domingo, 17 de mayo de 2026

Nadaista

 


Estoy acostada y mi cuerpo se sostiene sobre la cama.

Siento cómo se me araña el corazón,

culpa de una yo pasada.


Me siento un objeto roto,

sin esperanza, sin atisbo de reparación.

Nadie conserva lo viejo y dañado.


He juntado, con ayuda de algunos, los retazos que me quedaban.

He pintado con ayuda del color un cielo gris.

Un cielo gris que no se despeja,

turbio y eclipsante.


Me atrapa sobre mi almohada el olor de mi pasado,

de una mancha sucia que me rodea todo el cuerpo.


Soy un último suspiro.


Me he convertido en algo que desconozco.


—¿Quién eres tú? —me pregunta P,

sin entender la gravedad del asunto.


—No sé quién soy, quién fui, quién seré.

No quiero saberlo.

No deseo crear algo.

Ya no soy.


Y entre mis lamentos me pregunta por mi mancha.


—¿De dónde proviene tu mancha?


Del oscuro sigilo de la noche.

De los fantasmas que corren de mí despavoridos.


Mientras mi madre llora y ora.

Llora y ora.


—¿Quién eres tú? —pregunta mientras me señala un espejo.


—Humo.

martes, 28 de abril de 2026

Ontología del deshabitar

 Reconciliarme con la idea de no tenerte,

de no habitarte, de no serte,

ha sido un camino lleno de baches.

He intentado seguir

con la certeza incómoda de que no eres mío

y nunca lo fuiste.

Que no puedo impedir que vivas tu vida,

como tampoco puedo esquivar la mía:

mirar otros ojos,

habitar otros cuerpos,

mezclar mi energía con la de otro.

Pero yo,

que recorrí tus caminos,

me pregunto si será sencillo deshabitarte.

Si la tristeza de no vivirte cesará algún día,

si la lluvia en mis ojos aprenderá a descansar.

Siempre me imaginé tuya.

Siempre me entregué completa.

Ahora mi órbita se ha deshecho.

No encuentro en mí razones para odiarte.

Mi cuerpo, debilitado

por el amor que anunciaba como destino,

carga las cadenas

que yo misma forjé,

como si hubiera construido mi propio encierro,

como si la vida no pudiera ser más que esto.

Pero lo es.

Te levantas un día,

es lunes en la mañana

y llueve.

Llueve a cántaros

y no está tu abrigo.

Busco,

y tu voz no retumba en la habitación.

La gata se acerca y me lame,

como si pudiera oler la tristeza.

No escucho música:

en todas se mezclan tus letras.

Es lunes en la mañana,

y la vida,

aun sin ti,

sigue siendo la misma.

martes, 21 de abril de 2026

Nostalgia

La soledad que habito me marchita,

pero aún respiro en el viento

que me nombra y me exhala.

Los árboles, en grietas,

siguen abiertos de par en par.

Alguna vez, en este agujero, hubo flores;

hoy quedan hojas caídas

que, sin saberlo,

empiezan a hacerse bosque.

La niña, enmarañada en el musgo,

se levanta y toca la tierra.

Huele el petricor,

escucha a los pocos pájaros,

y en ese gesto pequeño

regresa.

Regala luz,

tan frágil como la crisálida,

pero insiste.

Una vez hubo agua por montones;

hoy, en el estanco,

quedaban apenas unas gotas.

Entonces llueve.

Esta vez,

¿la tierra responderá?

domingo, 19 de abril de 2026

Poemas sin nombre



 Pudieran mis manos odiar tu cabello.

Pudiera mi voz desteñir tu nombre.

Pudiera mi alma dejar de abrigarte.

Pudiera el odio apoderarse de mí.

¿Puedo olvidar lo que alguna vez fuimos?

¿Puede el ser humano perdonar

la daga con la que él mismo se hirió?

Paralizo el tiempo

con tus manos

sobre mi cuello.

Una voz me llama desde el vacío.

¿Alguna vez me oirá?

Soy un fantasma

en el mundo del otro.

Habito cada rincón

de esta sala vacía,

bailando la melodía de tu lira.

¿Acaso sé quién soy?

Me perdí en esta puerta

abierta de par en par al infinito,

y aun así

me desvanezco en el espacio,

debajo del agua,

como una niña.

¿Alguna vez escucharon mis latidos?

¿Sabe el doctor dónde buscar mi dolor?

Ahí donde estuviste…

¿pueden borrar mis memorias?

Los recuerdos buenos se difuminan.

El corazón dejó de latir.

No es que te extrañe…

no.

