Voy camino a mi ciudad natal en un bus. Escucho una canción que no mencionaré, miro por la ventana y pienso. De la nada me llega una idea: escribo.
Estos días han sido ajetreados. He decidido, por primera vez, convertir esto en un diario íntimo: una forma de reivindicarme de lo que ha sucedido activamente en mi mente estos meses. Creo que esto forma parte de mi proceso terapéutico para encontrar aquello que yacía perdido en mí: mi identidad.
Hace una semana tuve una conversación con una persona importante para mí —se ha convertido en un mensajero de alguna verdad— y, recientemente (un día atrás), me comuniqué con mi psicoterapeuta sobre uno de los asuntos que más inquietan mi mente: el ego y la pregunta “¿Quién soy yo?”. Ante esta incógnita, C y yo concluimos que, en cuanto a mi propia identidad, no tengo idea de nada… y no me conozco por el ego.
En psicología analítica, hablamos del ego como de esa sombra que todos los seres humanos cargamos y que forma parte de nuestra persona. En mi caso, no la conocía en absoluto, y C me permitió nombrarla y, además, entenderla. Este ego que llevo cargando está atado a la necesidad de validación: superar a quienes me rodean. Desde esa perspectiva, “ese instinto competitivo” que tanto me aplaudían de niña no era más que narcisismo disfrazado. Desde que tengo uso de raciocinio, he vivido enteramente para los aplausos que consigo al superar a aquellos que no se sienten tan bien con sus logros.
Aunque suena cruel, es la parte oscura de mí que me impedía avanzar personalmente. Este ego no solo alejaba a las personas que intentaban acercarse a mí, ayudarme y permitirme ser vulnerable, sino que también me impedía ver la vulnerabilidad de los demás, juzgándolos por lo que no podían darme, por lo que no podían ser (como si el otro fuese un adaptador).
Ante esta sombra no integrada, me presioné a ser algo que no soy, a cumplir estándares para recibir aplausos, a realizar actividades que no me agradaban y a arruinar relaciones con quienes alguna vez me quisieron y desearon verme por quién soy, no por lo que podía otorgarles. Me empecé a enfadar si no cumplían mis expectativas imposibles de ser humano. Sin embargo, incluso para mí misma, ser perfecta siempre fue el objetivo: recibir aplausos, un abrazo interesado de algún extraño, gritos desmesurados de gente que no me importa, regalos, palabras ridículas… Todo aquello que simbolizaba admiración me generaba una disyuntiva: por un lado, me atemorizaba no llenar esas expectativas; por otro, lo disfrutaba.
Hoy me doy cuenta de que he vivido como un muñeco de circo: mostrando una sonrisa y una personalidad fingida para cada público, recitando un verso ridículo para cerrar el espectáculo. Mi verdadero yo se ha convertido en un fantasma que deambula esperándome. Ante todo esto, admito que me siento perdida.
Por otra parte, mi psicoterapeuta me ha categorizado dentro del “trastorno de la personalidad obsesivo–compulsivo”. Esto no solo me reprime y encapsula, sino que me nombra y me obliga a aceptar, por el resto de mi vida, un diagnóstico nuevo que debo integrar en la lista de cosas que hace mucho dejó de importarme. Quizá esté nombrada, pero mi mente aún se resiste a aceptarlo. Y, aunque sé que este proceso de rechazo hacia mí misma me ha impedido avanzar, actualmente no encuentro otro camino porque no me conozco en absoluto.
Para finalizar: esta no es una entrada para reflexionar, tampoco es para aparentar algo de mí y recibir aplausos por mi forma de escribir, de ser o de pensar; he dejado eso atrás. En esta entrada me presento como la persona real ante ustedes, y me despido por un tiempo hasta que logre encontrarme.
Gracias por todo, queridos lectores.