Estos días he estado muy sensible. Quizá estoy atravesando diferentes momentos de mi vida y los recuerdos me atraviesan como dardos. Actualmente me encuentro en una relación estable y bastante sana. Y eso, aunque suene paradójico, hace que mi corazón ansioso se vuelva un poco más nostálgico. El recuerdo de una Mayra de 18, de 22 y de 24 años se dibuja frente a mí, y siento que debo crearla para darle voz. A la vez, para mí es difícil crear estando enamorada así; me ha tomado tiempo encontrar la manera de plasmar mis pensamientos.
Siempre he sido un ser humano muy nostálgico, bastante empedernido, difícil y contradictorio (como todos en el mundo, diría Camus y Dazai). A pesar de todo, paso buena parte de mi vida buscando algo que me haga sentir más humana. Creo que vivir con estos sentimientos llenos de dudas y preguntas es, en cierta medida, la esencia misma de mi ser. Por eso necesito escribir sobre un pensamiento que me ha acompañado especialmente estos días: la nostalgia.
Creo que, como seres humanos inmersos en una sociedad técnica, acelerada y cada vez más automatizada, nos han enseñado a rechazar ciertas emociones y sentimientos que forman parte de nuestro espacio más íntimo. Quizá no hay nada más humano que no saber exactamente qué sentimos y, aun así, no querer sentirlo. Esa misma sensación me ha acompañado estos días mientras escucho música de artistas que escuchaba antes y vuelvo a leer sobre temas que alguna vez me interesaron. Hace poco incluso decidí revisar mis antiguos textos del blog. Es increíble cómo uno puede cambiar y, al mismo tiempo, permanecer intacto.
Recuerdo que en uno de esos textos escribí precisamente sobre este sentir que no podía nombrar. Pensaba en la manera en que, como personas, vivimos codeándonos con desconocidos y en cómo, a veces, uno mismo deja de ser lo que es para desdibujarse en el otro. No lo pensaba de una forma trágica, sino más bien metafórica.
La palabra nostalgia me hizo recordar también las charlas con mis amigas y con la psicóloga, mientras lloriqueaba al recordar cualquier aspecto del pasado: mi infancia, un novio que no salió bien, mi padre, las pijamadas con Sebas cuando éramos niños, mis amigos de la universidad, los estudiantes que dejé, Jerito y tantas otras cosas.
Hace poco, casualmente, uno de mis estudiantes volvió a escribirme. También encontré unas notas antiguas que me faltaron por calificar en una libreta. Recordé a J durmiéndose en mis clases. Recordé las veces que lloré encerrada en mi habitación, una y otra vez (fuera cual fuera la ciudad) , pensando que mi vida se iba a acabar o que yo terminaría por acabar con ella.
Y me gustaría poder explicarle a esa versión de mí que nada de eso ocurrió realmente. Que la vida no terminó. Que yo no terminé. Que, en realidad, la paz que siento ahora era algo que había añorado durante muchísimo tiempo.
Respecto a la nostalgia, puedo decir que es un sentimiento que llevo impregnado en el pecho desde hace tantos años que, finalmente, he terminado por aceptarlo. Hace unos meses habría rechazado la idea de ser una persona nostálgica, incluso de tener un perfil triste. Ahora, en cambio, me parece hermosa la idea de que mi pasado lata dentro de mi pecho.
Creo que el problema con la nostalgia, con extrañar y con pensar en el pasado es que los seres humanos somos, propiamente, seres complejos. En una sociedad tan irritada por sentir y tan automatizada para pensar, pareciera que toda emoción que nos devuelve al pasado debe ser inmediatamente corregida, explicada o superada. La nostalgia termina siendo confundida con la tristeza, incluso con la depresión, aunque no sean lo mismo. La depresión puede tener tintes nostálgicos, pero la nostalgia no es, por sí misma, depresión.
Y aquí aparece una premisa que quizá sea errada, pero que durante mucho tiempo me describió: tal vez pensamos demasiado en la nostalgia como algo negativo porque deseamos tanto rascarnos la vergüenza que nos produjo el pasado que terminamos confundiéndola con el arrepentimiento. Pero arrepentirse y sentir nostalgia no podrían ser cosas más distintas.
Si lo pensamos detenidamente, arrepentirse implica una relación con el pasado marcada por el deseo de que algo hubiera sido diferente. Es, de alguna manera, una decisión: no aceptar del todo lo ocurrido, desear modificarlo, desprenderse de aquello que fuimos porque nos incomoda haberlo sido. La nostalgia, en cambio, puede ser justamente lo contrario.
Nostalgia es mirar hacia atrás y reconocer que aquello también fuimos nosotros. Es aceptar que existieron otras versiones de nuestro ser, otras personas que amamos, otros lugares que habitamos, otras emociones que nos atravesaron. No necesariamente queremos regresar. No necesariamente queremos cambiar el presente. Simplemente recordamos.
Quizá el problema está en creer que pensar en quienes fuimos, en las personas que atravesaron nuestra vida, en los momentos y en las emociones que alguna vez fueron parte de nosotros significa que no aceptamos el presente.
Pero estos días he intentado no atacarme tanto y me he preguntado: ¿qué podría tener de negativo ser enteramente humana?
¿Qué tendría de malo dejar caer de mi rostro lágrimas de felicidad, de tristeza, de añoranza, de melancolía, de nostalgia? ¿Por qué tendría que elegir solamente aquellas emociones que resultan cómodas, productivas o fáciles de explicar?
Quizá no haya nada que solucionar. Quizá algunas cosas solamente necesitan ser sentidas.
Para quienes sienten nostalgia, no se arrepientan nunca de ella. Vívanla. Abrácenla. Quieran a ese yo pasado, a esa persona que alguna vez fueron y que, de alguna manera, les enseñó a ser quienes son ahora. No tenemos que avergonzarnos de haber sido otras personas. No tenemos que despreciar a quienes fuimos para demostrar que hemos cambiado.
Porque quizá el arrepentimiento amarga el alma, mientras que la nostalgia, cuando aprendemos a aceptarla, puede brindarnos algo mucho más parecido a la calidez.
Y tal vez eso sea crecer: no dejar de extrañar a quienes fuimos, sino aprender
a quererlos desde la persona que somos ahora.

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