Es que no encuentro la salida.

Cementerio

 


Caminan sobre el cementerio

los fantasmas del más allá.

Antes habitaban la tierra,

se daban la mano danzando;

hoy no quedan ni las cenizas

de lo que fueron.

¿Quiénes fueron en el mundo terrenal?

¿Cómo se llamaban?

¿Quién se llevó sus recuerdos?

Alguna vez fueron dos cuerpos

danzando sobre suelo fértil…

¿quién se llevó lo que eran?

¿acaso alguna vez existieron?

Dicen que en su ataúd

fueron enterrados

con los corazones masacrados.

Los pájaros devoraron sus restos

y solo quedó la sombra

de lo que fueron.

Ya no recuerdan sus nombres

ni el tono de sus voces.

Son dos desconocidos

habitando juntos

el mismo ataúd,

el mismo tormento.

Dejaron las llaves de sus almas

hundidas en la tierra.

¿Nacerá de ellas algún árbol

que me cubra del sol?

¿Alguna vez dejaron el ego?

Han muerto.

Perecen en el cementerio

de los espíritus errantes.

Son recuerdos que se arremolinan

como el viento mismo.

Han pasado los años,

las estaciones,

y sus cuerpos siguen intactos:

es el alma

la que permanece quebrada.

¿Alguna vez amarán otras almas

y saldrán de su propia tumba?

jueves, 19 de febrero de 2026

Carta al padre

 


No me parezco a ti en la superficie:

no en la risa que otros oyen,

no en la forma en que me siento a la mesa.

Me parezco a ti en lo invisible.

En la grieta.


Tengo tus ojos -dos monedas antiguas-,

dos puertas que no saben quedarse abiertas.

Tengo tu manera de huir

cuando el amor exige permanencia.


Me deshago igual que tú

cuando algo pide raíces.


Tu ira vive en mi lengua.

Sale disparada como clavos encendidos.

Atraviesa.

Se queda vibrando en el corazón de alguien más.


Soy tu eco cuando escupo desprecio.

Soy tu sombra cuando me vuelvo de piedra.

He aprendido a protegerme con el mismo cuchillo

con el que tú me herías.


Camino como tú:

con ese aire de mundo conquistable,

con esa sed de oro que no se sacia nunca.

Dinero como anestesia.



Pero también heredé lo hermoso 

y eso duele más:

la disciplina que no descansa,

la fascinación por aeropuertos y mapas,

la risa torcida que entiende la crudeza del mundo.


Tu sangre es un río oscuro

que insiste en correr bajo mi piel.


Cuando me miro al espejo,

no veo mi rostro:

veo algo que no pedí.


La abuela lo sabe.

Lo ve en mis gestos.

En la forma en que frunzo el ceño

como si el mundo me debiera algo.


Soy tu hija incluso cuando intento no serlo.

Soy tu apellido caminando hacia el futuro

como si arrastrara un ataúd pequeño

con tu nombre grabado.


Aun muerto,

vivirás en mis impulsos.

En la violencia breve de mis pensamientos.

En el deseo de ganar,

aunque nadie esté compitiendo.


Y me pregunto

¿Este cuerpo es mío

o es la extensión de tu fracaso?


¿Podré arrancarte de mi sangre

sin desangrarme?


¿Podré amar

si aprendí que el amor siempre se va?


Padre,

hiciste de mi corazón un hueco negro.


El mío late como si buscara salida.

El tuyo 

¿alguna vez supo hacerlo?

lunes, 26 de enero de 2026

La nobleza de la derrota

 Hay una verdad silenciosa que encierra la derrota. De niña, me gustaba ver en las películas el momento en que los soldados alzaban la bandera blanca para rendirse. Siempre lo entendí como un acto de nobleza: aceptar que no se puede continuar en la misma dirección. Rendirse, en ese sentido, no es avanzar ni retroceder, sino detenerse; no provocar, no insistir, no forzar ningún movimiento en el otro.

Para pensar esta forma de soltar, me resulta inevitable acudir a Rainer Maria Rilke —Rilke, a secas—. Nombrarlo se vuelve necesario para comprender la emocionalidad del dejar ir. Rilke escribió que amar no significa fundirse con el otro, sino aprender la distancia que permite a cada quien ser quien es. Esta idea, sencilla en apariencia, encierra una verdad difícil de aceptar: no todo lo que se ama puede sostenerse en el tiempo.

Aceptar la renuncia cuando es necesaria no implica renunciar al amor, sino reconocer sus límites. Como aquellos soldados que alzan la bandera blanca, dejar ir puede ser una forma de cuidado: no dañar al otro y no dañarse en el intento de permanecer.

