martes, 30 de diciembre de 2025

Soltar: una filosofía de vivir

 Hace poco estaba dialogando con una de mis amigas más cercanas —llamémosla V—. Había un poco de vino, algunos cigarros y la noche de nuestro lado. En ese vaivén del discurso entendí algo que ya había comprendido antes, pero a lo que nunca me había dedicado del todo.

En un instante de nostalgia me detuve a pensar en mis charlas de camino a casa, saliendo del colegio, con mi roomie que también era mi compañero de trabajo. Conversaciones donde los consejos y los regaños eran el pan de cada día.

—¿Cuál es la base para ser realmente feliz? —preguntaba yo.

—Soltar —respondía O, mientras caminaba despreocupado por la calle, con los carros lanzándose hacia nosotros como pájaros sin rumbo.

Esa forma de ser de O siempre me generó incertidumbre, pesar y frustración. Para mí, vivir siempre estuvo relacionado con la acción: hacer, movilizarse cambiar. Como si la vida solo tuviera sentido cuando algo estaba ocurriendo.

Sí hablamos desde la filosofía oriental, Byung-Chul Han diría que ese impulso no es casual. Vivimos bajo la lógica del rendimiento, donde no hacer se percibe como fracaso y detenerse como una pérdida de tiempo. Nos convertimos en sujetos que se exigen constantemente, incluso en el amor.


Empero; con el tiempo he entendido que vivir de esa forma es un desgaste, un círculo vicioso del cual no puedo salir por una necesidad incesante de tener el control de todo. No controlarlo todo se siente, a veces, como desaparecer.

Volviendo a V. Ella y yo somos muy parecidas: la forma en la que actuamos, cómo nos relacionamos con los hombres y cómo construimos nuestras amistades femeninas. En un intento por entender de dónde proviene esta necesidad compartida, llegamos al mismo punto de la discusión: el ego.

El ego que nos impulsa a actuar para dominar la situación. Desde un trabajo universitario hasta una relación de pareja, intentamos que el proyecto funcione porque creemos que debe funcionar. Pero, como advertía Epicteto, no sufrimos por lo que ocurre, sino por nuestro deseo de que las cosas sean distintas a como son.

Quizá a V le canse L, pero ha dispuesto toda su energía a ese gran proyecto. Prefiere sacrificar su tranquilidad antes que aceptar el fracaso. No es amor, es control. No es deseo, es miedo a soltar.

Y quizá ahí está la confusión más grande: creer que vivir es sostener. Que amar es insistir. Que perder el control es perderse a una misma.

Pero tal vez vivir una relación, un proyecto o incluso un problema no implique actuar más, sino soltar mejor. Soltar el control, la ansiedad, la necesidad de perfección. Soltarnos a nosotras mismas, al mundo, a las relaciones.

Tal vez la vida, como intuía O despreocupado, no se trata de hacer tanto, sino de aceptar desde nuestra frágil condición humana que no tenemos el control de nada.

jueves, 23 de octubre de 2025

El amor en tiempos de odio

Estos días he estado yendo y viniendo con una pregunta latente: ¿qué se supone que es el amor?
Me asalta la duda porque nunca he estado totalmente segura de lo que puedo llegar a sentir por alguien. Siento la necesidad de hablar, de abrazar y abrigar el dolor del otro, de ser cercana porque me reconozco en su mirada. Sin embargo, me pregunto: ¿puedo llamar a eso amor? ¿Surge el amor de una necesidad de cercanía? Y, si es así, ¿podemos decir que es un estado natural del ser humano?

Desde la prehistoria, los humanos hemos sobrevivido gracias a la unión y la cooperación entre tribus. A diferencia de los neandertales, que vivían en continuo estado de guerra, nosotros vencimos miles de obstáculos gracias al poder del amor, esa fuerza que, como decía Empédocles, une los contrarios.
Por eso, si el amor es tan indispensable, ¿por qué en pleno siglo XXI parece que vivimos en un permanente estado de guerra?

Para seguir con mi reflexión, quiero contar una experiencia.
En una de mis clases de filosofía con los estudiantes, jugamos a lo hobbesiano. Debían simular estar en el estado de naturaleza total: no se permitían alianzas, y la única regla era que quien sostuviera más tiempo una pelota “vivía” más tiempo. La pelota podía simbolizar cualquier cosa: comida, agua limpia, territorio… o simplemente una pelota.
En ese estado, la calma no existía. Parecía imposible sobrevivir: nadie lograba quedarse con ella por mucho tiempo. Al final, decidieron abandonar el juego y crear tribus y reglas que les permitieran sobrevivir.

