viernes, 16 de mayo de 2025

Vericuetos de Mayra

 Voy camino a mi ciudad natal en un bus. Escucho una canción que no mencionaré, miro por la ventana y pienso. De la nada me llega una idea: escribo.

Estos días han sido ajetreados. He decidido, por primera vez, convertir esto en un diario íntimo: una forma de reivindicarme de lo que ha sucedido activamente en mi mente estos meses. Creo que esto forma parte de mi proceso terapéutico para encontrar aquello que yacía perdido en mí: mi identidad.

Hace una semana tuve una conversación con una persona importante para mí —se ha convertido en un mensajero de alguna verdad— y, recientemente (un día atrás), me comuniqué con mi psicoterapeuta sobre uno de los asuntos que más inquietan mi mente: el ego y la pregunta “¿Quién soy yo?”. Ante esta incógnita, C y yo concluimos que, en cuanto a mi propia identidad, no tengo idea de nada… y no me conozco por el ego.

En psicología analítica, hablamos del ego como de esa sombra que todos los seres humanos cargamos y que forma parte de nuestra persona. En mi caso, no la conocía en absoluto, y C me permitió nombrarla y, además, entenderla. Este ego que llevo cargando está atado a la necesidad de validación: superar a quienes me rodean. Desde esa perspectiva, “ese instinto competitivo” que tanto me aplaudían de niña no era más que narcisismo disfrazado. Desde que tengo uso de raciocinio, he vivido enteramente para los aplausos que consigo al superar a aquellos que no se sienten tan bien con sus logros.

Aunque suena cruel, es la parte oscura de mí que me impedía avanzar personalmente. Este ego no solo alejaba a las personas que intentaban acercarse a mí, ayudarme y permitirme ser vulnerable, sino que también me impedía ver la vulnerabilidad de los demás, juzgándolos por lo que no podían darme, por lo que no podían ser (como si el otro fuese un adaptador).

Ante esta sombra no integrada, me presioné a ser algo que no soy, a cumplir estándares para recibir aplausos, a realizar actividades que no me agradaban y a arruinar relaciones con quienes alguna vez me quisieron y desearon verme por quién soy, no por lo que podía otorgarles. Me empecé a enfadar si no cumplían mis expectativas imposibles de ser humano. Sin embargo, incluso para mí misma, ser perfecta siempre fue el objetivo: recibir aplausos, un abrazo interesado de algún extraño, gritos desmesurados de gente que no me importa, regalos, palabras ridículas… Todo aquello que simbolizaba admiración me generaba una disyuntiva: por un lado, me atemorizaba no llenar esas expectativas; por otro, lo disfrutaba.

Hoy me doy cuenta de que he vivido como un muñeco de circo: mostrando una sonrisa y una personalidad fingida para cada público, recitando un verso ridículo para cerrar el espectáculo. Mi verdadero yo se ha convertido en un fantasma que deambula esperándome. Ante todo esto, admito que me siento perdida.

Por otra parte, mi psicoterapeuta me ha categorizado dentro del “trastorno de la personalidad obsesivo–compulsivo”. Esto no solo me reprime y encapsula, sino que me nombra y me obliga a aceptar, por el resto de mi vida, un diagnóstico nuevo que debo integrar en la lista de cosas que hace mucho dejó de importarme. Quizá esté nombrada, pero mi mente aún se resiste a aceptarlo. Y, aunque sé que este proceso de rechazo hacia mí misma me ha impedido avanzar, actualmente no encuentro otro camino porque no me conozco en absoluto.

Para finalizar: esta no es una entrada para reflexionar, tampoco es para aparentar algo de mí y recibir aplausos por mi forma de escribir, de ser o de pensar; he dejado eso atrás. En esta entrada me presento como la persona real ante ustedes, y me despido por un tiempo hasta que logre encontrarme.

Gracias por todo, queridos lectores. 

sábado, 3 de mayo de 2025

El baile de los tontos

La necesidad de querer alejarme y acercarme al mismo tiempo. 