Aceptar que algo no funciona es también respetar la singularidad del otro. Rilke insistía en que cada persona habita su propio proceso vital, y que no siempre esos procesos avanzan en paralelo. Forzar una sincronía inexistente solo conduce al desgaste, al resentimiento y a la culpa.

Hace poco comencé a reflexionar sobre mí misma, sobre la necesidad de control que ejerzo incluso en las relaciones humanas. Me esfuerzo por sostener vínculos en el tiempo aun cuando sé que no hay esperanza real en ellos. Sin embargo, en una cultura que insiste en que quien deja ir es un cobarde, atravesar ese muro se vuelve especialmente difícil cuando quedarse duele más que irse.

Hoy he empezado a disfrutar de mi propia compañía: a darme los buenos días y las buenas noches, a cuidar mi corazón cada vez que se quiebra. He aprendido a ser refugio para mí misma. Y desde ese lugar, he logrado alzar la bandera blanca cuando es necesario, no como un gesto de derrota, sino como una forma de proteger lo que aún queda de mí.

martes, 30 de diciembre de 2025

Soltar: una filosofía de vivir

 Hace poco estaba dialogando con una de mis amigas más cercanas —llamémosla V—. Había un poco de vino, algunos cigarros y la noche de nuestro lado. En ese vaivén del discurso entendí algo que ya había comprendido antes, pero a lo que nunca me había dedicado del todo.

En un instante de nostalgia me detuve a pensar en mis charlas de camino a casa, saliendo del colegio, con mi roomie que también era mi compañero de trabajo. Conversaciones donde los consejos y los regaños eran el pan de cada día.

—¿Cuál es la base para ser realmente feliz? —preguntaba yo.

—Soltar —respondía O, mientras caminaba despreocupado por la calle, con los carros lanzándose hacia nosotros como pájaros sin rumbo.

Esa forma de ser de O siempre me generó incertidumbre, pesar y frustración. Para mí, vivir siempre estuvo relacionado con la acción: hacer, movilizarse cambiar. Como si la vida solo tuviera sentido cuando algo estaba ocurriendo.

Sí hablamos desde la filosofía oriental, Byung-Chul Han diría que ese impulso no es casual. Vivimos bajo la lógica del rendimiento, donde no hacer se percibe como fracaso y detenerse como una pérdida de tiempo. Nos convertimos en sujetos que se exigen constantemente, incluso en el amor.


Empero; con el tiempo he entendido que vivir de esa forma es un desgaste, un círculo vicioso del cual no puedo salir por una necesidad incesante de tener el control de todo. No controlarlo todo se siente, a veces, como desaparecer.

Volviendo a V. Ella y yo somos muy parecidas: la forma en la que actuamos, cómo nos relacionamos con los hombres y cómo construimos nuestras amistades femeninas. En un intento por entender de dónde proviene esta necesidad compartida, llegamos al mismo punto de la discusión: el ego.

El ego que nos impulsa a actuar para dominar la situación. Desde un trabajo universitario hasta una relación de pareja, intentamos que el proyecto funcione porque creemos que debe funcionar. Pero, como advertía Epicteto, no sufrimos por lo que ocurre, sino por nuestro deseo de que las cosas sean distintas a como son.

Quizá a V le canse L, pero ha dispuesto toda su energía a ese gran proyecto. Prefiere sacrificar su tranquilidad antes que aceptar el fracaso. No es amor, es control. No es deseo, es miedo a soltar.

Y quizá ahí está la confusión más grande: creer que vivir es sostener. Que amar es insistir. Que perder el control es perderse a una misma.

Pero tal vez vivir una relación, un proyecto o incluso un problema no implique actuar más, sino soltar mejor. Soltar el control, la ansiedad, la necesidad de perfección. Soltarnos a nosotras mismas, al mundo, a las relaciones.

Tal vez la vida, como intuía O despreocupado, no se trata de hacer tanto, sino de aceptar desde nuestra frágil condición humana que no tenemos el control de nada.

jueves, 23 de octubre de 2025

El amor en tiempos de odio

Estos días he estado yendo y viniendo con una pregunta latente: ¿qué se supone que es el amor?
Me asalta la duda porque nunca he estado totalmente segura de lo que puedo llegar a sentir por alguien. Siento la necesidad de hablar, de abrazar y abrigar el dolor del otro, de ser cercana porque me reconozco en su mirada. Sin embargo, me pregunto: ¿puedo llamar a eso amor? ¿Surge el amor de una necesidad de cercanía? Y, si es así, ¿podemos decir que es un estado natural del ser humano?