Pero entonces pensé: en una sociedad actual, donde reina el individualismo y el amor no tiene interés político ni social, ¿podemos realmente hacer alianzas?
¿Podría ser que quince estudiantes de dieciséis años fueran más sabios que los dirigentes de nuestros territorios?
Quizá sí, quizá no. Pero la conclusión a la que llegamos fue contundente: hoy parece imposible vivir en la Tierra con otros.

Recuerdo una frase de un profesor en mi clase de psicología analítica de Jung:

“El ser humano ha comenzado a exterminarse a sí mismo; se detesta. Ya no existe un sentimiento de integración, ni siquiera con los suyos.”

Esa afirmación resuena en el concepto de amor líquido de Bauman: un amor que se desintegra, no solo en el plano romántico, sino en cualquier forma posible. El amor entendido como totalidad, no como carencia, se ha diluido.
Y el panorama es desolador: no podemos volver atrás, a la prehistoria; lo que somos ahora es lo que hay. No hay marcha atrás. Es triste —si le ponemos emoción—, pero es la realidad que habitamos.

Entonces, ¿qué podemos hacer?
En esta entrada no pretendo ofrecer soluciones. No comencé a escribir esto pensando en respuestas, sino en la necesidad de pensarme y pensarnos.
Quizá la respuesta esté en cada uno:
¿Qué estoy haciendo yo para alejar a los otros y vivir en un continuo estado de odio?
¿Es más importante mi ego que lo que puedo aportar a alguien?

¿Es más importante mi miedo a amar a otro que permitirme ser?

¿Es más importante quedarme con la pelota?

viernes, 22 de agosto de 2025

Mía.


El vagón de tren comienza a movilizarse
Me encuentro sepultada y entre las raices crece de mi la hierba,
Tan verde como los helechos dónde enterraron a mi abuela
Mercedes, frágil como la crisálida.

Mi alma se alimenta de los canticos de las musas heliconides, mientras descanso en el regazo de mi madre.

Las mujeres me enseñaron el arte de la belleza, el más puro de todos, mientras me perdía revoloteando entre los jardines de lo prohibido.
-Mordí la manzana- me permiti saborear el dulce fruto de lo amargo,
Luego tuve una epifanía y morí.

-Los hombres son el fruto de la maldad- me expresa la celestina, mientras me amarro al dedo un anillo de fique y me lanzó a las frías aguas del río,
Dónde los amantes prometen lo prohibido
Y Ofelia murió por Hamlet.

Espero encontrar lo que prometen mis sueños,
Corro en busca de lo perdido, aún cuando la muerte me acecha.
-El amor es una plaga- expresa la celestina,
Pero mientras recita estos sermones me sujeta el velo a la coronilla, y me arroja al hombre cruel,
Y yo, tentada a la utopía,
Me desplomo en sus brazos.

No hay amores más cercanos a la muerte
Que darse de primeras en alma y cuerpo,
Mientras los gusanos se alimentan de la carne,
Y el espíritu es desperdiciado.

Soy demasiado empedernida,
Me sujeto al vacío del otro,
Me aprieto contra el suelo esperando su respaldo.

No quiero un amor de vuelta
No quiero morir por Hamlet
No deseo unirme al hombre cruel,
Deseo ser luz, espíritu, cuerpo
De mi misma, nada más.

lunes, 21 de julio de 2025

Sobre transitar la tristeza y la mirada del otro

La tristeza es un tránsito. A veces nos arrebata, otras veces nos iguala. Pero siempre nos empuja a movernos, a sacudirnos, a reinventarnos.

En este tiempo, he recorrido un camino hacia dentro. Uno de esos viajes que no se anuncian con mapas, pero que se sienten en el cuerpo y en los silencios. Me encontré en medio de un proceso reflexivo que me llevó a lo más profundo de mis pensamientos. Me vi cuestionada, interpelada. Y en medio de ese recorrido, sentí el vértigo de quedarme en el vacío.

