domingo, 14 de junio de 2026

La inevitable levedad del ser



El camino está cerrado de par en par.


Han dicho que la puerta del otro lado no abre.

Las estrellas se partieron en dos.

Me estrellé contra la espalda del mundo.

Nada tiene sentido.


Escrito está en nuestra herencia:


la inevitable levedad del ser.


Demasiado tonto para ser tonto.


Demasiado absurdo este cielo

lavado en gris.


Demasiado pesadas las lágrimas

que alguna vez descendieron por mis mejillas.


Sin razón.

Sin cordura.


Nada habita arriba,


salvo una estrella roja,


inútil,


encendida entre el principio y el final.


La vida ha elegido la nada.


Y el hombre,

temeroso del vacío,


ha tejido respuestas

para cubrir el abismo.


Todo aquello que importa pesa.


Todo aquello que nos toca

termina atravesándonos.


La estrella cruza el cielo gris.


No sabe de cadenas.


No sabe de nombres.


No sabe de órbitas ni de tiempos.


Habita el Dasein del hombre,

pero rehúsa pertenecer.


Camina despacio,


ligera,


líquida,


como si la libertad consistiera

en no quedarse jamás.


Entonces Saturno.


Silencioso.


Antiguo.


Inevitable.


La encuentra.


La gravedad ocurre.


La estrella gira.


Y vuelve a girar.


Y una vez más.


Sin advertir

cuándo dejó de huir.


Demasiado tonta.


Demasiado líquida.


Demasiado perdida para admitir


que a su luz


termina inclinándose.


Que hay fuegos


de los que ninguna distancia salva.


Que una pequeña llama 


En el lazo izquierdo del pecho 


ha pesado más


Y que ahora,


para siempre,


orbita en el. 

jueves, 28 de mayo de 2026

Anatomía de un amor

 


Es complejo darse al amor por completo,

sobre todo cuando eres tú quien escribe,

quien recita,

quien baila dando vueltas por el salón

mientras espera la mano del otro.


Porque amar también es eso:

esperar.


Pero el amor es un sentimiento precisamente porque se transforma,

porque se recorre de lado a lado,

porque te paraliza en el patio trasero como un rayo,

te eriza la piel

y nunca anuncia su llegada.


Y así como llega, se va.


No avisa su salida.

Simplemente un día llueve

y las gotas caen sobre tu cabello.

Te tocas

y estás sola,

parada en la Avenida,

mirando un charco que no es tuyo

pero donde todavía eres tú,

Un recuerdo de lo que era. 


El amor es amor porque no puede comprenderse del todo.

No existe una palabra exacta para nombrarlo.

Es simplemente lo que es:

un beso que de pronto ya no sabe a nada

mientras esperas el bus en la estación con las manos entrelazadas.


una mirada furtiva de tu amigo; que ya no es tan amigo. 


un golpecito en la cabeza,

un empujón lleno de rabia;

un masaje en el cabello,

un abrigo que todavía le pertenece

y sigue oliendo como él. 


Correr por la calle tomados de la mano.

Tomar un taxi con rapidez.

Abalanzarse sobre su cuerpo

en un cuartito pequeño.


Lavarse juntos los dientes.

Llorar de tristeza.

Recitar versos de odio.

Escribir poemas para un blog.

Rascarse el cuerpo con sal y limón, 

Limpiar lo que queda. 


Gritarse mutuamente en un aullido

solo para sentirse.

Quedarse inmóviles en el piso, esperando que llegue la calma, que no llega del otro. 


Escuchar una canción en la ducha. 

Oler su perfume.

Correr a sus brazos.

Besar sus labios.

Acariciar sus mejillas.

Mirar profundamente sus ojos.

Caminar juntos en la misma dirección y 

Perder tus cosas en el camino.


Dormir dos días seguidos abrazados.

Tararear una canción que alguna vez le dedicaste mientras te llenas de lágrimas. 


Y después,

besar unos labios

que ya no saben a nada.

Porque el amor también es eso.