Desde la prehistoria, los humanos hemos sobrevivido gracias a la unión y la cooperación entre tribus. A diferencia de los neandertales, que vivían en continuo estado de guerra, nosotros vencimos miles de obstáculos gracias al poder del amor, esa fuerza que, como decía Empédocles, une los contrarios.
Por eso, si el amor es tan indispensable, ¿por qué en pleno siglo XXI parece que vivimos en un permanente estado de guerra?

Para seguir con mi reflexión, quiero contar una experiencia.
En una de mis clases de filosofía con los estudiantes, jugamos a lo hobbesiano. Debían simular estar en el estado de naturaleza total: no se permitían alianzas, y la única regla era que quien sostuviera más tiempo una pelota “vivía” más tiempo. La pelota podía simbolizar cualquier cosa: comida, agua limpia, territorio… o simplemente una pelota.
En ese estado, la calma no existía. Parecía imposible sobrevivir: nadie lograba quedarse con ella por mucho tiempo. Al final, decidieron abandonar el juego y crear tribus y reglas que les permitieran sobrevivir.

Pero entonces pensé: en una sociedad actual, donde reina el individualismo y el amor no tiene interés político ni social, ¿podemos realmente hacer alianzas?
¿Podría ser que quince estudiantes de dieciséis años fueran más sabios que los dirigentes de nuestros territorios?
Quizá sí, quizá no. Pero la conclusión a la que llegamos fue contundente: hoy parece imposible vivir en la Tierra con otros.

Recuerdo una frase de un profesor en mi clase de psicología analítica de Jung:

“El ser humano ha comenzado a exterminarse a sí mismo; se detesta. Ya no existe un sentimiento de integración, ni siquiera con los suyos.”

Esa afirmación resuena en el concepto de amor líquido de Bauman: un amor que se desintegra, no solo en el plano romántico, sino en cualquier forma posible. El amor entendido como totalidad, no como carencia, se ha diluido.
Y el panorama es desolador: no podemos volver atrás, a la prehistoria; lo que somos ahora es lo que hay. No hay marcha atrás. Es triste —si le ponemos emoción—, pero es la realidad que habitamos.

Entonces, ¿qué podemos hacer?
En esta entrada no pretendo ofrecer soluciones. No comencé a escribir esto pensando en respuestas, sino en la necesidad de pensarme y pensarnos.
Quizá la respuesta esté en cada uno:
¿Qué estoy haciendo yo para alejar a los otros y vivir en un continuo estado de odio?
¿Es más importante mi ego que lo que puedo aportar a alguien?

¿Es más importante mi miedo a amar a otro que permitirme ser?

¿Es más importante quedarme con la pelota?

viernes, 22 de agosto de 2025

Mía.


El vagón de tren comienza a movilizarse
Me encuentro sepultada y entre las raices crece de mi la hierba,
Tan verde como los helechos dónde enterraron a mi abuela
Mercedes, frágil como la crisálida.

Mi alma se alimenta de los canticos de las musas heliconides, mientras descanso en el regazo de mi madre.

Las mujeres me enseñaron el arte de la belleza, el más puro de todos, mientras me perdía revoloteando entre los jardines de lo prohibido.
-Mordí la manzana- me permiti saborear el dulce fruto de lo amargo,
Luego tuve una epifanía y morí.

-Los hombres son el fruto de la maldad- me expresa la celestina, mientras me amarro al dedo un anillo de fique y me lanzó a las frías aguas del río,
Dónde los amantes prometen lo prohibido
Y Ofelia murió por Hamlet.

Espero encontrar lo que prometen mis sueños,
Corro en busca de lo perdido, aún cuando la muerte me acecha.
-El amor es una plaga- expresa la celestina,
Pero mientras recita estos sermones me sujeta el velo a la coronilla, y me arroja al hombre cruel,
Y yo, tentada a la utopía,
Me desplomo en sus brazos.

No hay amores más cercanos a la muerte
Que darse de primeras en alma y cuerpo,
Mientras los gusanos se alimentan de la carne,
Y el espíritu es desperdiciado.

Soy demasiado empedernida,
Me sujeto al vacío del otro,
Me aprieto contra el suelo esperando su respaldo.

No quiero un amor de vuelta
No quiero morir por Hamlet
No deseo unirme al hombre cruel,
Deseo ser luz, espíritu, cuerpo
De mi misma, nada más.

lunes, 21 de julio de 2025

Sobre transitar la tristeza y la mirada del otro

La tristeza es un tránsito. A veces nos arrebata, otras veces nos iguala. Pero siempre nos empuja a movernos, a sacudirnos, a reinventarnos.

