¿Tiene sentido la existencia humana? ¿O es esta vida un calvario que respira, donde los pulmones se oxidan y la carne se marchita sin propósito?
No nos pertenece nuestra propia existencia. Somos piezas de un engranaje diseñado por jefes, por el Estado, por la burocracia. Se nos asigna un nombre que no elegimos, en una ciudad habitada por sombras que deambulan sin alma. ¿Qué significado puede haber en una identidad impuesta, en una sociedad que nos ahoga?
La humanidad no tiene nada intrínseco salvo su puerilidad, su dolor latente, el asco que se retuerce en su interior. ¿Qué sentido puede hallarse en esta vida mundana?
Osamu Dazai escribió en Indigno de ser humano: “Mi vida ha estado llena de vergüenza. La verdad, no tengo la más remota idea de lo que es vivir como un ser humano”. Como él, transitamos la desolación, asistimos a la muerte de nuestros principios. Nos han arrebatado la esencia, nos han vaciado hasta convertirnos en espectros de lo que alguna vez fuimos.
Somos víctimas de una civilización enferma de narcisismo y codicia. No somos individuos: somos carne burocratizada, engranajes de un sistema que devora sin tregua. Nos han tragado las fauces del Leviatán y, con nuestras propias manos, firmamos la inquisición de nuestra individualidad.
¿Estamos vivos? ¿O solo seguimos un guion preescrito, un simulacro de existencia? ¿Hay alguna justificación para perseverar en este vacío? Sísifo sigue empujando la misma roca; nosotros seguimos respirando, como por inercia.
Los ojos inquisidores nos vigilan, el juicio nos aprieta el pecho como una soga invisible. ¿Es posible existir en este estado de alerta perpetuo? Solo una certeza nos acompaña: debemos aferrarnos a la muerte.
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