He decidido volver a escribir. No solo porque la escritura me ayuda a acomodar lo que me duele y lo que pienso, sino porque me invita a dialogar con otros, incluso si esos otros solo me leen en silencio.

Escribir, como diría Levinas, me permite existir con los otros. Me reconoce como individuo, sí, pero también como parte de una comunidad que necesita nombrar lo inhóspito.

Estuve mucho tiempo observando mi propia carencia, sentándome frente a ella como quien se sienta a tomar un café con sus propios conflictos. Y entendí que este diario no nace de la necesidad de contar algo especial, sino de compartir lo que para mí ha sido difícil de nombrar.

Creo que la única forma real de acercarme a quien me lee, es esa: abrirme desde lo más vulnerable, desde lo que me sacude. Empatizar. Y en ese ejercicio, descubrir que tal vez nuestras soledades no son tan distintas.

Hace poco me enfrenté a una de mis verdades más incómodas: la soledad.

No hablo solo de estar sola, sino de sentirme sola —esa experiencia silenciosa y cruda de no tener a nadie alrededor que me devuelva mi reflejo. Hace unos meses me mudé a un lugar nuevo. Sin familia. Sin amigos. Sin ese concepto de hogar que creía inamovible.

En ese contexto, me di cuenta de algo inquietante: durante años, mis vínculos habían sido una forma de no estar conmigo misma. El otro era, más que una presencia, un escudo para no mirar el vacío que habitaba dentro.

Recordé a Heidegger: Dasein, estar arrojada.

Y sí, estar arrojada al mundo implica empezar de cero. Pero nadie te advierte que también implica desmontarte entera. En mi caso, esa metamorfosis me dejó convertida en algo irreconocible: sin lengua, sin casa, sin los otros que me liberaban de mí.

Estar en tierra ajena me reveló una verdad incómoda: no me conozco. O, mejor dicho, me he evitado durante años. Y ahora no hay a dónde escapar.

En medio de ese proceso conocí a alguien.

Lo llamo “O”.

O es distinto a mí. Parece un ser completo, no está lleno de figuras que lo atraviesan. En nuestras conversaciones, entre las mañanas de bus y las partidas de cartas (de esas donde también se dejan sobre la mesa las emociones), hemos construido una amistad que ha sido casi terapéutica.

O me interpela. Me lanza preguntas que no siempre quiero responder. Y en medio de ese intercambio, surgió una verdad dolorosa pero necesaria: no sé quién soy. Soy un terreno desconocido.

La soledad me obligó a mirar ese terreno. A andar por él, a veces a tientas.

Y entendí que el problema con la soledad no es estar sin otros, sino estar con uno mismo sin distracciones. Es ahí donde todo se vuelve más nítido y, por eso mismo, más difícil.

Hoy sé que el otro puede caminar conmigo, pero no puede cargarme.

El otro no es mi espejo, ni mi silla de respaldo. Es un ser distinto. Y es justo en esa diferencia donde está lo más valioso: no verlo como un reflejo de mí, sino como un otro que me desafía, me acompaña y me recuerda que vivir es, sobre todo, un ejercicio de honestidad.

Estoy —todavía— en ese proceso.

De aprender a mirar al otro no desde mi necesidad, ni desde mi ego, sino desde su ser.

De resistir la tentación de convertirlo en función de mí, y en cambio, intentar acercarme a su esencia, a su verdad, aunque no me pertenezca, aunque no la comprenda del todo.

Es un camino difícil, a veces frustrante. Pero creo que si hay un modo real de encontrarse con alguien, es ese: desde la desnudez del ser, no desde las máscaras del yo.

Sigo escribiendo porque este proceso no ha terminado.

Porque aún me pierdo. Aún me contradigo.

Pero también, porque en cada intento de nombrar este camino, siento que me acerco un poco más —a mí, al otro, a eso que aún no sé decir pero que ya se está gestando.

viernes, 16 de mayo de 2025

Vericuetos de Mayra

 Voy camino a mi ciudad natal en un bus. Escucho una canción que no mencionaré, miro por la ventana y pienso. De la nada me llega una idea: escribo.

Estos días han sido ajetreados. He decidido, por primera vez, convertir esto en un diario íntimo: una forma de reivindicarme de lo que ha sucedido activamente en mi mente estos meses. Creo que esto forma parte de mi proceso terapéutico para encontrar aquello que yacía perdido en mí: mi identidad.