Últimamente he notado, sin sorpresa pero con cierto desconsuelo, que mis vínculos con los demás se mueven en una contradicción persistente, como si mi existencia entera dependiera de ese tira y afloja. Acercarme a alguien se ha vuelto un procedimiento torpe, casi teatral. Alejarme, en cambio, es un rito pulido con el tiempo, una ceremonia que desempeño con un pudor que a veces roza la crueldad.

La necesidad de acercarme me domina, sí. A ratos. Me lanzo —titubeante, casi temblorosa— a una conversación, una mirada, un gesto. Y justo cuando parece que algo nace, algo íntimo, algo cálido… me retraigo. El silencio se instala entre nosotros como una renuncia anticipada. Como si cualquier emoción que pueda suscitar el otro fuera demasiado, excesiva, insoportable.

Recuerdo vagamente un fragmento de Sartre, leído en la universidad. No podría citarlo con precisión, pero el significado me persigue: el ser está condicionado por la mirada del otro. Vivimos, inevitablemente, bajo el juicio de los demás, atados al modo en que nos perciben. Esa percepción me limita. Me reduce. Me hace significante cuando no quiero significar nada. Cuando solo quiero estar, sin justificarme, sin representarme.

No es el otro el que duele, no. Es el acto de abrir la puerta. De dejar entrar. Porque cada nuevo vínculo es una amenaza a mi frágil equilibrio. Cada persona que intento incorporar a mi vida —más allá de las pocas que han resistido mis tormentos internos— me desborda, me fatiga, me arroja contra un espejo que no siempre quiero mirar.

Sí, quiero conocer a alguien nuevo. A veces lo deseo con una fuerza que me sorprende. Pero he aprendido que toda relación es un desgaste. Una herida anticipada. El simple hecho de que el otro exista conmigo ya me afecta, porque ambos respiramos bajo el mismo cielo, y esa cercanía me araña.

Así me muevo, en este vaivén entre la búsqueda y el abandono. Una frecuencia que no he logrado descifrar. Y por razones que no alcanzo a comprender del todo, encuentro más consuelo en la ausencia que en la presencia. Mi mayor miedo hoy no es estar sola. Es acostumbrarme demasiado a ello. Convertirme en un ermitaño dentro del mundo de los otros, sin siquiera notarlo.

Quizá este caracol, que por momentos asoma tímidamente sus antenas, regrese pronto a su caparazón. Allí donde no hay palabras, ni miradas, ni promesas.

Solo un eco.

sábado, 19 de abril de 2025

Casa cerrada


(Cuando sobrevivir era tener que demostrar que merecía mis propios cimientos)


Como si yo le debiara algo al mundo.

Como si fuera una casa construida sobre ruinas ajenas,

una estructura agrietada que pide permiso para mantenerse en pie.


Como si el mundo fuera un vecindario silencioso,

donde hay que bajar la voz y sonreír desde la ventana,

sin que nadie vea las paredes peladas ni las lámparas que parpadean por miedo.


Como si el título de mi existencia

tuviera que estar colgado en la entrada:

“Perdón por entrar” ,

firmado con tinta negra, ilegible y eterna.


Como si el cosmos cobrara arriendo,

como si Dios tocara a la puerta una vez al mes

y exigiera rezos, silencios y sacrificios

para no clausurarme.

Como si estar sola conmigo fuera prender fuego en el sótano,

abre una caja llena de fotografías que nadie quiso ver.


Como si él —ese fantasma sin rostro—

me exigiera algo que no recuerdo haber prometido.

Como si al principio del tiempo

alguien hubiera grabado mi nombre en una viga podrida

y dijera:

“Esta será la ofrenda”.


Como si reír, llorar, tropezar

y habitarme a mí misma en voz alta

fuera una violación al reglamento.

Un ruido molesto.

Una amenaza para el orden.


Como si mi boca,

mi voz,

mi canto,

Fuesen alarmas que anuncian el colapso.

Como si de niña mi llanto hubiese sido un incendio,

y mi madre y mi padre salieran huyendo. 


Como si el deseo que crece en mis paredes

tuviera que apagarse con agua bendita.

Como si mi felicidad tuviera que pasar

por la inspección de extraños:

“¿Quién te dio permiso para estar?”

Como si viviera,

pero en una casa prestada,

donde no puedo mover los muebles.


