miércoles, 8 de julio de 2026

Abandonarse

 


Estos días han sido completamente diferentes al resto del tiempo. He estado intentando equilibrar una vida que, a veces, parece no ser la mía. Quería escribirlo; quería volverlo realidad de alguna forma, aunque fuera de manera superflua. La vida se carga de significado cuando queda plasmada en algo. Quizá soy demasiado nostálgica, pero algo me dice que es necesario volver a las viejas mañas de pseudoescritora o pseudopoeta.


Hace poco me llegó el mensaje de alguien importante en mi vida y me hizo reflexionar sobre qué tan importante he sido yo para mi propia vida y de dónde nace esa necesidad de querer agradar, sostener y en ocasiones, abrazar más a otros que a mí misma. Al principio me generó desagrado, pero, después de un par de noches de reflexión, pude comprender mejor aquello.


Hace poco vi de nuevo The Worst Person in the World y, aunque el título es exagerado, considero que resume en pocas palabras cómo se siente ser un sujeto ajeno a su propia existencia. En la película, Julie representa muchas de las contradicciones de la experiencia humana: una mujer en sus treinta atravesando una crisis existencial. Julie no sabe lo que quiere, pero sabe (o al menos intenta) satisfacer a los demás para encontrar, en esa entrega, un poco de sentido para su propia existencia.


Hay una frase que adoro: «Me siento espectadora de mi propia vida, como si estuviera interpretando un papel secundario.» Me llama profundamente la atención porque la enlazo con esa necesidad de recurrir al otro para sentirme completa. Esa necesidad termina eclipsando la figura del yo, tan elemental en la vida humana, hasta convertirla en "lo otro".


Respecto a Julie, creo que esta vivencia es profundamente humana, aunque en las mujeres suele manifestarse con una intensidad particular debido a la forma en que históricamente hemos sido socializadas. Desde la noción de "lo otro", que encuentro especialmente sugerente en Beauvoir y que también dialoga con ciertos planteamientos de Derrida, comprendemos cómo la identidad puede terminar edificándose a partir de una mirada externa. Dejamos de ser el centro de nuestra propia experiencia para convertirnos en aquello que los demás necesitan, esperan o interpretan de nosotras. Poco a poco dejamos de preguntarnos quiénes somos para empezar a preguntarnos quiénes debemos ser para cada persona que atraviesa nuestra vida.


Ese mensaje, surgido en medio de la nada, me dejó pasmada, enojada y frustrada, porque es un tema que he podido reconocer en las conversaciones con mi psicóloga. Sin embargo, no basta con reconocer que muchas veces una se construye desde la mirada del otro; el verdadero reto consiste en deconstruirse, desmontar esa necesidad constante de validación y permitirse existir de forma auténtica. Elegirse a sí misma, tomar decisiones desde el propio deseo y no desde el afán de responder a las expectativas ajenas. Porque, sin advertirlo, terminamos ocupando distintos papeles para distintas personas: la hija, la amiga, docente, pareja, cuidadora, la que escucha, la que aconseja. Y en el intento de cumplir cada uno de esos roles, corremos el riesgo de olvidar quiénes somos cuando no hay nadie observándonos.


Creo que ha sido complejo equilibrar las necesidades ajenas con las propias. Quienes hacen parte de mi vida quizá no lo perciban, pero yo vivo dividida entre tantos, intentando satisfacer los tiempos y los espacios que puedo otorgarle a todos. En ese intento, a veces me pierdo.


Me descubro convertida en espectadora de mi propia vida, esperando que llegue mi turno para conocerme, entenderme y escucharme. Quizá ese sea precisamente el problema de nuestro tiempo: no querer escucharnos. Vivimos distraídos por las exigencias, las expectativas y las voces de los demás, hasta el punto de olvidar que también existe una voz propia esperando ser atendida.


No sé bien cómo terminar este escrito, y tampoco pretendo hacerlo. Tal vez algunos textos no necesitan un cierre, sino un punto de partida. Espero que cada quien encuentre aquí el suyo.

domingo, 14 de junio de 2026

La inevitable levedad del ser



El camino está cerrado de par en par.


Han dicho que la puerta del otro lado no abre.

Las estrellas se partieron en dos.

Me estrellé contra la espalda del mundo.

Nada tiene sentido.


Escrito está en nuestra herencia:


la inevitable levedad del ser.


Demasiado tonto para ser tonto.


Demasiado absurdo este cielo

lavado en gris.


Demasiado pesadas las lágrimas

que alguna vez descendieron por mis mejillas.


Sin razón.

Sin cordura.


Nada habita arriba,


salvo una estrella roja,


inútil,


encendida entre el principio y el final.


La vida ha elegido la nada.


Y el hombre,

temeroso del vacío,


ha tejido respuestas

para cubrir el abismo.


Todo aquello que importa pesa.