Hace una semana tuve una conversación con una persona importante para mí —se ha convertido en un mensajero de alguna verdad— y, recientemente (un día atrás), me comuniqué con mi psicoterapeuta sobre uno de los asuntos que más inquietan mi mente: el ego y la pregunta “¿Quién soy yo?”. Ante esta incógnita, C y yo concluimos que, en cuanto a mi propia identidad, no tengo idea de nada… y no me conozco por el ego.

En psicología analítica, hablamos del ego como de esa sombra que todos los seres humanos cargamos y que forma parte de nuestra persona. En mi caso, no la conocía en absoluto, y C me permitió nombrarla y, además, entenderla. Este ego que llevo cargando está atado a la necesidad de validación: superar a quienes me rodean. Desde esa perspectiva, “ese instinto competitivo” que tanto me aplaudían de niña no era más que narcisismo disfrazado. Desde que tengo uso de raciocinio, he vivido enteramente para los aplausos que consigo al superar a aquellos que no se sienten tan bien con sus logros.

Aunque suena cruel, es la parte oscura de mí que me impedía avanzar personalmente. Este ego no solo alejaba a las personas que intentaban acercarse a mí, ayudarme y permitirme ser vulnerable, sino que también me impedía ver la vulnerabilidad de los demás, juzgándolos por lo que no podían darme, por lo que no podían ser (como si el otro fuese un adaptador).

Ante esta sombra no integrada, me presioné a ser algo que no soy, a cumplir estándares para recibir aplausos, a realizar actividades que no me agradaban y a arruinar relaciones con quienes alguna vez me quisieron y desearon verme por quién soy, no por lo que podía otorgarles. Me empecé a enfadar si no cumplían mis expectativas imposibles de ser humano. Sin embargo, incluso para mí misma, ser perfecta siempre fue el objetivo: recibir aplausos, un abrazo interesado de algún extraño, gritos desmesurados de gente que no me importa, regalos, palabras ridículas… Todo aquello que simbolizaba admiración me generaba una disyuntiva: por un lado, me atemorizaba no llenar esas expectativas; por otro, lo disfrutaba.

Hoy me doy cuenta de que he vivido como un muñeco de circo: mostrando una sonrisa y una personalidad fingida para cada público, recitando un verso ridículo para cerrar el espectáculo. Mi verdadero yo se ha convertido en un fantasma que deambula esperándome. Ante todo esto, admito que me siento perdida.

Por otra parte, mi psicoterapeuta me ha categorizado dentro del “trastorno de la personalidad obsesivo–compulsivo”. Esto no solo me reprime y encapsula, sino que me nombra y me obliga a aceptar, por el resto de mi vida, un diagnóstico nuevo que debo integrar en la lista de cosas que hace mucho dejó de importarme. Quizá esté nombrada, pero mi mente aún se resiste a aceptarlo. Y, aunque sé que este proceso de rechazo hacia mí misma me ha impedido avanzar, actualmente no encuentro otro camino porque no me conozco en absoluto.

Para finalizar: esta no es una entrada para reflexionar, tampoco es para aparentar algo de mí y recibir aplausos por mi forma de escribir, de ser o de pensar; he dejado eso atrás. En esta entrada me presento como la persona real ante ustedes, y me despido por un tiempo hasta que logre encontrarme.

Gracias por todo, queridos lectores. 

sábado, 3 de mayo de 2025

El baile de los tontos

La necesidad de querer alejarme y acercarme al mismo tiempo. 

Últimamente he notado, sin sorpresa pero con cierto desconsuelo, que mis vínculos con los demás se mueven en una contradicción persistente, como si mi existencia entera dependiera de ese tira y afloja. Acercarme a alguien se ha vuelto un procedimiento torpe, casi teatral. Alejarme, en cambio, es un rito pulido con el tiempo, una ceremonia que desempeño con un pudor que a veces roza la crueldad.

La necesidad de acercarme me domina, sí. A ratos. Me lanzo —titubeante, casi temblorosa— a una conversación, una mirada, un gesto. Y justo cuando parece que algo nace, algo íntimo, algo cálido… me retraigo. El silencio se instala entre nosotros como una renuncia anticipada. Como si cualquier emoción que pueda suscitar el otro fuera demasiado, excesiva, insoportable.