Así aprendí de niña:

a no colgar cuadros,

a no abrir las cortinas,

a no habitarme completa.

A torcer mi boca como si fuera una cerradura oxidada,

y a huir de mi corazón

como si escondiera ratas en las vigas.


Pero hoy,

rompo las tablas de la puerta principal.

Barro los escombros.

Tiro abajo los muros falsos.

Y aunque tiemblen las ventanas

y se quejen los vecinos,

me grito viva desde el centro de mi sala.


Mi boca grita.

Mi corazón tamborilea.

Y cada latido es un martillo.

Una reconstrucción.

Un manifiesto.

Hoy soy. 

Hoy me hábito.

Hoy estoy viva. 

miércoles, 26 de marzo de 2025

El arte de dejar ir: entre la acción y la distancia.

 Esta semana inicié la lectura de un libro, uno de sus temas centrales es sobre el "arte de dejar ir". No se trata de un texto de autoayuda, aunque, de algún modo, ha conseguido desplazarme hacia una comprensión más nítida de mi propia realidad, de aquello que deseo y de lo que, en cambio, no deseo sostener. 


Pensé entonces que "dejar ir" no es un gesto unívoco ni unívocamente dirigido hacia una persona. Se trata de un movimiento más amplio: implica soltar una acción, una decisión, una estructura de pensamiento, una forma de estar en el mundo, una manera de vincularse. En este sentido, si dejar ir es un arte, lo es en la medida en que exige la práctica de una distancia radical frente a lo que, sin embargo, nos afecta.  


Hubo un tiempo en que consideré el estoicismo una forma de renuncia. Me parecía que su propuesta exigía un abandono de la propia vulnerabilidad, una negativa a la dimensión afectiva que nos constituye como seres humanos. Sin embargo, esta semana comprendí que dejar ir no es ignorar aquello que nos atraviesa, sino sostenerlo sin asimilarlo como un mandato a hacer algo. A veces, lo más difícil no es actuar, sino interrumpir la compulsión de hacerlo. En ese sentido, ¿Qué significa quedarse en el umbral de la acción, en el punto muerto? ¿Qué se pone en juego cuando decidimos no responder, no intervenir, no intentar modificar el curso de lo que no está a nuestro alcance?  


En mis relaciones interpersonales, he tendido siempre a hacer, a actuar sobre el otro, como si la intervención pudiera transformar la realidad en sí misma. Alguien me sugirió recientemente que -en términos de Spinoza- esta inclinación podría leerse como "compasión". Pero me pregunto si la compasión no es también una forma de apropiación, un modo de asumir que el sufrimiento del otro nos pertenece, o que nuestra acción puede redimirlo. La realidad, sin embargo, se impone con crudeza: no podemos modificar la percepción ajena, no podemos alterar las decisiones de otro, y la voluntad de hacerlo quizá encubre algo más que un impulso altruista.  


Aquí me encontré con una bifurcación. Podía aferrarme a mi concepción del problema o desplazarme hacia la mirada del autor que leía. Opté por lo segundo. En ese ejercicio de descentramiento, comprendí que el error —si es que hay tal cosa— tal vez radique en el deseo de transformar lo que no es transformable. Y si así es, mi insistencia en modificar mi realidad no sería más que un ejercicio de reafirmación del yo, una trampa del ego que confunde agencia con dominio.  


Siempre he creído que toda experiencia contiene, en su núcleo, una invitación a la reflexión. Y en estos días he intentado asumir esa tarea con más rigor. Dejar ir, he comprendido, no es desestimar las acciones ajenas de los otros, sino reconocer su carácter arbitrario. No significa restar valor a las emociones que se despliegan en el encuentro con el otro, sino aceptar que hay dimensiones del vínculo que no dependen de la voluntad. Suelo decirles a mis estudiantes que no se tomen demasiado en serio mis palabras, porque no todo lo que se dice tiene el peso de un veredicto.  


Soltar, entonces, implica renunciar a la ilusión del control. Nos obliga a despojarnos de la pretensión de intervenir en lo que no nos concierne, a reconocer que hay aspectos de nosotros mismos que no comprendemos del todo y que, tal vez, ni siquiera necesitamos comprender. Y en algunos casos, dejar ir es también huir. Huir de lo que no nos beneficia, de aquello que no podemos sostener.