Todo aquello que nos toca

termina atravesándonos.


La estrella cruza el cielo gris.


No sabe de cadenas.


No sabe de nombres.


No sabe de órbitas ni de tiempos.


Habita el Dasein del hombre,

pero rehúsa pertenecer.


Camina despacio,


ligera,


líquida,


como si la libertad consistiera

en no quedarse jamás.


Entonces Saturno.


Silencioso.


Antiguo.


Inevitable.


La encuentra.


La gravedad ocurre.


La estrella gira.


Y vuelve a girar.


Y una vez más.


Sin advertir

cuándo dejó de huir.


Demasiado tonta.


Demasiado líquida.


Demasiado perdida para admitir


que a su luz


termina inclinándose.


Que hay fuegos


de los que ninguna distancia salva.


Que una pequeña llama 


En el lazo izquierdo del pecho 


ha pesado más


Y que ahora,


para siempre,


orbita en el. 

jueves, 28 de mayo de 2026

Anatomía de un amor

 


Es complejo darse al amor por completo,

sobre todo cuando eres tú quien escribe,

quien recita,

quien baila dando vueltas por el salón

mientras espera la mano del otro.


Porque amar también es eso:

esperar.


Pero el amor es un sentimiento precisamente porque se transforma,

porque se recorre de lado a lado,

porque te paraliza en el patio trasero como un rayo,

te eriza la piel

y nunca anuncia su llegada.


Y así como llega, se va.


No avisa su salida.

Simplemente un día llueve

y las gotas caen sobre tu cabello.

Te tocas

y estás sola,

parada en la Avenida,

mirando un charco que no es tuyo

pero donde todavía eres tú,

Un recuerdo de lo que era. 


El amor es amor porque no puede comprenderse del todo.

No existe una palabra exacta para nombrarlo.

Es simplemente lo que es:

un beso que de pronto ya no sabe a nada

mientras esperas el bus en la estación con las manos entrelazadas.


una mirada furtiva de tu amigo; que ya no es tan amigo. 


un golpecito en la cabeza,

un empujón lleno de rabia;

un masaje en el cabello,

un abrigo que todavía le pertenece

y sigue oliendo como él. 


Correr por la calle tomados de la mano.

Tomar un taxi con rapidez.

Abalanzarse sobre su cuerpo

en un cuartito pequeño.


Lavarse juntos los dientes.

Llorar de tristeza.

Recitar versos de odio.

Escribir poemas para un blog.

Rascarse el cuerpo con sal y limón, 

Limpiar lo que queda. 


Gritarse mutuamente en un aullido

solo para sentirse.

Quedarse inmóviles en el piso, esperando que llegue la calma, que no llega del otro. 


Escuchar una canción en la ducha. 

Oler su perfume.

Correr a sus brazos.

Besar sus labios.

Acariciar sus mejillas.

Mirar profundamente sus ojos.

Caminar juntos en la misma dirección y 

Perder tus cosas en el camino.


Dormir dos días seguidos abrazados.

Tararear una canción que alguna vez le dedicaste mientras te llenas de lágrimas. 


Y después,

besar unos labios

que ya no saben a nada.

Porque el amor también es eso.

Es quedarse

cuando todo dentro de ti ya se fue.

Es mirar al otro

y no encontrar el mismo rostro.

Es sentir ternura y rabia al mismo tiempo.

Es querer huir

y aun así extrañar.

Es aceptar que algo murió

sin dejar de sentirlo vivo dentro del pecho.


Porque el amor no deja de ser amor

solo porque duela.

Ni porque se desgaste.

Ni porque se convierta en costumbre, nostalgia, silencio o vacío.

Sigue siendo amor

incluso cuando deja de parecerlo.

Y quizá esa sea su tragedia.

Que muta.

Que hiere.

Que permanece.

Que incluso después de todo,

nos sigue incendiando el cuerpo.

Y aun así,

volvemos.

martes, 19 de mayo de 2026

En una sociedad que evita, yo quiero sentir

 En una sociedad que evita la emoción de estar viva,

yo quiero sentir mi respiración hecha latido.

En una sociedad que niega el intenso mundo interior,

yo quiero recitar poesía barata a los míos.

En un mundo donde el amor es una tragedia,

yo deseo tener un alma que arda por el otro.

En una sociedad enmarañada de muertos vivientes

que sobreviven cubriendo el sustento diario,

yo necesito sentarme a escribir, a cantar, a leer, a actuar, a ser.

Quiero que mi espíritu recorra las cordilleras

como un mar de sangre,

de mi gente, de mi rabia.

Necesito creer que existe un mundo

donde pueda sentarme a sentir,

llorar, gritar y sufrir;

donde el “ser” y el “estar”

no sean un problema de lesa humanidad,

donde los narcóticos no tengan cabida.

En un mundo lleno de opioides y gentes sapientísimas,

yo no quiero pensar:

quiero incendiarme con el fuego

y vivir quemada.