Es quedarse

cuando todo dentro de ti ya se fue.

Es mirar al otro

y no encontrar el mismo rostro.

Es sentir ternura y rabia al mismo tiempo.

Es querer huir

y aun así extrañar.

Es aceptar que algo murió

sin dejar de sentirlo vivo dentro del pecho.


Porque el amor no deja de ser amor

solo porque duela.

Ni porque se desgaste.

Ni porque se convierta en costumbre, nostalgia, silencio o vacío.

Sigue siendo amor

incluso cuando deja de parecerlo.

Y quizá esa sea su tragedia.

Que muta.

Que hiere.

Que permanece.

Que incluso después de todo,

nos sigue incendiando el cuerpo.

Y aun así,

volvemos.

martes, 19 de mayo de 2026

En una sociedad que evita, yo quiero sentir

 En una sociedad que evita la emoción de estar viva,

yo quiero sentir mi respiración hecha latido.

En una sociedad que niega el intenso mundo interior,

yo quiero recitar poesía barata a los míos.

En un mundo donde el amor es una tragedia,

yo deseo tener un alma que arda por el otro.

En una sociedad enmarañada de muertos vivientes

que sobreviven cubriendo el sustento diario,

yo necesito sentarme a escribir, a cantar, a leer, a actuar, a ser.

Quiero que mi espíritu recorra las cordilleras

como un mar de sangre,

de mi gente, de mi rabia.

Necesito creer que existe un mundo

donde pueda sentarme a sentir,

llorar, gritar y sufrir;

donde el “ser” y el “estar”

no sean un problema de lesa humanidad,

donde los narcóticos no tengan cabida.

En un mundo lleno de opioides y gentes sapientísimas,

yo no quiero pensar:

quiero incendiarme con el fuego

y vivir quemada.

En un mundo donde la vida es ridículamente fugaz,

yo quiero sentarme a mirar el cielo

asomarse en la madrugada.

Quiero imaginar un mundo

donde me sea permitido sentir mi pulso

y respirar tranquila.

Dejar de ver en las calles

a los locos no tan locos

y a los no tan locos demasiado locos,

todos huyendo de lo demasiado humano,

despreciándose a sí mismos.

Y a los cínicos,

callarles de la boca la poca palabra.

Quiero cansarme al correr,

acurrucarme a llorar,

detener el reloj social.

Quiero vivir cada momento

sin buscarle significado,

matar la hermenéutica

y sentir, sentir, sentir.

Quiero ser.

Poder ser, quizá.

Quiero gritar

hasta que mi corazón explote.

Que los lobos corran

mientras yo me quedo aquí,

pidiéndole a la luna un último deseo:

“Quiero estar viva.

Viva, viva, viva.”

domingo, 17 de mayo de 2026

Nadaista

 


Estoy acostada y mi cuerpo se sostiene sobre la cama.

Siento cómo se me araña el corazón,

culpa de una yo pasada.


Me siento un objeto roto,

sin esperanza, sin atisbo de reparación.

Nadie conserva lo viejo y dañado.


He juntado, con ayuda de algunos, los retazos que me quedaban.

He pintado con ayuda del color un cielo gris.

Un cielo gris que no se despeja,

turbio y eclipsante.


Me atrapa sobre mi almohada el olor de mi pasado,

de una mancha sucia que me rodea todo el cuerpo.


Soy un último suspiro.


Me he convertido en algo que desconozco.


—¿Quién eres tú? —me pregunta P,

sin entender la gravedad del asunto.


—No sé quién soy, quién fui, quién seré.

No quiero saberlo.

No deseo crear algo.

Ya no soy.


Y entre mis lamentos me pregunta por mi mancha.


—¿De dónde proviene tu mancha?


Del oscuro sigilo de la noche.

De los fantasmas que corren de mí despavoridos.


Mientras mi madre llora y ora.

Llora y ora.


—¿Quién eres tú? —pregunta mientras me señala un espejo.


