La soledad que habito me marchita,
pero aún respiro en el viento
que me nombra y me exhala.
Los árboles, en grietas,
siguen abiertos de par en par.
Alguna vez, en este agujero, hubo flores;
hoy quedan hojas caídas
que, sin saberlo,
empiezan a hacerse bosque.
La niña, enmarañada en el musgo,
se levanta y toca la tierra.
Huele el petricor,
escucha a los pocos pájaros,
y en ese gesto pequeño
regresa.
Regala luz,
tan frágil como la crisálida,
pero insiste.
Una vez hubo agua por montones;
hoy, en el estanco,
quedaban apenas unas gotas.
Entonces llueve.
Esta vez,
¿la tierra responderá?

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