En un mundo donde la vida es ridículamente fugaz,

yo quiero sentarme a mirar el cielo

asomarse en la madrugada.

Quiero imaginar un mundo

donde me sea permitido sentir mi pulso

y respirar tranquila.

Dejar de ver en las calles

a los locos no tan locos

y a los no tan locos demasiado locos,

todos huyendo de lo demasiado humano,

despreciándose a sí mismos.

Y a los cínicos,

callarles de la boca la poca palabra.

Quiero cansarme al correr,

acurrucarme a llorar,

detener el reloj social.

Quiero vivir cada momento

sin buscarle significado,

matar la hermenéutica

y sentir, sentir, sentir.

Quiero ser.

Poder ser, quizá.

Quiero gritar

hasta que mi corazón explote.

Que los lobos corran

mientras yo me quedo aquí,

pidiéndole a la luna un último deseo:

“Quiero estar viva.

Viva, viva, viva.”

domingo, 17 de mayo de 2026

Nadaista

 


Estoy acostada y mi cuerpo se sostiene sobre la cama.

Siento cómo se me araña el corazón,

culpa de una yo pasada.


Me siento un objeto roto,

sin esperanza, sin atisbo de reparación.

Nadie conserva lo viejo y dañado.


He juntado, con ayuda de algunos, los retazos que me quedaban.

He pintado con ayuda del color un cielo gris.

Un cielo gris que no se despeja,

turbio y eclipsante.


Me atrapa sobre mi almohada el olor de mi pasado,

de una mancha sucia que me rodea todo el cuerpo.


Soy un último suspiro.


Me he convertido en algo que desconozco.


—¿Quién eres tú? —me pregunta P,

sin entender la gravedad del asunto.


—No sé quién soy, quién fui, quién seré.

No quiero saberlo.

No deseo crear algo.

Ya no soy.


Y entre mis lamentos me pregunta por mi mancha.


—¿De dónde proviene tu mancha?


Del oscuro sigilo de la noche.

De los fantasmas que corren de mí despavoridos.


Mientras mi madre llora y ora.

Llora y ora.


—¿Quién eres tú? —pregunta mientras me señala un espejo.


—Humo.

martes, 28 de abril de 2026

Ontología del deshabitar

 Reconciliarme con la idea de no tenerte,

de no habitarte, de no serte,

ha sido un camino lleno de baches.

He intentado seguir

con la certeza incómoda de que no eres mío

y nunca lo fuiste.

Que no puedo impedir que vivas tu vida,

como tampoco puedo esquivar la mía:

mirar otros ojos,

habitar otros cuerpos,

mezclar mi energía con la de otro.

Pero yo,

que recorrí tus caminos,

me pregunto si será sencillo deshabitarte.

Si la tristeza de no vivirte cesará algún día,

si la lluvia en mis ojos aprenderá a descansar.

Siempre me imaginé tuya.

Siempre me entregué completa.

Ahora mi órbita se ha deshecho.

No encuentro en mí razones para odiarte.

Mi cuerpo, debilitado

por el amor que anunciaba como destino,

carga las cadenas

que yo misma forjé,

como si hubiera construido mi propio encierro,

como si la vida no pudiera ser más que esto.

Pero lo es.

Te levantas un día,

es lunes en la mañana

y llueve.

Llueve a cántaros

y no está tu abrigo.

Busco,

y tu voz no retumba en la habitación.

La gata se acerca y me lame,

como si pudiera oler la tristeza.

No escucho música:

en todas se mezclan tus letras.

Es lunes en la mañana,

y la vida,

aun sin ti,

sigue siendo la misma.

martes, 21 de abril de 2026

Nostalgia

La soledad que habito me marchita,

pero aún respiro en el viento

que me nombra y me exhala.

Los árboles, en grietas,

siguen abiertos de par en par.

Alguna vez, en este agujero, hubo flores;

hoy quedan hojas caídas

que, sin saberlo,

empiezan a hacerse bosque.

La niña, enmarañada en el musgo,

se levanta y toca la tierra.

Huele el petricor,

escucha a los pocos pájaros,

y en ese gesto pequeño

regresa.

Regala luz,

tan frágil como la crisálida,

pero insiste.

Una vez hubo agua por montones;

hoy, en el estanco,

quedaban apenas unas gotas.

Entonces llueve.

Esta vez,

¿la tierra responderá?

domingo, 19 de abril de 2026

Poemas sin nombre



 Pudieran mis manos odiar tu cabello.

Pudiera mi voz desteñir tu nombre.

Pudiera mi alma dejar de abrigarte.

Pudiera el odio apoderarse de mí.

¿Puedo olvidar lo que alguna vez fuimos?

¿Puede el ser humano perdonar

la daga con la que él mismo se hirió?

Paralizo el tiempo

con tus manos

sobre mi cuello.

