Estos días he estado pensando en retomar mi blog, un espacio que había abandonado durante un largo período sabático. Me alejé porque escribir me generaba un desgaste emocional que, en su momento, no logré comprender. Sin embargo, la semana pasada decidí volver a escribir. A pesar del cansancio que puede implicar, escribir tiene un efecto peculiar: me invita a reflexionar, algo que parece escasear en mundo dominado por la sociedad del cansancio. Quizás sea porque escribir nos obliga a detenernos y, por un instante, pensar.
Estos días, entre los temas que han ocupado mis pensamientos, destaca nuestra conexión con el cosmos. Me he preguntado si ese vínculo es una realidad objetiva o una construcción subjetiva, y pronto me encontré pensando en lecturas en la biblioteca de la universidad sobre Jung. Aunque comprender su obra siempre ha sido un desafío personal (especialmente tras las críticas de mi profesor Javier a mis ensayos), me resulta inevitable recurrir a él cuando reflexiono sobre la simbología y nuestra búsqueda de sentido.
Siendo sincera, en mi vida personal, mis amigos y yo solemos compartir lecturas y discusiones sobre todo tipo de creencias ancestrales: desde las estrellas hasta el tarot. Aunque a menudo estas prácticas se abordan desde la ironía (que es parte de nuestra esencia como amigos), considero que esconden algo más profundo. De manera personal, me parece que la búsqueda de sentido es un acto intrínsecamente humano, una respuesta al vértigo de ser arrojados a un universo aparentemente indiferente. Considero que es un proceso que nos desnuda y nos enfrenta a nuestra finitud.
Para Jung, la conciencia de la muerte —más que los acontecimientos de la vida misma— es lo que nos impulsa a reflexionar. Saber que somos mortales nos lleva a explorar nuestra realidad como seres humanos. Y en ese sentido, los símbolos y las narrativas nos ofrecen consuelo. Aunque los pseudo científicos consideren "ignorantes" a nuestros antepasados por proyectarse más en el cielo que en la tierra, está era su forma de crear mapas simbólicos para orientarse dentro del caos. Y, a pesar de que la ciencia moderna ha despojado la cosmología de muchos de sus misterios, seguimos buscando en él respuestas, quizás porque necesitamos algo más que datos: necesitamos significado.
Esa búsqueda de sentido, según Jung, está profundamente ligada a lo que él llamó el "proceso de individuación", que consiste en integrar los distintos aspectos de nuestra psique —consciente e inconsciente— para alcanzar un estado de totalidad que él denominó "Self" o el "yo". Es aquí donde entra en juego la simbología. Para Jung, los símbolos y los arquetipos no son meras invenciones de nuestra cultura, sino manifestaciones del "inconsciente colectivo", un depósito universal de experiencias humanas que trascienden épocas y contextos (desde mi perspectiva, un cosmos dentro del cosmos).
El tarot, por ejemplo, está repleto de arquetipos que alguna vez fueron explicados en la psicología analítica. Cada uno de ellos representa una faceta del viaje humano (por ejemplo, la muerte simboliza introspección y cierre). Estos sistemas simbólicos no solo nos conectan con nuestro pasado ancestral, sino que también nos ofrecen herramientas para navegar nuestra propia psique (proyectada a la realidad). Luego, al explorar estos símbolos, nos encontramos con partes de nosotros mismos que a menudo permanecen ocultas.
Para Jung, esta conexión entre el individuo y el universo no es casualidad. Todo lo que percibimos está teñido por nuestras proyecciones, por esa tendencia de la psique humana a ver en el mundo exterior reflejos de su mundo interior (nuestro inconsciente). En ese sentido, el cosmos se convierte en un espejo: al contemplar las estrellas, en realidad estamos contemplándonos a nosotros mismos.
Así pues, aunque muchos descartan estas prácticas como meras supersticiones, yo las considero una forma legítima de autoconocimiento. La simbología, las constelaciones o incluso los rituales ancestrales no son absurdos; son intentos humanos de darle forma a lo inexplicable, de encontrar significado en el caos. En este proceso, me identifico tanto con el absurdismo de Camus como con el existencialismo de Sartre: aunque el universo pueda parecernos vasto e indiferente, somos nosotros quienes elegimos (o no) construir un sentido en él.
Finalmente, a mi modo de verlo, considero que la inmensidad del cosmos, y mi relación con este está determinado por aquello que se encuentra dentro de mi misma. En es sentido, comtemplarnos es totalmente legítimo, más allá del método que elegimos para hacerlo.