Pero hay una dificultad estructural en esta práctica. Dejar ir supone un reconocimiento de la propia impotencia, y eso nos desorienta. En un mundo que nos exige dominio, la renuncia parece una forma de pérdida. Sin embargo, en esta paradoja se inscribe lo que llamo el arte de dejar ir: la capacidad de apartarnos sin que esa distancia sea interpretada como abandono de nosotros mismos.   


Escribo esto no porque haya resuelto el problema, sino porque persiste en mi pensamiento. Quizá el tiempo, en su obstinación, termine por hacer su trabajo. Por ahora, me permito este espacio de indeterminación, esta pausa que, más que una inacción, es una forma distinta de estar en el mundo.  

domingo, 16 de marzo de 2025

De la levedad del amor.



He estado sintiendo la levedad del amor. 

Comprendiendo que el amar no es pretender transformar al otro.  

Que el amor es un laberinto de interrogantes sin respuesta. Que mi ser amado es un universo distinto al mío.  

Que es necesario desmontar las ficciones que he construido en torno al amor.  

Considero que el amor es un remanso de calma, una cadencia pausada en la que cada quien conserva su tiempo, sus ritmos y su modo singular de habitar el mundo. Y aunque en estos días me ha costado asumirlo—tal vez por la presión de los ideales impuestos, por la noción ilusoria de la trascendencia amorosa—, he comprendido que amar es permitir que el otro ejerza su libertad a mi lado, sin que ello implique posesión o renuncia. Amar es una elección consciente, no una emoción efímera. Una relación no debería ser un desgaste, sino un espacio de construcción mutua.  

He aprendido que la espera es un gesto sutil y precioso, que la paciencia sostiene una relación. Que llorar, añorar y disentir forman parte del camino. Que el dolor es transitorio, pero que la alegría compartida es eterna. Que vale la pena redescubrir a una persona una, dos y tres veces. Que las diferencias no deberían distanciarnos, sino animarnos a construir juntos. Amar, he comprendido, no es moldear, sino permitir el ser.  


Está semana tan compleja llena de eclipses y lunas rojas, entendí que la duda es una condición humana, que la perfección es un espejismo y que todos transitamos el acto de vivir por primera vez , arrojados en el mundo. También descubrí que un solo acto puede condenarnos a perder a alguien invaluable y que el rechazo, cuando se ofrece, regresa con la misma intensidad.  


Hace poco conversé con dos personas fundamentales en mi vida. Me hallaba sumida en la incertidumbre, reexaminando mi existencia con un solo vistazo. Curiosamente, ambos comparten el mismo nombre, así que los llamaré S y Sbs.  


Una noche busqué a Sbs y lloré. Sus palabras fueron un refugio tibio para mi alma. Su película favorita es La forma del agua, y la menciono porque su consejo se halla relacionado con esta: el amor no es una prisión de mis expectativas. Amar es abrazar las diferencias del otro, hallar belleza en su singularidad y enamorarse precisamente de aquello que lo distingue.  


S, por su parte, me habló del amor desde otra perspectiva: para él, amar es comunicar. Algo que, paradójicamente, siempre me ha resultado complejo. Durante años consideré la comunicación un artificio superfluo. Crecí convencida de que mis palabras carecían de sentido porque, en mi infancia, aprendí a callar antes que a expresarme. No lo digo lamentandome—mi niñez fue como la de tantos otros—, pero las raíces de mi silencio son profundas.  


Cuando S y yo hablamos, entendí que mi reticencia a la comunicación no se debía al orgullo ni al temor a la confrontación, sino a una convicción errónea: la certeza de que el otro no me escucharía. Pensaba que, al articular mis pensamientos en palabras, mi lengua se torcería como un gusano y mis palabras se perderían en el vacío. Por ello, elegí el silencio. Y ese mutismo terminó hiriendo a los demás.   