Una voz me llama desde el vacío.

¿Alguna vez me oirá?

Soy un fantasma

en el mundo del otro.

Habito cada rincón

de esta sala vacía,

bailando la melodía de tu lira.

¿Acaso sé quién soy?

Me perdí en esta puerta

abierta de par en par al infinito,

y aun así

me desvanezco en el espacio,

debajo del agua,

como una niña.

¿Alguna vez escucharon mis latidos?

¿Sabe el doctor dónde buscar mi dolor?

Ahí donde estuviste…

¿pueden borrar mis memorias?

Los recuerdos buenos se difuminan.

El corazón dejó de latir.

No es que te extrañe…

no.

Es que no encuentro la salida.

Cementerio

 


Caminan sobre el cementerio

los fantasmas del más allá.

Antes habitaban la tierra,

se daban la mano danzando;

hoy no quedan ni las cenizas

de lo que fueron.

¿Quiénes fueron en el mundo terrenal?

¿Cómo se llamaban?

¿Quién se llevó sus recuerdos?

Alguna vez fueron dos cuerpos

danzando sobre suelo fértil…

¿quién se llevó lo que eran?

¿acaso alguna vez existieron?

Dicen que en su ataúd

fueron enterrados

con los corazones masacrados.

Los pájaros devoraron sus restos

y solo quedó la sombra

de lo que fueron.

Ya no recuerdan sus nombres

ni el tono de sus voces.

Son dos desconocidos

habitando juntos

el mismo ataúd,

el mismo tormento.

Dejaron las llaves de sus almas

hundidas en la tierra.

¿Nacerá de ellas algún árbol

que me cubra del sol?

¿Alguna vez dejaron el ego?

Han muerto.

Perecen en el cementerio

de los espíritus errantes.

Son recuerdos que se arremolinan

como el viento mismo.

Han pasado los años,

las estaciones,

y sus cuerpos siguen intactos:

es el alma

la que permanece quebrada.

¿Alguna vez amarán otras almas

y saldrán de su propia tumba?

jueves, 19 de febrero de 2026

Carta al padre

 


No me parezco a ti en la superficie:

no en la risa que otros oyen,

no en la forma en que me siento a la mesa.

Me parezco a ti en lo invisible.

En la grieta.


Tengo tus ojos -dos monedas antiguas-,

dos puertas que no saben quedarse abiertas.

Tengo tu manera de huir

cuando el amor exige permanencia.


Me deshago igual que tú

cuando algo pide raíces.


Tu ira vive en mi lengua.

Sale disparada como clavos encendidos.

Atraviesa.

Se queda vibrando en el corazón de alguien más.


Soy tu eco cuando escupo desprecio.

Soy tu sombra cuando me vuelvo de piedra.

He aprendido a protegerme con el mismo cuchillo

con el que tú me herías.


Camino como tú:

con ese aire de mundo conquistable,

con esa sed de oro que no se sacia nunca.

Dinero como anestesia.



Pero también heredé lo hermoso 

y eso duele más:

la disciplina que no descansa,

la fascinación por aeropuertos y mapas,

la risa torcida que entiende la crudeza del mundo.


Tu sangre es un río oscuro

que insiste en correr bajo mi piel.


Cuando me miro al espejo,

no veo mi rostro:

veo algo que no pedí.


La abuela lo sabe.

Lo ve en mis gestos.

En la forma en que frunzo el ceño

como si el mundo me debiera algo.


Soy tu hija incluso cuando intento no serlo.

Soy tu apellido caminando hacia el futuro

como si arrastrara un ataúd pequeño

con tu nombre grabado.


Aun muerto,

vivirás en mis impulsos.

En la violencia breve de mis pensamientos.

En el deseo de ganar,

aunque nadie esté compitiendo.


Y me pregunto

¿Este cuerpo es mío

o es la extensión de tu fracaso?


¿Podré arrancarte de mi sangre

sin desangrarme?


¿Podré amar

si aprendí que el amor siempre se va?


Padre,

hiciste de mi corazón un hueco negro.


El mío late como si buscara salida.

El tuyo 

¿alguna vez supo hacerlo?

lunes, 26 de enero de 2026

La nobleza de la derrota

 Hay una verdad silenciosa que encierra la derrota. De niña, me gustaba ver en las películas el momento en que los soldados alzaban la bandera blanca para rendirse. Siempre lo entendí como un acto de nobleza: aceptar que no se puede continuar en la misma dirección. Rendirse, en ese sentido, no es avanzar ni retroceder, sino detenerse; no provocar, no insistir, no forzar ningún movimiento en el otro.

Para pensar esta forma de soltar, me resulta inevitable acudir a Rainer Maria Rilke —Rilke, a secas—. Nombrarlo se vuelve necesario para comprender la emocionalidad del dejar ir. Rilke escribió que amar no significa fundirse con el otro, sino aprender la distancia que permite a cada quien ser quien es. Esta idea, sencilla en apariencia, encierra una verdad difícil de aceptar: no todo lo que se ama puede sostenerse en el tiempo.

