He estado sintiendo la levedad del amor.
Comprendiendo que el amar no es pretender transformar al otro.
Que el amor es un laberinto de interrogantes sin respuesta. Que mi ser amado es un universo distinto al mío.
Que es necesario desmontar las ficciones que he construido en torno al amor.
Considero que el amor es un remanso de calma, una cadencia pausada en la que cada quien conserva su tiempo, sus ritmos y su modo singular de habitar el mundo. Y aunque en estos días me ha costado asumirlo—tal vez por la presión de los ideales impuestos, por la noción ilusoria de la trascendencia amorosa—, he comprendido que amar es permitir que el otro ejerza su libertad a mi lado, sin que ello implique posesión o renuncia. Amar es una elección consciente, no una emoción efímera. Una relación no debería ser un desgaste, sino un espacio de construcción mutua.
He aprendido que la espera es un gesto sutil y precioso, que la paciencia sostiene una relación. Que llorar, añorar y disentir forman parte del camino. Que el dolor es transitorio, pero que la alegría compartida es eterna. Que vale la pena redescubrir a una persona una, dos y tres veces. Que las diferencias no deberían distanciarnos, sino animarnos a construir juntos. Amar, he comprendido, no es moldear, sino permitir el ser.
Está semana tan compleja llena de eclipses y lunas rojas, entendí que la duda es una condición humana, que la perfección es un espejismo y que todos transitamos el acto de vivir por primera vez , arrojados en el mundo. También descubrí que un solo acto puede condenarnos a perder a alguien invaluable y que el rechazo, cuando se ofrece, regresa con la misma intensidad.
Hace poco conversé con dos personas fundamentales en mi vida. Me hallaba sumida en la incertidumbre, reexaminando mi existencia con un solo vistazo. Curiosamente, ambos comparten el mismo nombre, así que los llamaré S y Sbs.
Una noche busqué a Sbs y lloré. Sus palabras fueron un refugio tibio para mi alma. Su película favorita es La forma del agua, y la menciono porque su consejo se halla relacionado con esta: el amor no es una prisión de mis expectativas. Amar es abrazar las diferencias del otro, hallar belleza en su singularidad y enamorarse precisamente de aquello que lo distingue.
S, por su parte, me habló del amor desde otra perspectiva: para él, amar es comunicar. Algo que, paradójicamente, siempre me ha resultado complejo. Durante años consideré la comunicación un artificio superfluo. Crecí convencida de que mis palabras carecían de sentido porque, en mi infancia, aprendí a callar antes que a expresarme. No lo digo lamentandome—mi niñez fue como la de tantos otros—, pero las raíces de mi silencio son profundas.
Cuando S y yo hablamos, entendí que mi reticencia a la comunicación no se debía al orgullo ni al temor a la confrontación, sino a una convicción errónea: la certeza de que el otro no me escucharía. Pensaba que, al articular mis pensamientos en palabras, mi lengua se torcería como un gusano y mis palabras se perderían en el vacío. Por ello, elegí el silencio. Y ese mutismo terminó hiriendo a los demás.
He llegado a la conclusión de que los ideales románticos nos han condenado a vivir con expectativas irreales, a creer que el otro debe amoldarse a nuestra imagen y semejanza, perdiendo así su esencia. En nuestra concepción occidental del amor, anhelamos la fusión absoluta, la disolución del yo en el otro, sin reparar en que amar no es librar una batalla en busca de certezas, ni aferrarse a resentimientos, ni edificar castillos de aire. Amar es mucho más que eso.
Ahora mismo, me encuentro en un autobús de regreso a casa. Desde la silla 20, observo el paisaje en la ventanilla. A mi lado, una madre y su hija se abrazan, resguardándose del frío. Al mirarlas, pienso que tal vez el amor sea eso: cobijar al otro, brindarle refugio, permanecer a su lado sin importar el rumbo.
A veces el amor no tiene un destino claro. A veces, el trayecto es breve. Pero, al final, lo que realmente importa es la manera en que elegimos recorrerlo.
Hoy, me siento más enamorada que nunca. Una canción evoca a mi familia y a todos los que amo. Me invade una nostalgia profunda, ese dulce peso del recuerdo. Pero en lugar de rechazarla, la abrazo con ternura, como un niño que se deja arrullar por su madre.
Y así, con esta reflexión, me despido de este fin de semana.
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