He llegado a la conclusión de que los ideales románticos nos han condenado a vivir con expectativas irreales, a creer que el otro debe amoldarse a nuestra imagen y semejanza, perdiendo así su esencia. En nuestra concepción occidental del amor, anhelamos la fusión absoluta, la disolución del yo en el otro, sin reparar en que amar no es librar una batalla en busca de certezas, ni aferrarse a resentimientos, ni edificar castillos de aire. Amar es mucho más que eso.  


Ahora mismo, me encuentro en un autobús de regreso a casa. Desde la silla 20, observo el paisaje en la ventanilla. A mi lado, una madre y su hija se abrazan, resguardándose del frío. Al mirarlas, pienso que tal vez el amor sea eso: cobijar al otro, brindarle refugio, permanecer a su lado sin importar el rumbo.  


A veces el amor no tiene un destino claro. A veces, el trayecto es breve. Pero, al final, lo que realmente importa es la manera en que elegimos recorrerlo.  


Hoy, me siento más enamorada que nunca. Una canción evoca a mi familia y a todos los que amo. Me invade una nostalgia profunda, ese dulce peso del recuerdo. Pero en lugar de rechazarla, la abrazo con ternura, como un niño que se deja arrullar por su madre.  


Y así, con esta reflexión, me despido de este fin de semana.  

lunes, 10 de marzo de 2025

Palabras sin voz.


Las palabras nunca salen. Se enredan en mi lengua, chocan entre sí, tropiezan, se ahogan. Desde que soy niña siento algo atorado en la garganta. Un peso, un nudo, una maraña de pensamientos que nunca logran convertirse en voz. Se repliegan dentro de mi boca, retorciéndose como un gusano. Y lo único que consigo expulsar son risas incómodas. 

En la universidad, me dediqué a estudiar el lenguaje. Pensé que si aprendía a entenderlo, podría domarlo. Darle un orden a mis palabras, hacerlas salir sin tropezar, sin balbucear. Pero la realidad no cambió. 

"Sí, está bien", digo una y otra vez. Me río. Asiento. Evito profundizar. Hace tiempo leí la carta de un hombre que dejó de hablar. Se rindió. Prefirió callar antes que decir algo que no fuera lo que realmente quería decir. Lo entendí. Hace tiempo que yo también elegí el mutismo selectivo, la risa nerviosa, las frases inconexas que mueren antes de cobrar sentido. 

"Las palabras tienen el significado que desees darles", decía Humpty Dumpty en la obra de Carroll. Pero las mías no significan nada. No transmiten nada. Ni un solo sentimiento. 

A veces pienso que nací rota. Que cuando mi madre me trajo al mundo, el llanto con el que la recibí fue suficiente para toda una vida. Tal vez en ese instante supe que nunca podría hacer más que enredar mi lengua como un gusano. Y me despedí. De mí. Del mundo. 

"No quiero hablar. No puedo. No sale de mi boca." No es que no quiera, es que no puedo. Cuando escucho tantas voces llenas de incoherencias, mi mente se apaga. Mi voz tiembla. Solo quedan los gestos. Mi rostro aprendió a hacer lo que mis palabras nunca lograron: hablar por mí. 

Decir demasiado implicaría poder hablar. Y yo no puedo. 
Pienso en todo lo que quiero decir. En todo lo que podría decir. Pero entonces lo veo desde afuera y parece absurdo. 
Así que callo. 

¿Hay algún lugar en el mundo donde las palabras no tengan voz?

lunes, 3 de marzo de 2025

Manifiesto.

 ¿Tiene sentido la existencia humana? ¿O es esta vida un calvario que respira, donde los pulmones se oxidan y la carne se marchita sin propósito?

No nos pertenece nuestra propia existencia. Somos piezas de un engranaje diseñado por jefes, por el Estado, por la burocracia. Se nos asigna un nombre que no elegimos, en una ciudad habitada por sombras que deambulan sin alma. ¿Qué significado puede haber en una identidad impuesta, en una sociedad que nos ahoga?

La humanidad no tiene nada intrínseco salvo su puerilidad, su dolor latente, el asco que se retuerce en su interior. ¿Qué sentido puede hallarse en esta vida mundana?