Aceptar la renuncia cuando es necesaria no implica renunciar al amor, sino reconocer sus límites. Como aquellos soldados que alzan la bandera blanca, dejar ir puede ser una forma de cuidado: no dañar al otro y no dañarse en el intento de permanecer.

Aceptar que algo no funciona es también respetar la singularidad del otro. Rilke insistía en que cada persona habita su propio proceso vital, y que no siempre esos procesos avanzan en paralelo. Forzar una sincronía inexistente solo conduce al desgaste, al resentimiento y a la culpa.

Hace poco comencé a reflexionar sobre mí misma, sobre la necesidad de control que ejerzo incluso en las relaciones humanas. Me esfuerzo por sostener vínculos en el tiempo aun cuando sé que no hay esperanza real en ellos. Sin embargo, en una cultura que insiste en que quien deja ir es un cobarde, atravesar ese muro se vuelve especialmente difícil cuando quedarse duele más que irse.

Hoy he empezado a disfrutar de mi propia compañía: a darme los buenos días y las buenas noches, a cuidar mi corazón cada vez que se quiebra. He aprendido a ser refugio para mí misma. Y desde ese lugar, he logrado alzar la bandera blanca cuando es necesario, no como un gesto de derrota, sino como una forma de proteger lo que aún queda de mí.

martes, 30 de diciembre de 2025

Soltar: una filosofía de vivir

 Hace poco estaba dialogando con una de mis amigas más cercanas —llamémosla V—. Había un poco de vino, algunos cigarros y la noche de nuestro lado. En ese vaivén del discurso entendí algo que ya había comprendido antes, pero a lo que nunca me había dedicado del todo.

En un instante de nostalgia me detuve a pensar en mis charlas de camino a casa, saliendo del colegio, con mi roomie que también era mi compañero de trabajo. Conversaciones donde los consejos y los regaños eran el pan de cada día.

—¿Cuál es la base para ser realmente feliz? —preguntaba yo.

—Soltar —respondía O, mientras caminaba despreocupado por la calle, con los carros lanzándose hacia nosotros como pájaros sin rumbo.

Esa forma de ser de O siempre me generó incertidumbre, pesar y frustración. Para mí, vivir siempre estuvo relacionado con la acción: hacer, movilizarse cambiar. Como si la vida solo tuviera sentido cuando algo estaba ocurriendo.

Sí hablamos desde la filosofía oriental, Byung-Chul Han diría que ese impulso no es casual. Vivimos bajo la lógica del rendimiento, donde no hacer se percibe como fracaso y detenerse como una pérdida de tiempo. Nos convertimos en sujetos que se exigen constantemente, incluso en el amor.


Empero; con el tiempo he entendido que vivir de esa forma es un desgaste, un círculo vicioso del cual no puedo salir por una necesidad incesante de tener el control de todo. No controlarlo todo se siente, a veces, como desaparecer.

Volviendo a V. Ella y yo somos muy parecidas: la forma en la que actuamos, cómo nos relacionamos con los hombres y cómo construimos nuestras amistades femeninas. En un intento por entender de dónde proviene esta necesidad compartida, llegamos al mismo punto de la discusión: el ego.

El ego que nos impulsa a actuar para dominar la situación. Desde un trabajo universitario hasta una relación de pareja, intentamos que el proyecto funcione porque creemos que debe funcionar. Pero, como advertía Epicteto, no sufrimos por lo que ocurre, sino por nuestro deseo de que las cosas sean distintas a como son.

Quizá a V le canse L, pero ha dispuesto toda su energía a ese gran proyecto. Prefiere sacrificar su tranquilidad antes que aceptar el fracaso. No es amor, es control. No es deseo, es miedo a soltar.

Y quizá ahí está la confusión más grande: creer que vivir es sostener. Que amar es insistir. Que perder el control es perderse a una misma.

Pero tal vez vivir una relación, un proyecto o incluso un problema no implique actuar más, sino soltar mejor. Soltar el control, la ansiedad, la necesidad de perfección. Soltarnos a nosotras mismas, al mundo, a las relaciones.

Tal vez la vida, como intuía O despreocupado, no se trata de hacer tanto, sino de aceptar desde nuestra frágil condición humana que no tenemos el control de nada.

jueves, 23 de octubre de 2025

El amor en tiempos de odio

Estos días he estado yendo y viniendo con una pregunta latente: ¿qué se supone que es el amor?
Me asalta la duda porque nunca he estado totalmente segura de lo que puedo llegar a sentir por alguien. Siento la necesidad de hablar, de abrazar y abrigar el dolor del otro, de ser cercana porque me reconozco en su mirada. Sin embargo, me pregunto: ¿puedo llamar a eso amor? ¿Surge el amor de una necesidad de cercanía? Y, si es así, ¿podemos decir que es un estado natural del ser humano?

