Pensé en el nombre de esto, pensé que quizá debería llamarse de otra forma, por ejemplo: Las mujeres somos de eros; los hombres no son cómo los perros, etc. Pero, en el proceso preferí ‘’Aullido’’, que es un nombre bastante común para los literatos (por ejemplo, se me viene a la mente la famosa pieza de Allen Ginsberg, uno de mis poetas homosexuales favoritos). Empero, se va a llamar cómo creo, es el grito ahogado de todas las mujeres en cada rincón el mundo.
Estos días participé en un club de lectura de mujeres, la directora auspiciaba el debate, y me quedaron algunas frases de muchas. Una de ellas, relató: ‘’en mi casa, éramos mi mamá, mis hermanos, y yo. Para todos había un día específico para la limpieza, pero mi madre era más condescendiente con ellos, por lo que, YO tenía que tratarlos cómo niños; E incluso, si lo desean los lectores, cómo PERROS. Eso significaba que yo tenía la labor de limpiar el desastre que ellos dejaban y aún peor, tenía que entenderlos’’
Esa historia la llevo en el consciente desde que la escuché, y hoy en una de mis caminatas decidí escribir sobre ello, porque sé que esto es un cuento universal para todas nosotras. Admito que sentí rabia, y aún después de mucho tiempo sigo sintiéndolo, porque a ninguna mujer se le ha enseñado a entenderse a sí misma, cómo si a entender al varón, ‘’el eterno creador de mundos.’’
A las mujeres nos enseñaron desde la creación a ser ‘’el ser conforme a su hombre’’ entonces, Eva debía ser imagen perfecta de Adán, así pues, debía entenderlo, escucharlo, reírse con él, darle hijos, y trabajar en ser el orgullo de su hombre; todos sabemos el final: Eva era una rebelde empedernida. Sí miramos por otra parte, Maria no era más que una incubadora del Dios supremo, no era una puta rebelde cómo Eva, y por eso, muchos cristianos siguen venerando la, mientras al monstruo femenino lo condenan por existir fuera de los árboles del edén impuestos por el señor.
Así pues, cómo a Eva, a las mujeres nadie las entiende, ni ellas mismas, porque no nos enseñaron a hacernos a nosotras mismas, porque no nacimos cómo algo divino, porque el plan no era que el salvador tuviera ovarios. Cómo el etéreo ‘’Hombre vitruvio’’ de Da Vinci, no hay espacio para lo divino en el espectro de lo femenino. De hecho, es repulsivo nuestro cuerpo, tanto en la creencia occidental (heredada de los griegos) cómo oriental. Es repulsiva nuestra sangre, nuestra vulva, nuestro sudor y nuestros senos, que deben ser siempre tapados, para la dicha o desgracia del varón.
Sin embargo, irónicamente, tal cuál cómo el cuento del amo y el esclavo, el hombre viene siendo un perro desde hace mucho, manteniendo ese estatus con gracia. A las mujeres nos adiestran desde que nacemos a ser esclavas del hombre, una mujer debe callar para que su hombre hable, una mujer debe agachar la cabeza ante los errores de su hombre, nunca hacerles ver su falla, porque sino, es una histérica, un monstruo in comprensivo y repulsivo (recuerdo la frase: sí no te gusta cómo soy, déjame; de uno de los hombres con los que salí). Y así, en la actualidad, seguimos repitiendo los mismos errores, seguimos creyendo que vivimos a su imagen y semejanza, creemos que sí no nos dan de su amor no servimos cómo mujeres, es por ello que cambiamos nuestra forma para asemejarnos y tratamos de no causar ‘’impertinencias’’, somos mujeres pero a la vez no lo somos. Ante esto, surge la pregunta que aún sigo haciéndome día a día: ¿qué es ser mujer?, y quizá muchas, cómo yo alguna vez, callará.
La hipocresía de la creación divina no es que él se realice así mismo mientras dependa de su mujer, de su confirmación y amor. La verdadera hipocresía es que piensen que eso pueda ser su autonomía y libertad, y lo usen a su favor. En mi imaginario no dejo de pensar en los mejores pensadores de la época, cómo Schopenhauer y Nietzsche, escribiendo sus grandes obras, buscando la aprobación de una mujer, sea su madre, o su objeto de deseo (en el caso de N: Salome). Entonces, sí replanteamos la cuestión, a las mujeres si se nos ha otorgado un poder, pero no es más que uno que les funciona a ellos. Por eso, el segundo título que pensé para este escrito fue: ‘’Los hombres no son cómo los perros’’. Porque hay un poder para nosotras mismas siendo esclavas: nos enseñaron a servirles; por tanto, no sabemos servirnos a nosotras mismas. Y ese poder es una droga que nos persigue: queremos querer a un hombre necesitado, un niño que comprender y abrazar. Mientras nos despedimos de nuestra propia autonomía, porque no conocemos otro poder que no sea ese. El varón, por otra parte, desea ser servido, y por ello, muchas veces, acepta la frase: los hombres son cómo niños.
Ante este panorama desalentador, MUJERES, solo pido su comprensión, debemos esforzarnos por darnos cuenta, abrir los ojos y salir de la caverna. El verdadero poder no se encuentra en arrastrarnos a sus pies mientras los cuidamos. Ese falso poder es otorgado por ellos para sentirnos bien con nosotras mientras dependemos más y más de nuestros esposos, hermanos, socios, amigos y jefes. El verdadero poder se encuentra en nosotras, en nuestra propia autonomía, en hacernos y crearnos. Creo que solo cuando nos demos cuenta del poder que tenemos, y sepamos usarlo, podremos vencer por fin las garras de Dios, que nunca fue más que un verdugo de nuestra propia historia.