En una sociedad que evita la emoción de estar viva,
yo quiero sentir mi respiración hecha latido.
En una sociedad que niega el intenso mundo interior,
yo quiero recitar poesía barata a los míos.
En un mundo donde el amor es una tragedia,
yo deseo tener un alma que arda por el otro.
En una sociedad enmarañada de muertos vivientes
que sobreviven cubriendo el sustento diario,
yo necesito sentarme a escribir, a cantar, a leer, a actuar, a ser.
Quiero que mi espíritu recorra las cordilleras
como un mar de sangre,
de mi gente, de mi rabia.
Necesito creer que existe un mundo
donde pueda sentarme a sentir,
llorar, gritar y sufrir;
donde el “ser” y el “estar”
no sean un problema de lesa humanidad,
donde los narcóticos no tengan cabida.
En un mundo lleno de opioides y gentes sapientísimas,
yo no quiero pensar:
quiero incendiarme con el fuego
y vivir quemada.
En un mundo donde la vida es ridículamente fugaz,
yo quiero sentarme a mirar el cielo
asomarse en la madrugada.
Quiero imaginar un mundo
donde me sea permitido sentir mi pulso
y respirar tranquila.
Dejar de ver en las calles
a los locos no tan locos
y a los no tan locos demasiado locos,
todos huyendo de lo demasiado humano,
despreciándose a sí mismos.
Y a los cínicos,
callarles de la boca la poca palabra.
Quiero cansarme al correr,
acurrucarme a llorar,
detener el reloj social.
Quiero vivir cada momento
sin buscarle significado,
matar la hermenéutica
y sentir, sentir, sentir.
Quiero ser.
Poder ser, quizá.
Quiero gritar
hasta que mi corazón explote.
Que los lobos corran
mientras yo me quedo aquí,
pidiéndole a la luna un último deseo:
“Quiero estar viva.
Viva, viva, viva.”
No hay comentarios:
Publicar un comentario