Las palabras nunca salen. Se enredan en mi lengua, chocan entre sí, tropiezan, se ahogan. Desde que soy niña siento algo atorado en la garganta. Un peso, un nudo, una maraña de pensamientos que nunca logran convertirse en voz. Se repliegan dentro de mi boca, retorciéndose como un gusano. Y lo único que consigo expulsar son risas incómodas.
En la universidad, me dediqué a estudiar el lenguaje. Pensé que si aprendía a entenderlo, podría domarlo. Darle un orden a mis palabras, hacerlas salir sin tropezar, sin balbucear. Pero la realidad no cambió.
"Sí, está bien", digo una y otra vez. Me río. Asiento. Evito profundizar. Hace tiempo leí la carta de un hombre que dejó de hablar. Se rindió. Prefirió callar antes que decir algo que no fuera lo que realmente quería decir. Lo entendí. Hace tiempo que yo también elegí el mutismo selectivo, la risa nerviosa, las frases inconexas que mueren antes de cobrar sentido.
"Las palabras tienen el significado que desees darles", decía Humpty Dumpty en la obra de Carroll. Pero las mías no significan nada. No transmiten nada. Ni un solo sentimiento.
A veces pienso que nací rota. Que cuando mi madre me trajo al mundo, el llanto con el que la recibí fue suficiente para toda una vida. Tal vez en ese instante supe que nunca podría hacer más que enredar mi lengua como un gusano. Y me despedí. De mí. Del mundo.
"No quiero hablar. No puedo. No sale de mi boca." No es que no quiera, es que no puedo. Cuando escucho tantas voces llenas de incoherencias, mi mente se apaga. Mi voz tiembla. Solo quedan los gestos. Mi rostro aprendió a hacer lo que mis palabras nunca lograron: hablar por mí.
Decir demasiado implicaría poder hablar. Y yo no puedo.
Pienso en todo lo que quiero decir. En todo lo que podría decir. Pero entonces lo veo desde afuera y parece absurdo.
Así que callo.
¿Hay algún lugar en el mundo donde las palabras no tengan voz?
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