Osamu Dazai escribió en Indigno de ser humano: “Mi vida ha estado llena de vergüenza. La verdad, no tengo la más remota idea de lo que es vivir como un ser humano”. Como él, transitamos la desolación, asistimos a la muerte de nuestros principios. Nos han arrebatado la esencia, nos han vaciado hasta convertirnos en espectros de lo que alguna vez fuimos.

Somos víctimas de una civilización enferma de narcisismo y codicia. No somos individuos: somos carne burocratizada, engranajes de un sistema que devora sin tregua. Nos han tragado las fauces del Leviatán y, con nuestras propias manos, firmamos la inquisición de nuestra individualidad.

¿Estamos vivos? ¿O solo seguimos un guion preescrito, un simulacro de existencia? ¿Hay alguna justificación para perseverar en este vacío? Sísifo sigue empujando la misma roca; nosotros seguimos respirando, como por inercia.

Los ojos inquisidores nos vigilan, el juicio nos aprieta el pecho como una soga invisible. ¿Es posible existir en este estado de alerta perpetuo? Solo una certeza nos acompaña: debemos aferrarnos a la muerte.

jueves, 20 de febrero de 2025

Deconstruyendo el amor imposible.

 Hace unos días he estado divagando, intentando escribir algo: un ensayo, un artículo, un poema, cualquier cosa que me permitiera expresarme. Pero simplemente no sabía qué decir. Así que me sumergí en la rutina, dejando que el día me llevara, permitiéndome vivir en un estado de inercia por un rato.

Hoy, finalmente, decidí escribir. Quiero plasmar un sentimiento que me ronda, algo que vivo actualmente y que, curiosamente, se conecta con el libro que he estado revisando para mis clases: El amor es imposible, de un escritor colombiano. Este libro llegó a mí gracias a un compañero de trabajo, y le agradezco profundamente por habérmelo presentado.

El texto habla sobre la necesidad de deconstruir el amor idílico que nos han inculcado desde siempre. Nos invita a repensar los roles tradicionales que adoptamos cuando nos enamoramos, y lanza una pregunta central: ¿El amor es imposible? Después de leer, subrayar y reflexionar, llegué a una conclusión personal: sí, lo es. Pero esa misma imposibilidad abre el espacio para que los significantes se rearticulen. Si dejamos de pensar en el amor al estilo Disney, en la famosa "media naranja" (una creencia que viene desde los griegos hasta hoy) y empezamos a imaginar una forma de amar menos idealista, más humana, quizá abramos la puerta a un horizonte nuevo, donde amar no tenga límites impuestos.

La verdadera pregunta, sin embargo, es: ¿Somos capaces de deconstruir el amor?

Estos días, después de terminar el libro, me di cuenta de que para mí, deconstruir el amor que he formado a partir de mis expectativas (y las sociales) es el reto más grande que tengo ahora. En el pensamiento lo entiendo, lo justifico; pero en la práctica me siento inmóvil, incapaz. A veces me siento una hipócrita, queriendo una cosa y haciendo otra.

He comenzado este proceso, poco a poco. Deconstruirme, me doy cuenta, requiere un esfuerzo inmenso. Y también requiere que mi pareja quiera hacerlo. En mi caso, ambos idealizamos el amor, lo que lo vuelve más complejo. ¿Por qué nos horroriza pensar en una forma de amar que no implique morir por el otro? ¿Por qué nos asusta imaginar una relación en la que ambos tengamos una vida propia?

Recuerdo que de niña pensaba que, cuando me casara, necesitaría mi propio patio de juegos Ahora, de adulta, necesito "una habitación propia", al estilo de Virginia Woolf, para desaparecer un momento de la tierra y escapar a mundos menos catastróficos. Pero, si vivo por y para mi pareja, ¿dónde quedo yo?

¿Podré permitirme ser independiente de mi pareja? La pregunta me acecha, vuelve una y otra vez, y en algún momento pienso: quizá tenga que conquistarme a mí misma (muy al estilo de la Gran Colombia). En momentos de guerra, es necesaria una estrategia. Y yo, ahora, me encuentro de frente conmigo misma.

sábado, 18 de enero de 2025

El enfrentamiento con la muerte y nuestra realidad cósmica.