Recuerdo vagamente un fragmento de Sartre, leído en la universidad. No podría citarlo con precisión, pero el significado me persigue: el ser está condicionado por la mirada del otro. Vivimos, inevitablemente, bajo el juicio de los demás, atados al modo en que nos perciben. Esa percepción me limita. Me reduce. Me hace significante cuando no quiero significar nada. Cuando solo quiero estar, sin justificarme, sin representarme.

No es el otro el que duele, no. Es el acto de abrir la puerta. De dejar entrar. Porque cada nuevo vínculo es una amenaza a mi frágil equilibrio. Cada persona que intento incorporar a mi vida —más allá de las pocas que han resistido mis tormentos internos— me desborda, me fatiga, me arroja contra un espejo que no siempre quiero mirar.

Sí, quiero conocer a alguien nuevo. A veces lo deseo con una fuerza que me sorprende. Pero he aprendido que toda relación es un desgaste. Una herida anticipada. El simple hecho de que el otro exista conmigo ya me afecta, porque ambos respiramos bajo el mismo cielo, y esa cercanía me araña.

Así me muevo, en este vaivén entre la búsqueda y el abandono. Una frecuencia que no he logrado descifrar. Y por razones que no alcanzo a comprender del todo, encuentro más consuelo en la ausencia que en la presencia. Mi mayor miedo hoy no es estar sola. Es acostumbrarme demasiado a ello. Convertirme en un ermitaño dentro del mundo de los otros, sin siquiera notarlo.

Quizá este caracol, que por momentos asoma tímidamente sus antenas, regrese pronto a su caparazón. Allí donde no hay palabras, ni miradas, ni promesas.

Solo un eco.

sábado, 19 de abril de 2025

Casa cerrada


(Cuando sobrevivir era tener que demostrar que merecía mis propios cimientos)


Como si yo le debiara algo al mundo.

Como si fuera una casa construida sobre ruinas ajenas,

una estructura agrietada que pide permiso para mantenerse en pie.


Como si el mundo fuera un vecindario silencioso,

donde hay que bajar la voz y sonreír desde la ventana,

sin que nadie vea las paredes peladas ni las lámparas que parpadean por miedo.


Como si el título de mi existencia

tuviera que estar colgado en la entrada:

“Perdón por entrar” ,

firmado con tinta negra, ilegible y eterna.


Como si el cosmos cobrara arriendo,

como si Dios tocara a la puerta una vez al mes

y exigiera rezos, silencios y sacrificios

para no clausurarme.

Como si estar sola conmigo fuera prender fuego en el sótano,

abre una caja llena de fotografías que nadie quiso ver.


Como si él —ese fantasma sin rostro—

me exigiera algo que no recuerdo haber prometido.

Como si al principio del tiempo

alguien hubiera grabado mi nombre en una viga podrida

y dijera:

“Esta será la ofrenda”.


Como si reír, llorar, tropezar

y habitarme a mí misma en voz alta

fuera una violación al reglamento.

Un ruido molesto.

Una amenaza para el orden.


Como si mi boca,

mi voz,

mi canto,

Fuesen alarmas que anuncian el colapso.

Como si de niña mi llanto hubiese sido un incendio,

y mi madre y mi padre salieran huyendo. 


Como si el deseo que crece en mis paredes

tuviera que apagarse con agua bendita.

Como si mi felicidad tuviera que pasar

por la inspección de extraños:

“¿Quién te dio permiso para estar?”

Como si viviera,

pero en una casa prestada,

donde no puedo mover los muebles.


Así aprendí de niña:

a no colgar cuadros,

a no abrir las cortinas,

a no habitarme completa.

A torcer mi boca como si fuera una cerradura oxidada,

y a huir de mi corazón

como si escondiera ratas en las vigas.


Pero hoy,

rompo las tablas de la puerta principal.

Barro los escombros.

Tiro abajo los muros falsos.

Y aunque tiemblen las ventanas

y se quejen los vecinos,

me grito viva desde el centro de mi sala.


Mi boca grita.

Mi corazón tamborilea.

Y cada latido es un martillo.

Una reconstrucción.

Un manifiesto.

Hoy soy. 

Hoy me hábito.

Hoy estoy viva. 

miércoles, 26 de marzo de 2025

El arte de dejar ir: entre la acción y la distancia.