—Humo.

martes, 28 de abril de 2026

Ontología del deshabitar

 Reconciliarme con la idea de no tenerte,

de no habitarte, de no serte,

ha sido un camino lleno de baches.

He intentado seguir

con la certeza incómoda de que no eres mío

y nunca lo fuiste.

Que no puedo impedir que vivas tu vida,

como tampoco puedo esquivar la mía:

mirar otros ojos,

habitar otros cuerpos,

mezclar mi energía con la de otro.

Pero yo,

que recorrí tus caminos,

me pregunto si será sencillo deshabitarte.

Si la tristeza de no vivirte cesará algún día,

si la lluvia en mis ojos aprenderá a descansar.

Siempre me imaginé tuya.

Siempre me entregué completa.

Ahora mi órbita se ha deshecho.

No encuentro en mí razones para odiarte.

Mi cuerpo, debilitado

por el amor que anunciaba como destino,

carga las cadenas

que yo misma forjé,

como si hubiera construido mi propio encierro,

como si la vida no pudiera ser más que esto.

Pero lo es.

Te levantas un día,

es lunes en la mañana

y llueve.

Llueve a cántaros

y no está tu abrigo.

Busco,

y tu voz no retumba en la habitación.

La gata se acerca y me lame,

como si pudiera oler la tristeza.

No escucho música:

en todas se mezclan tus letras.

Es lunes en la mañana,

y la vida,

aun sin ti,

sigue siendo la misma.

martes, 21 de abril de 2026

Nostalgia

La soledad que habito me marchita,

pero aún respiro en el viento

que me nombra y me exhala.

Los árboles, en grietas,

siguen abiertos de par en par.

Alguna vez, en este agujero, hubo flores;

hoy quedan hojas caídas

que, sin saberlo,

empiezan a hacerse bosque.

La niña, enmarañada en el musgo,

se levanta y toca la tierra.

Huele el petricor,

escucha a los pocos pájaros,

y en ese gesto pequeño

regresa.

Regala luz,

tan frágil como la crisálida,

pero insiste.

Una vez hubo agua por montones;

hoy, en el estanco,

quedaban apenas unas gotas.

Entonces llueve.

Esta vez,

¿la tierra responderá?

domingo, 19 de abril de 2026

Poemas sin nombre



 Pudieran mis manos odiar tu cabello.

Pudiera mi voz desteñir tu nombre.

Pudiera mi alma dejar de abrigarte.

Pudiera el odio apoderarse de mí.

¿Puedo olvidar lo que alguna vez fuimos?

¿Puede el ser humano perdonar

la daga con la que él mismo se hirió?

Paralizo el tiempo

con tus manos

sobre mi cuello.

Una voz me llama desde el vacío.

¿Alguna vez me oirá?

Soy un fantasma

en el mundo del otro.

Habito cada rincón

de esta sala vacía,

bailando la melodía de tu lira.

¿Acaso sé quién soy?

Me perdí en esta puerta

abierta de par en par al infinito,

y aun así

me desvanezco en el espacio,

debajo del agua,

como una niña.

¿Alguna vez escucharon mis latidos?

¿Sabe el doctor dónde buscar mi dolor?

Ahí donde estuviste…

¿pueden borrar mis memorias?

Los recuerdos buenos se difuminan.

El corazón dejó de latir.

No es que te extrañe…

no.

Es que no encuentro la salida.

Cementerio

 


Caminan sobre el cementerio

los fantasmas del más allá.

Antes habitaban la tierra,

se daban la mano danzando;

hoy no quedan ni las cenizas

de lo que fueron.

¿Quiénes fueron en el mundo terrenal?

¿Cómo se llamaban?

¿Quién se llevó sus recuerdos?

Alguna vez fueron dos cuerpos

danzando sobre suelo fértil…

¿quién se llevó lo que eran?

¿acaso alguna vez existieron?

Dicen que en su ataúd

fueron enterrados

con los corazones masacrados.

Los pájaros devoraron sus restos

y solo quedó la sombra

de lo que fueron.

Ya no recuerdan sus nombres

ni el tono de sus voces.