Desde la prehistoria, los humanos hemos sobrevivido gracias a la unión y la cooperación entre tribus. A diferencia de los neandertales, que vivían en continuo estado de guerra, nosotros vencimos miles de obstáculos gracias al poder del amor, esa fuerza que, como decía Empédocles, une los contrarios.
Por eso, si el amor es tan indispensable, ¿por qué en pleno siglo XXI parece que vivimos en un permanente estado de guerra?

Para seguir con mi reflexión, quiero contar una experiencia.
En una de mis clases de filosofía con los estudiantes, jugamos a lo hobbesiano. Debían simular estar en el estado de naturaleza total: no se permitían alianzas, y la única regla era que quien sostuviera más tiempo una pelota “vivía” más tiempo. La pelota podía simbolizar cualquier cosa: comida, agua limpia, territorio… o simplemente una pelota.
En ese estado, la calma no existía. Parecía imposible sobrevivir: nadie lograba quedarse con ella por mucho tiempo. Al final, decidieron abandonar el juego y crear tribus y reglas que les permitieran sobrevivir.

Pero entonces pensé: en una sociedad actual, donde reina el individualismo y el amor no tiene interés político ni social, ¿podemos realmente hacer alianzas?
¿Podría ser que quince estudiantes de dieciséis años fueran más sabios que los dirigentes de nuestros territorios?
Quizá sí, quizá no. Pero la conclusión a la que llegamos fue contundente: hoy parece imposible vivir en la Tierra con otros.

Recuerdo una frase de un profesor en mi clase de psicología analítica de Jung:

“El ser humano ha comenzado a exterminarse a sí mismo; se detesta. Ya no existe un sentimiento de integración, ni siquiera con los suyos.”

Esa afirmación resuena en el concepto de amor líquido de Bauman: un amor que se desintegra, no solo en el plano romántico, sino en cualquier forma posible. El amor entendido como totalidad, no como carencia, se ha diluido.
Y el panorama es desolador: no podemos volver atrás, a la prehistoria; lo que somos ahora es lo que hay. No hay marcha atrás. Es triste —si le ponemos emoción—, pero es la realidad que habitamos.

Entonces, ¿qué podemos hacer?
En esta entrada no pretendo ofrecer soluciones. No comencé a escribir esto pensando en respuestas, sino en la necesidad de pensarme y pensarnos.
Quizá la respuesta esté en cada uno:
¿Qué estoy haciendo yo para alejar a los otros y vivir en un continuo estado de odio?
¿Es más importante mi ego que lo que puedo aportar a alguien?

¿Es más importante mi miedo a amar a otro que permitirme ser?

¿Es más importante quedarme con la pelota?

viernes, 22 de agosto de 2025

Mía.


El vagón de tren comienza a movilizarse
Me encuentro sepultada y entre las raices crece de mi la hierba,
Tan verde como los helechos dónde enterraron a mi abuela
Mercedes, frágil como la crisálida.

Mi alma se alimenta de los canticos de las musas heliconides, mientras descanso en el regazo de mi madre.

Las mujeres me enseñaron el arte de la belleza, el más puro de todos, mientras me perdía revoloteando entre los jardines de lo prohibido.
-Mordí la manzana- me permiti saborear el dulce fruto de lo amargo,
Luego tuve una epifanía y morí.

-Los hombres son el fruto de la maldad- me expresa la celestina, mientras me amarro al dedo un anillo de fique y me lanzó a las frías aguas del río,
Dónde los amantes prometen lo prohibido
Y Ofelia murió por Hamlet.

Espero encontrar lo que prometen mis sueños,
Corro en busca de lo perdido, aún cuando la muerte me acecha.
-El amor es una plaga- expresa la celestina,
Pero mientras recita estos sermones me sujeta el velo a la coronilla, y me arroja al hombre cruel,
Y yo, tentada a la utopía,
Me desplomo en sus brazos.

No hay amores más cercanos a la muerte
Que darse de primeras en alma y cuerpo,
Mientras los gusanos se alimentan de la carne,
Y el espíritu es desperdiciado.

Soy demasiado empedernida,
Me sujeto al vacío del otro,
Me aprieto contra el suelo esperando su respaldo.

No quiero un amor de vuelta
No quiero morir por Hamlet
No deseo unirme al hombre cruel,
Deseo ser luz, espíritu, cuerpo
De mi misma, nada más.

lunes, 21 de julio de 2025

Sobre transitar la tristeza y la mirada del otro

La tristeza es un tránsito. A veces nos arrebata, otras veces nos iguala. Pero siempre nos empuja a movernos, a sacudirnos, a reinventarnos.