 Esta semana inicié la lectura de un libro, uno de sus temas centrales es sobre el "arte de dejar ir". No se trata de un texto de autoayuda, aunque, de algún modo, ha conseguido desplazarme hacia una comprensión más nítida de mi propia realidad, de aquello que deseo y de lo que, en cambio, no deseo sostener. 


Pensé entonces que "dejar ir" no es un gesto unívoco ni unívocamente dirigido hacia una persona. Se trata de un movimiento más amplio: implica soltar una acción, una decisión, una estructura de pensamiento, una forma de estar en el mundo, una manera de vincularse. En este sentido, si dejar ir es un arte, lo es en la medida en que exige la práctica de una distancia radical frente a lo que, sin embargo, nos afecta.  


Hubo un tiempo en que consideré el estoicismo una forma de renuncia. Me parecía que su propuesta exigía un abandono de la propia vulnerabilidad, una negativa a la dimensión afectiva que nos constituye como seres humanos. Sin embargo, esta semana comprendí que dejar ir no es ignorar aquello que nos atraviesa, sino sostenerlo sin asimilarlo como un mandato a hacer algo. A veces, lo más difícil no es actuar, sino interrumpir la compulsión de hacerlo. En ese sentido, ¿Qué significa quedarse en el umbral de la acción, en el punto muerto? ¿Qué se pone en juego cuando decidimos no responder, no intervenir, no intentar modificar el curso de lo que no está a nuestro alcance?  


En mis relaciones interpersonales, he tendido siempre a hacer, a actuar sobre el otro, como si la intervención pudiera transformar la realidad en sí misma. Alguien me sugirió recientemente que -en términos de Spinoza- esta inclinación podría leerse como "compasión". Pero me pregunto si la compasión no es también una forma de apropiación, un modo de asumir que el sufrimiento del otro nos pertenece, o que nuestra acción puede redimirlo. La realidad, sin embargo, se impone con crudeza: no podemos modificar la percepción ajena, no podemos alterar las decisiones de otro, y la voluntad de hacerlo quizá encubre algo más que un impulso altruista.  


Aquí me encontré con una bifurcación. Podía aferrarme a mi concepción del problema o desplazarme hacia la mirada del autor que leía. Opté por lo segundo. En ese ejercicio de descentramiento, comprendí que el error —si es que hay tal cosa— tal vez radique en el deseo de transformar lo que no es transformable. Y si así es, mi insistencia en modificar mi realidad no sería más que un ejercicio de reafirmación del yo, una trampa del ego que confunde agencia con dominio.  


Siempre he creído que toda experiencia contiene, en su núcleo, una invitación a la reflexión. Y en estos días he intentado asumir esa tarea con más rigor. Dejar ir, he comprendido, no es desestimar las acciones ajenas de los otros, sino reconocer su carácter arbitrario. No significa restar valor a las emociones que se despliegan en el encuentro con el otro, sino aceptar que hay dimensiones del vínculo que no dependen de la voluntad. Suelo decirles a mis estudiantes que no se tomen demasiado en serio mis palabras, porque no todo lo que se dice tiene el peso de un veredicto.  


Soltar, entonces, implica renunciar a la ilusión del control. Nos obliga a despojarnos de la pretensión de intervenir en lo que no nos concierne, a reconocer que hay aspectos de nosotros mismos que no comprendemos del todo y que, tal vez, ni siquiera necesitamos comprender. Y en algunos casos, dejar ir es también huir. Huir de lo que no nos beneficia, de aquello que no podemos sostener.


Pero hay una dificultad estructural en esta práctica. Dejar ir supone un reconocimiento de la propia impotencia, y eso nos desorienta. En un mundo que nos exige dominio, la renuncia parece una forma de pérdida. Sin embargo, en esta paradoja se inscribe lo que llamo el arte de dejar ir: la capacidad de apartarnos sin que esa distancia sea interpretada como abandono de nosotros mismos.   


Escribo esto no porque haya resuelto el problema, sino porque persiste en mi pensamiento. Quizá el tiempo, en su obstinación, termine por hacer su trabajo. Por ahora, me permito este espacio de indeterminación, esta pausa que, más que una inacción, es una forma distinta de estar en el mundo.  

domingo, 16 de marzo de 2025

De la levedad del amor.