Son dos desconocidos

habitando juntos

el mismo ataúd,

el mismo tormento.

Dejaron las llaves de sus almas

hundidas en la tierra.

¿Nacerá de ellas algún árbol

que me cubra del sol?

¿Alguna vez dejaron el ego?

Han muerto.

Perecen en el cementerio

de los espíritus errantes.

Son recuerdos que se arremolinan

como el viento mismo.

Han pasado los años,

las estaciones,

y sus cuerpos siguen intactos:

es el alma

la que permanece quebrada.

¿Alguna vez amarán otras almas

y saldrán de su propia tumba?

jueves, 19 de febrero de 2026

Carta al padre

 


No me parezco a ti en la superficie:

no en la risa que otros oyen,

no en la forma en que me siento a la mesa.

Me parezco a ti en lo invisible.

En la grieta.


Tengo tus ojos -dos monedas antiguas-,

dos puertas que no saben quedarse abiertas.

Tengo tu manera de huir

cuando el amor exige permanencia.


Me deshago igual que tú

cuando algo pide raíces.


Tu ira vive en mi lengua.

Sale disparada como clavos encendidos.

Atraviesa.

Se queda vibrando en el corazón de alguien más.


Soy tu eco cuando escupo desprecio.

Soy tu sombra cuando me vuelvo de piedra.

He aprendido a protegerme con el mismo cuchillo

con el que tú me herías.


Camino como tú:

con ese aire de mundo conquistable,

con esa sed de oro que no se sacia nunca.

Dinero como anestesia.



Pero también heredé lo hermoso 

y eso duele más:

la disciplina que no descansa,

la fascinación por aeropuertos y mapas,

la risa torcida que entiende la crudeza del mundo.


Tu sangre es un río oscuro

que insiste en correr bajo mi piel.


Cuando me miro al espejo,

no veo mi rostro:

veo algo que no pedí.


La abuela lo sabe.

Lo ve en mis gestos.

En la forma en que frunzo el ceño

como si el mundo me debiera algo.


Soy tu hija incluso cuando intento no serlo.

Soy tu apellido caminando hacia el futuro

como si arrastrara un ataúd pequeño

con tu nombre grabado.


Aun muerto,

vivirás en mis impulsos.

En la violencia breve de mis pensamientos.

En el deseo de ganar,

aunque nadie esté compitiendo.


Y me pregunto

¿Este cuerpo es mío

o es la extensión de tu fracaso?


¿Podré arrancarte de mi sangre

sin desangrarme?


¿Podré amar

si aprendí que el amor siempre se va?


Padre,

hiciste de mi corazón un hueco negro.


El mío late como si buscara salida.

El tuyo 

¿alguna vez supo hacerlo?

lunes, 26 de enero de 2026

La nobleza de la derrota

 Hay una verdad silenciosa que encierra la derrota. De niña, me gustaba ver en las películas el momento en que los soldados alzaban la bandera blanca para rendirse. Siempre lo entendí como un acto de nobleza: aceptar que no se puede continuar en la misma dirección. Rendirse, en ese sentido, no es avanzar ni retroceder, sino detenerse; no provocar, no insistir, no forzar ningún movimiento en el otro.

Para pensar esta forma de soltar, me resulta inevitable acudir a Rainer Maria Rilke —Rilke, a secas—. Nombrarlo se vuelve necesario para comprender la emocionalidad del dejar ir. Rilke escribió que amar no significa fundirse con el otro, sino aprender la distancia que permite a cada quien ser quien es. Esta idea, sencilla en apariencia, encierra una verdad difícil de aceptar: no todo lo que se ama puede sostenerse en el tiempo.

Aceptar la renuncia cuando es necesaria no implica renunciar al amor, sino reconocer sus límites. Como aquellos soldados que alzan la bandera blanca, dejar ir puede ser una forma de cuidado: no dañar al otro y no dañarse en el intento de permanecer.