En este tiempo, he recorrido un camino hacia dentro. Uno de esos viajes que no se anuncian con mapas, pero que se sienten en el cuerpo y en los silencios. Me encontré en medio de un proceso reflexivo que me llevó a lo más profundo de mis pensamientos. Me vi cuestionada, interpelada. Y en medio de ese recorrido, sentí el vértigo de quedarme en el vacío.

He decidido volver a escribir. No solo porque la escritura me ayuda a acomodar lo que me duele y lo que pienso, sino porque me invita a dialogar con otros, incluso si esos otros solo me leen en silencio.

Escribir, como diría Levinas, me permite existir con los otros. Me reconoce como individuo, sí, pero también como parte de una comunidad que necesita nombrar lo inhóspito.

Estuve mucho tiempo observando mi propia carencia, sentándome frente a ella como quien se sienta a tomar un café con sus propios conflictos. Y entendí que este diario no nace de la necesidad de contar algo especial, sino de compartir lo que para mí ha sido difícil de nombrar.

Creo que la única forma real de acercarme a quien me lee, es esa: abrirme desde lo más vulnerable, desde lo que me sacude. Empatizar. Y en ese ejercicio, descubrir que tal vez nuestras soledades no son tan distintas.

Hace poco me enfrenté a una de mis verdades más incómodas: la soledad.

No hablo solo de estar sola, sino de sentirme sola —esa experiencia silenciosa y cruda de no tener a nadie alrededor que me devuelva mi reflejo. Hace unos meses me mudé a un lugar nuevo. Sin familia. Sin amigos. Sin ese concepto de hogar que creía inamovible.

En ese contexto, me di cuenta de algo inquietante: durante años, mis vínculos habían sido una forma de no estar conmigo misma. El otro era, más que una presencia, un escudo para no mirar el vacío que habitaba dentro.

Recordé a Heidegger: Dasein, estar arrojada.

Y sí, estar arrojada al mundo implica empezar de cero. Pero nadie te advierte que también implica desmontarte entera. En mi caso, esa metamorfosis me dejó convertida en algo irreconocible: sin lengua, sin casa, sin los otros que me liberaban de mí.

Estar en tierra ajena me reveló una verdad incómoda: no me conozco. O, mejor dicho, me he evitado durante años. Y ahora no hay a dónde escapar.

En medio de ese proceso conocí a alguien.

Lo llamo “O”.

O es distinto a mí. Parece un ser completo, no está lleno de figuras que lo atraviesan. En nuestras conversaciones, entre las mañanas de bus y las partidas de cartas (de esas donde también se dejan sobre la mesa las emociones), hemos construido una amistad que ha sido casi terapéutica.

O me interpela. Me lanza preguntas que no siempre quiero responder. Y en medio de ese intercambio, surgió una verdad dolorosa pero necesaria: no sé quién soy. Soy un terreno desconocido.

La soledad me obligó a mirar ese terreno. A andar por él, a veces a tientas.

Y entendí que el problema con la soledad no es estar sin otros, sino estar con uno mismo sin distracciones. Es ahí donde todo se vuelve más nítido y, por eso mismo, más difícil.

Hoy sé que el otro puede caminar conmigo, pero no puede cargarme.

El otro no es mi espejo, ni mi silla de respaldo. Es un ser distinto. Y es justo en esa diferencia donde está lo más valioso: no verlo como un reflejo de mí, sino como un otro que me desafía, me acompaña y me recuerda que vivir es, sobre todo, un ejercicio de honestidad.

Estoy —todavía— en ese proceso.

De aprender a mirar al otro no desde mi necesidad, ni desde mi ego, sino desde su ser.

De resistir la tentación de convertirlo en función de mí, y en cambio, intentar acercarme a su esencia, a su verdad, aunque no me pertenezca, aunque no la comprenda del todo.

Es un camino difícil, a veces frustrante. Pero creo que si hay un modo real de encontrarse con alguien, es ese: desde la desnudez del ser, no desde las máscaras del yo.

Sigo escribiendo porque este proceso no ha terminado.

Porque aún me pierdo. Aún me contradigo.

Pero también, porque en cada intento de nombrar este camino, siento que me acerco un poco más —a mí, al otro, a eso que aún no sé decir pero que ya se está gestando.

viernes, 16 de mayo de 2025

Vericuetos de Mayra

 Voy camino a mi ciudad natal en un bus. Escucho una canción que no mencionaré, miro por la ventana y pienso. De la nada me llega una idea: escribo.

Estos días han sido ajetreados. He decidido, por primera vez, convertir esto en un diario íntimo: una forma de reivindicarme de lo que ha sucedido activamente en mi mente estos meses. Creo que esto forma parte de mi proceso terapéutico para encontrar aquello que yacía perdido en mí: mi identidad.