He estado sintiendo la levedad del amor. 

Comprendiendo que el amar no es pretender transformar al otro.  

Que el amor es un laberinto de interrogantes sin respuesta. Que mi ser amado es un universo distinto al mío.  

Que es necesario desmontar las ficciones que he construido en torno al amor.  

Considero que el amor es un remanso de calma, una cadencia pausada en la que cada quien conserva su tiempo, sus ritmos y su modo singular de habitar el mundo. Y aunque en estos días me ha costado asumirlo—tal vez por la presión de los ideales impuestos, por la noción ilusoria de la trascendencia amorosa—, he comprendido que amar es permitir que el otro ejerza su libertad a mi lado, sin que ello implique posesión o renuncia. Amar es una elección consciente, no una emoción efímera. Una relación no debería ser un desgaste, sino un espacio de construcción mutua.  

He aprendido que la espera es un gesto sutil y precioso, que la paciencia sostiene una relación. Que llorar, añorar y disentir forman parte del camino. Que el dolor es transitorio, pero que la alegría compartida es eterna. Que vale la pena redescubrir a una persona una, dos y tres veces. Que las diferencias no deberían distanciarnos, sino animarnos a construir juntos. Amar, he comprendido, no es moldear, sino permitir el ser.  


Está semana tan compleja llena de eclipses y lunas rojas, entendí que la duda es una condición humana, que la perfección es un espejismo y que todos transitamos el acto de vivir por primera vez , arrojados en el mundo. También descubrí que un solo acto puede condenarnos a perder a alguien invaluable y que el rechazo, cuando se ofrece, regresa con la misma intensidad.  


Hace poco conversé con dos personas fundamentales en mi vida. Me hallaba sumida en la incertidumbre, reexaminando mi existencia con un solo vistazo. Curiosamente, ambos comparten el mismo nombre, así que los llamaré S y Sbs.  


Una noche busqué a Sbs y lloré. Sus palabras fueron un refugio tibio para mi alma. Su película favorita es La forma del agua, y la menciono porque su consejo se halla relacionado con esta: el amor no es una prisión de mis expectativas. Amar es abrazar las diferencias del otro, hallar belleza en su singularidad y enamorarse precisamente de aquello que lo distingue.  


S, por su parte, me habló del amor desde otra perspectiva: para él, amar es comunicar. Algo que, paradójicamente, siempre me ha resultado complejo. Durante años consideré la comunicación un artificio superfluo. Crecí convencida de que mis palabras carecían de sentido porque, en mi infancia, aprendí a callar antes que a expresarme. No lo digo lamentandome—mi niñez fue como la de tantos otros—, pero las raíces de mi silencio son profundas.  


Cuando S y yo hablamos, entendí que mi reticencia a la comunicación no se debía al orgullo ni al temor a la confrontación, sino a una convicción errónea: la certeza de que el otro no me escucharía. Pensaba que, al articular mis pensamientos en palabras, mi lengua se torcería como un gusano y mis palabras se perderían en el vacío. Por ello, elegí el silencio. Y ese mutismo terminó hiriendo a los demás.   


He llegado a la conclusión de que los ideales románticos nos han condenado a vivir con expectativas irreales, a creer que el otro debe amoldarse a nuestra imagen y semejanza, perdiendo así su esencia. En nuestra concepción occidental del amor, anhelamos la fusión absoluta, la disolución del yo en el otro, sin reparar en que amar no es librar una batalla en busca de certezas, ni aferrarse a resentimientos, ni edificar castillos de aire. Amar es mucho más que eso.  


Ahora mismo, me encuentro en un autobús de regreso a casa. Desde la silla 20, observo el paisaje en la ventanilla. A mi lado, una madre y su hija se abrazan, resguardándose del frío. Al mirarlas, pienso que tal vez el amor sea eso: cobijar al otro, brindarle refugio, permanecer a su lado sin importar el rumbo.  


A veces el amor no tiene un destino claro. A veces, el trayecto es breve. Pero, al final, lo que realmente importa es la manera en que elegimos recorrerlo.  


Hoy, me siento más enamorada que nunca. Una canción evoca a mi familia y a todos los que amo. Me invade una nostalgia profunda, ese dulce peso del recuerdo. Pero en lugar de rechazarla, la abrazo con ternura, como un niño que se deja arrullar por su madre.  