En este tiempo, he recorrido un camino hacia dentro. Uno de esos viajes que no se anuncian con mapas, pero que se sienten en el cuerpo y en los silencios. Me encontré en medio de un proceso reflexivo que me llevó a lo más profundo de mis pensamientos. Me vi cuestionada, interpelada. Y en medio de ese recorrido, sentí el vértigo de quedarme en el vacío.

He decidido volver a escribir. No solo porque la escritura me ayuda a acomodar lo que me duele y lo que pienso, sino porque me invita a dialogar con otros, incluso si esos otros solo me leen en silencio.

Escribir, como diría Levinas, me permite existir con los otros. Me reconoce como individuo, sí, pero también como parte de una comunidad que necesita nombrar lo inhóspito.

Estuve mucho tiempo observando mi propia carencia, sentándome frente a ella como quien se sienta a tomar un café con sus propios conflictos. Y entendí que este diario no nace de la necesidad de contar algo especial, sino de compartir lo que para mí ha sido difícil de nombrar.

Creo que la única forma real de acercarme a quien me lee, es esa: abrirme desde lo más vulnerable, desde lo que me sacude. Empatizar. Y en ese ejercicio, descubrir que tal vez nuestras soledades no son tan distintas.

Hace poco me enfrenté a una de mis verdades más incómodas: la soledad.

No hablo solo de estar sola, sino de sentirme sola —esa experiencia silenciosa y cruda de no tener a nadie alrededor que me devuelva mi reflejo. Hace unos meses me mudé a un lugar nuevo. Sin familia. Sin amigos. Sin ese concepto de hogar que creía inamovible.

En ese contexto, me di cuenta de algo inquietante: durante años, mis vínculos habían sido una forma de no estar conmigo misma. El otro era, más que una presencia, un escudo para no mirar el vacío que habitaba dentro.

Recordé a Heidegger: Dasein, estar arrojada.

Y sí, estar arrojada al mundo implica empezar de cero. Pero nadie te advierte que también implica desmontarte entera. En mi caso, esa metamorfosis me dejó convertida en algo irreconocible: sin lengua, sin casa, sin los otros que me liberaban de mí.

Estar en tierra ajena me reveló una verdad incómoda: no me conozco. O, mejor dicho, me he evitado durante años. Y ahora no hay a dónde escapar.

En medio de ese proceso conocí a alguien.

Lo llamo “O”.

O es distinto a mí. Parece un ser completo, no está lleno de figuras que lo atraviesan. En nuestras conversaciones, entre las mañanas de bus y las partidas de cartas (de esas donde también se dejan sobre la mesa las emociones), hemos construido una amistad que ha sido casi terapéutica.

O me interpela. Me lanza preguntas que no siempre quiero responder. Y en medio de ese intercambio, surgió una verdad dolorosa pero necesaria: no sé quién soy. Soy un terreno desconocido.

La soledad me obligó a mirar ese terreno. A andar por él, a veces a tientas.

Y entendí que el problema con la soledad no es estar sin otros, sino estar con uno mismo sin distracciones. Es ahí donde todo se vuelve más nítido y, por eso mismo, más difícil.

Hoy sé que el otro puede caminar conmigo, pero no puede cargarme.

El otro no es mi espejo, ni mi silla de respaldo. Es un ser distinto. Y es justo en esa diferencia donde está lo más valioso: no verlo como un reflejo de mí, sino como un otro que me desafía, me acompaña y me recuerda que vivir es, sobre todo, un ejercicio de honestidad.

Estoy —todavía— en ese proceso.

De aprender a mirar al otro no desde mi necesidad, ni desde mi ego, sino desde su ser.

De resistir la tentación de convertirlo en función de mí, y en cambio, intentar acercarme a su esencia, a su verdad, aunque no me pertenezca, aunque no la comprenda del todo.

Es un camino difícil, a veces frustrante. Pero creo que si hay un modo real de encontrarse con alguien, es ese: desde la desnudez del ser, no desde las máscaras del yo.

Sigo escribiendo porque este proceso no ha terminado.

Porque aún me pierdo. Aún me contradigo.

Pero también, porque en cada intento de nombrar este camino, siento que me acerco un poco más —a mí, al otro, a eso que aún no sé decir pero que ya se está gestando.

Abandonarse

  Estos días han sido completamente diferentes al resto del tiempo. He estado intentando equilibrar una vida que, a veces, parece no ser la ...