Aceptar que algo no funciona es también respetar la singularidad del otro. Rilke insistía en que cada persona habita su propio proceso vital, y que no siempre esos procesos avanzan en paralelo. Forzar una sincronía inexistente solo conduce al desgaste, al resentimiento y a la culpa.

Hace poco comencé a reflexionar sobre mí misma, sobre la necesidad de control que ejerzo incluso en las relaciones humanas. Me esfuerzo por sostener vínculos en el tiempo aun cuando sé que no hay esperanza real en ellos. Sin embargo, en una cultura que insiste en que quien deja ir es un cobarde, atravesar ese muro se vuelve especialmente difícil cuando quedarse duele más que irse.

Hoy he empezado a disfrutar de mi propia compañía: a darme los buenos días y las buenas noches, a cuidar mi corazón cada vez que se quiebra. He aprendido a ser refugio para mí misma. Y desde ese lugar, he logrado alzar la bandera blanca cuando es necesario, no como un gesto de derrota, sino como una forma de proteger lo que aún queda de mí.

martes, 30 de diciembre de 2025

Soltar: una filosofía de vivir

 Hace poco estaba dialogando con una de mis amigas más cercanas —llamémosla V—. Había un poco de vino, algunos cigarros y la noche de nuestro lado. En ese vaivén del discurso entendí algo que ya había comprendido antes, pero a lo que nunca me había dedicado del todo.

En un instante de nostalgia me detuve a pensar en mis charlas de camino a casa, saliendo del colegio, con mi roomie que también era mi compañero de trabajo. Conversaciones donde los consejos y los regaños eran el pan de cada día.

—¿Cuál es la base para ser realmente feliz? —preguntaba yo.

—Soltar —respondía O, mientras caminaba despreocupado por la calle, con los carros lanzándose hacia nosotros como pájaros sin rumbo.

Esa forma de ser de O siempre me generó incertidumbre, pesar y frustración. Para mí, vivir siempre estuvo relacionado con la acción: hacer, movilizarse cambiar. Como si la vida solo tuviera sentido cuando algo estaba ocurriendo.

Sí hablamos desde la filosofía oriental, Byung-Chul Han diría que ese impulso no es casual. Vivimos bajo la lógica del rendimiento, donde no hacer se percibe como fracaso y detenerse como una pérdida de tiempo. Nos convertimos en sujetos que se exigen constantemente, incluso en el amor.


Empero; con el tiempo he entendido que vivir de esa forma es un desgaste, un círculo vicioso del cual no puedo salir por una necesidad incesante de tener el control de todo. No controlarlo todo se siente, a veces, como desaparecer.

Volviendo a V. Ella y yo somos muy parecidas: la forma en la que actuamos, cómo nos relacionamos con los hombres y cómo construimos nuestras amistades femeninas. En un intento por entender de dónde proviene esta necesidad compartida, llegamos al mismo punto de la discusión: el ego.

El ego que nos impulsa a actuar para dominar la situación. Desde un trabajo universitario hasta una relación de pareja, intentamos que el proyecto funcione porque creemos que debe funcionar. Pero, como advertía Epicteto, no sufrimos por lo que ocurre, sino por nuestro deseo de que las cosas sean distintas a como son.

Quizá a V le canse L, pero ha dispuesto toda su energía a ese gran proyecto. Prefiere sacrificar su tranquilidad antes que aceptar el fracaso. No es amor, es control. No es deseo, es miedo a soltar.

Y quizá ahí está la confusión más grande: creer que vivir es sostener. Que amar es insistir. Que perder el control es perderse a una misma.

Pero tal vez vivir una relación, un proyecto o incluso un problema no implique actuar más, sino soltar mejor. Soltar el control, la ansiedad, la necesidad de perfección. Soltarnos a nosotras mismas, al mundo, a las relaciones.

Tal vez la vida, como intuía O despreocupado, no se trata de hacer tanto, sino de aceptar desde nuestra frágil condición humana que no tenemos el control de nada.

Abandonarse

  Estos días han sido completamente diferentes al resto del tiempo. He estado intentando equilibrar una vida que, a veces, parece no ser la ...