monedas antiguas-,
dos puertas que no saben quedarse abiertas.
Tengo tu manera de huir
cuando el amor exige permanencia.
Me deshago igual que tú
cuando algo pide raíces.
Tu ira vive en mi lengua.
Sale disparada como clavos encendidos.
Atraviesa.
Se queda vibrando en el corazón de alguien más.
Soy tu eco cuando escupo desprecio.
Soy tu sombra cuando me vuelvo de piedra.
He aprendido a protegerme con el mismo cuchillo
con el que tú me herías.
Camino como tú:
con ese aire de mundo conquistable,
con esa sed de oro que no se sacia nunca.
Dinero como anestesia.
Pero también heredé lo hermoso
y eso duele más:
la disciplina que no descansa,
la fascinación por aeropuertos y mapas,
la risa torcida que entiende la crudeza del mundo.
Tu sangre es un río oscuro
que insiste en correr bajo mi piel.
Cuando me miro al espejo,
no veo mi rostro:
veo algo que no pedí.
La abuela lo sabe.
Lo ve en mis gestos.
En la forma en que frunzo el ceño
como si el mundo me debiera algo.
Soy tu hija incluso cuando intento no serlo.
Soy tu apellido caminando hacia el futuro
como si arrastrara un ataúd pequeño
con tu nombre grabado.
Aun muerto,
vivirás en mis impulsos.
En la violencia breve de mis pensamientos.
En el deseo de ganar,
aunque nadie esté compitiendo.
Y me pregunto
¿Este cuerpo es mío
o es la extensión de tu fracaso?
¿Podré arrancarte de mi sangre
sin desangrarme?
¿Podré amar
si aprendí que el amor siempre se va?
Padre,
hiciste de mi corazón un hueco negro.
El mío late como si buscara salida.
El tuyo
¿alguna vez supo hacerlo?

Increíble !
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