Estos días he estado pensando en retomar mi blog, un espacio que había abandonado durante un largo período sabático. Me alejé porque escribir me generaba un desgaste emocional que, en su momento, no logré comprender. Sin embargo, la semana pasada decidí volver a escribir. A pesar del cansancio que puede implicar, escribir tiene un efecto peculiar: me invita a reflexionar, algo que parece escasear en mundo dominado por la sociedad del cansancio. Quizás sea porque escribir nos obliga a detenernos y, por un instante, pensar. 

Estos días, entre los temas que han ocupado mis pensamientos, destaca nuestra conexión con el cosmos. Me he preguntado si ese vínculo es una realidad objetiva o una construcción subjetiva, y pronto me encontré pensando en lecturas en la biblioteca de la universidad sobre Jung. Aunque comprender su obra siempre ha sido un desafío personal (especialmente tras las críticas de mi profesor Javier a mis ensayos), me resulta inevitable recurrir a él cuando reflexiono sobre la simbología y nuestra búsqueda de sentido.

Siendo sincera, en mi vida personal, mis amigos y yo solemos compartir lecturas y discusiones sobre todo tipo de creencias ancestrales: desde las estrellas hasta el tarot. Aunque a menudo estas prácticas se abordan desde la ironía (que es parte de nuestra esencia como amigos), considero que esconden algo más profundo. De manera personal, me parece que la búsqueda de sentido es un acto intrínsecamente humano, una respuesta al vértigo de ser arrojados a un universo aparentemente indiferente. Considero que es un proceso que nos desnuda y nos enfrenta a nuestra finitud.

Para Jung, la conciencia de la muerte —más que los acontecimientos de la vida misma— es lo que nos impulsa a reflexionar. Saber que somos mortales nos lleva a explorar nuestra realidad como seres humanos. Y en ese sentido, los símbolos y las narrativas nos ofrecen consuelo. Aunque los pseudo científicos consideren "ignorantes" a nuestros antepasados por proyectarse más en el cielo que en la tierra, está era su forma de crear mapas simbólicos para orientarse dentro del caos. Y, a pesar de que la ciencia moderna ha despojado la cosmología de muchos de sus misterios, seguimos buscando en él respuestas, quizás porque necesitamos algo más que datos: necesitamos significado. 

Esa búsqueda de sentido, según Jung, está profundamente ligada a lo que él llamó el "proceso de individuación", que consiste en integrar los distintos aspectos de nuestra psique —consciente e inconsciente— para alcanzar un estado de totalidad que él denominó "Self" o el "yo". Es aquí donde entra en juego la simbología. Para Jung, los símbolos y los arquetipos no son meras invenciones de nuestra cultura, sino manifestaciones del "inconsciente colectivo", un depósito universal de experiencias humanas que trascienden épocas y contextos (desde mi perspectiva, un cosmos dentro del cosmos).

El tarot, por ejemplo, está repleto de arquetipos que alguna vez fueron explicados en la psicología analítica. Cada uno de ellos representa una faceta del viaje humano (por ejemplo, la muerte simboliza introspección y cierre).  Estos sistemas simbólicos no solo nos conectan con nuestro pasado ancestral, sino que también nos ofrecen herramientas para navegar nuestra propia psique (proyectada a la realidad). Luego, al explorar estos símbolos, nos encontramos con partes de nosotros mismos que a menudo permanecen ocultas. 

Para Jung, esta conexión entre el individuo y el universo no es casualidad. Todo lo que percibimos está teñido por nuestras proyecciones, por esa tendencia de la psique humana a ver en el mundo exterior reflejos de su mundo interior (nuestro inconsciente). En ese sentido, el cosmos se convierte en un espejo: al contemplar las estrellas, en realidad estamos contemplándonos a nosotros mismos. 

Así pues, aunque muchos descartan estas prácticas como meras supersticiones, yo las considero una forma legítima de autoconocimiento. La simbología, las constelaciones o incluso los rituales ancestrales no son absurdos; son intentos humanos de darle forma a lo inexplicable, de encontrar significado en el caos. En este proceso, me identifico tanto con el absurdismo de Camus como con el existencialismo de Sartre: aunque el universo pueda parecernos vasto e indiferente, somos nosotros quienes elegimos (o no) construir un sentido en él. 