Y así, con esta reflexión, me despido de este fin de semana.  

lunes, 10 de marzo de 2025

Palabras sin voz.


Las palabras nunca salen. Se enredan en mi lengua, chocan entre sí, tropiezan, se ahogan. Desde que soy niña siento algo atorado en la garganta. Un peso, un nudo, una maraña de pensamientos que nunca logran convertirse en voz. Se repliegan dentro de mi boca, retorciéndose como un gusano. Y lo único que consigo expulsar son risas incómodas. 

En la universidad, me dediqué a estudiar el lenguaje. Pensé que si aprendía a entenderlo, podría domarlo. Darle un orden a mis palabras, hacerlas salir sin tropezar, sin balbucear. Pero la realidad no cambió. 

"Sí, está bien", digo una y otra vez. Me río. Asiento. Evito profundizar. Hace tiempo leí la carta de un hombre que dejó de hablar. Se rindió. Prefirió callar antes que decir algo que no fuera lo que realmente quería decir. Lo entendí. Hace tiempo que yo también elegí el mutismo selectivo, la risa nerviosa, las frases inconexas que mueren antes de cobrar sentido. 

"Las palabras tienen el significado que desees darles", decía Humpty Dumpty en la obra de Carroll. Pero las mías no significan nada. No transmiten nada. Ni un solo sentimiento. 

A veces pienso que nací rota. Que cuando mi madre me trajo al mundo, el llanto con el que la recibí fue suficiente para toda una vida. Tal vez en ese instante supe que nunca podría hacer más que enredar mi lengua como un gusano. Y me despedí. De mí. Del mundo. 

"No quiero hablar. No puedo. No sale de mi boca." No es que no quiera, es que no puedo. Cuando escucho tantas voces llenas de incoherencias, mi mente se apaga. Mi voz tiembla. Solo quedan los gestos. Mi rostro aprendió a hacer lo que mis palabras nunca lograron: hablar por mí. 

Decir demasiado implicaría poder hablar. Y yo no puedo. 
Pienso en todo lo que quiero decir. En todo lo que podría decir. Pero entonces lo veo desde afuera y parece absurdo. 
Así que callo. 

¿Hay algún lugar en el mundo donde las palabras no tengan voz?

lunes, 3 de marzo de 2025

Manifiesto.

 ¿Tiene sentido la existencia humana? ¿O es esta vida un calvario que respira, donde los pulmones se oxidan y la carne se marchita sin propósito?

No nos pertenece nuestra propia existencia. Somos piezas de un engranaje diseñado por jefes, por el Estado, por la burocracia. Se nos asigna un nombre que no elegimos, en una ciudad habitada por sombras que deambulan sin alma. ¿Qué significado puede haber en una identidad impuesta, en una sociedad que nos ahoga?

La humanidad no tiene nada intrínseco salvo su puerilidad, su dolor latente, el asco que se retuerce en su interior. ¿Qué sentido puede hallarse en esta vida mundana?

Osamu Dazai escribió en Indigno de ser humano: “Mi vida ha estado llena de vergüenza. La verdad, no tengo la más remota idea de lo que es vivir como un ser humano”. Como él, transitamos la desolación, asistimos a la muerte de nuestros principios. Nos han arrebatado la esencia, nos han vaciado hasta convertirnos en espectros de lo que alguna vez fuimos.

Somos víctimas de una civilización enferma de narcisismo y codicia. No somos individuos: somos carne burocratizada, engranajes de un sistema que devora sin tregua. Nos han tragado las fauces del Leviatán y, con nuestras propias manos, firmamos la inquisición de nuestra individualidad.

¿Estamos vivos? ¿O solo seguimos un guion preescrito, un simulacro de existencia? ¿Hay alguna justificación para perseverar en este vacío? Sísifo sigue empujando la misma roca; nosotros seguimos respirando, como por inercia.

Los ojos inquisidores nos vigilan, el juicio nos aprieta el pecho como una soga invisible. ¿Es posible existir en este estado de alerta perpetuo? Solo una certeza nos acompaña: debemos aferrarnos a la muerte.

Abandonarse

  Estos días han sido completamente diferentes al resto del tiempo. He estado intentando equilibrar una vida que, a veces, parece no ser la ...