Finalmente, a mi modo de verlo, considero que la inmensidad del cosmos, y mi relación con este está determinado por aquello que se encuentra dentro de mi misma. En es sentido, comtemplarnos es totalmente legítimo, más allá del método que elegimos para hacerlo.

martes, 2 de julio de 2024

Todo sobre un corazón roto

 Hace unos días estuve leyendo las cartas que Kafka escribió a Milena, hace mucho no leía por el gusto sincero de la lectura, y quise empezar por algo que no fuese tan denso para mí gusto. Tenía dos opciones, era Kafka o Sábato, me he decidido por Kafka. En una de esas tardes de café en la tarde una frase resonó con mi situación actual, el autor le escribía a su sirena: "Partir es todo lo que uno necesita saber sobre el amor." Y me ha quedado resonando. 

¿Que es partir para Kafka? ¿Y por qué es lo único que debemos saber del amor? Para los enamorados, partir iría de la mano de romper, y el olvido no está dentro de lo que se desea cuando se ama. Entonces, ¿Por qué partir? Quizá el autor se refiere a dejar ir, pensé, entonces, dejar ir debe ser el acto de amor más noble del mundo dentro de la visión de Kafka, que era un empedernido. Así pues, ¿aprender a soltar es más loable que sostener aquello que ya no nos sostiene?

Hace unos meses terminé una relación, recordé. Pero dentro de mi personalidad ansiosa y neurótica no estaba el "dejar ir", que para mí significaba "falta de amor"; sin embargo, no hay nada más precioso que finalmente hacerlo. Entre las charlas con mi padre, los consejos de mi madre y el apoyo de mis amigos, además de las lecturas, comprendí que no hay forma de sanar un corazón roto, ni de atreversar una ruptura, no hay un paso a paso correcto que nos indique que camino seguir, incluso en los libros de autoayuda, que para ser realista, solo intentan hacer el trago mas ameno. Empero, una lección que nos enseña el amor, tal como escribia Kafka en su pequeño escritorio de noche, o Cerati en su filosofía de vida, es que decir adiós hace parte de nuestro crecimiento personal, por más doloroso que sea.

Quiero despedirme diciendo lo siguiente, amigos, amigas y amigux, Para aquellos que aún no han sanado un corazón roto, y que son igual de empedernidos al pobre Kafka o a mi, el único consejo verdadero para aprender a amar realmente es aprender a partir cuando se debe.


sábado, 2 de marzo de 2024

Fantasmas que se esconden

 

Toda la vida nos codeamos unos a otros
Dice mi cineasta favorito "Won Kar wai"
Y codearse significa un segundo, una eternidad, o solo un acoston de noche.

Todas las personas que alguna vez significaron algo para nosotros, nos codearon en varias oportunidades, fueron extraños que no volteamos a ver, que caminaron en sentido opuesto, que vivieron en la misma línea destinados a encontrarnos.

Y esos extraños también se codearon con otros, se tropezaron con la misma piedra, abrieron la misma puerta, soñaron con conocer los mismos lugares, y quizá, se sentaron en el mismo restaurante un par de veces.

Esos extraños que nunca fueron extraños, esos fantasmas que se esconden hasta que estamos dispuestos a escucharlos, siempre estuvieron ahí, en la misma línea del tiempo, tropezando con otros hasta hallarnos.

Nada es casualidad, ¿O si lo es?, ¿Es la casualidad la que une a dos personas que siempre estuvieron a un paso de encontrarse?
Sea la casualidad, el destino, el karma, Dios o el sistema, cualquier razón que nos uniera a ti y a mí después de un largo tiempo, lo agradezco.

Agradezco el codearnos múltiples veces hasta llegar a nosotros, agradezco tu tiempo limitado en mi vida, y agradezco que vuelvas a ser un extraño que tropiece con otros fantasmas.

Abandonarse

  Estos días han sido completamente diferentes al resto del tiempo. He estado intentando equilibrar una vida que, a veces, parece no ser la ...