Hace una semana tuve una conversación con una persona importante para mí —se ha convertido en un mensajero de alguna verdad— y, recientemente (un día atrás), me comuniqué con mi psicoterapeuta sobre uno de los asuntos que más inquietan mi mente: el ego y la pregunta “¿Quién soy yo?”. Ante esta incógnita, C y yo concluimos que, en cuanto a mi propia identidad, no tengo idea de nada… y no me conozco por el ego.

En psicología analítica, hablamos del ego como de esa sombra que todos los seres humanos cargamos y que forma parte de nuestra persona. En mi caso, no la conocía en absoluto, y C me permitió nombrarla y, además, entenderla. Este ego que llevo cargando está atado a la necesidad de validación: superar a quienes me rodean. Desde esa perspectiva, “ese instinto competitivo” que tanto me aplaudían de niña no era más que narcisismo disfrazado. Desde que tengo uso de raciocinio, he vivido enteramente para los aplausos que consigo al superar a aquellos que no se sienten tan bien con sus logros.

Aunque suena cruel, es la parte oscura de mí que me impedía avanzar personalmente. Este ego no solo alejaba a las personas que intentaban acercarse a mí, ayudarme y permitirme ser vulnerable, sino que también me impedía ver la vulnerabilidad de los demás, juzgándolos por lo que no podían darme, por lo que no podían ser (como si el otro fuese un adaptador).

Ante esta sombra no integrada, me presioné a ser algo que no soy, a cumplir estándares para recibir aplausos, a realizar actividades que no me agradaban y a arruinar relaciones con quienes alguna vez me quisieron y desearon verme por quién soy, no por lo que podía otorgarles. Me empecé a enfadar si no cumplían mis expectativas imposibles de ser humano. Sin embargo, incluso para mí misma, ser perfecta siempre fue el objetivo: recibir aplausos, un abrazo interesado de algún extraño, gritos desmesurados de gente que no me importa, regalos, palabras ridículas… Todo aquello que simbolizaba admiración me generaba una disyuntiva: por un lado, me atemorizaba no llenar esas expectativas; por otro, lo disfrutaba.

Hoy me doy cuenta de que he vivido como un muñeco de circo: mostrando una sonrisa y una personalidad fingida para cada público, recitando un verso ridículo para cerrar el espectáculo. Mi verdadero yo se ha convertido en un fantasma que deambula esperándome. Ante todo esto, admito que me siento perdida.

Por otra parte, mi psicoterapeuta me ha categorizado dentro del “trastorno de la personalidad obsesivo–compulsivo”. Esto no solo me reprime y encapsula, sino que me nombra y me obliga a aceptar, por el resto de mi vida, un diagnóstico nuevo que debo integrar en la lista de cosas que hace mucho dejó de importarme. Quizá esté nombrada, pero mi mente aún se resiste a aceptarlo. Y, aunque sé que este proceso de rechazo hacia mí misma me ha impedido avanzar, actualmente no encuentro otro camino porque no me conozco en absoluto.

Para finalizar: esta no es una entrada para reflexionar, tampoco es para aparentar algo de mí y recibir aplausos por mi forma de escribir, de ser o de pensar; he dejado eso atrás. En esta entrada me presento como la persona real ante ustedes, y me despido por un tiempo hasta que logre encontrarme.

Gracias por todo, queridos lectores. 

sábado, 3 de mayo de 2025

El baile de los tontos

La necesidad de querer alejarme y acercarme al mismo tiempo. 

Últimamente he notado, sin sorpresa pero con cierto desconsuelo, que mis vínculos con los demás se mueven en una contradicción persistente, como si mi existencia entera dependiera de ese tira y afloja. Acercarme a alguien se ha vuelto un procedimiento torpe, casi teatral. Alejarme, en cambio, es un rito pulido con el tiempo, una ceremonia que desempeño con un pudor que a veces roza la crueldad.

La necesidad de acercarme me domina, sí. A ratos. Me lanzo —titubeante, casi temblorosa— a una conversación, una mirada, un gesto. Y justo cuando parece que algo nace, algo íntimo, algo cálido… me retraigo. El silencio se instala entre nosotros como una renuncia anticipada. Como si cualquier emoción que pueda suscitar el otro fuera demasiado, excesiva, insoportable.

Recuerdo vagamente un fragmento de Sartre, leído en la universidad. No podría citarlo con precisión, pero el significado me persigue: el ser está condicionado por la mirada del otro. Vivimos, inevitablemente, bajo el juicio de los demás, atados al modo en que nos perciben. Esa percepción me limita. Me reduce. Me hace significante cuando no quiero significar nada. Cuando solo quiero estar, sin justificarme, sin representarme.

No es el otro el que duele, no. Es el acto de abrir la puerta. De dejar entrar. Porque cada nuevo vínculo es una amenaza a mi frágil equilibrio. Cada persona que intento incorporar a mi vida —más allá de las pocas que han resistido mis tormentos internos— me desborda, me fatiga, me arroja contra un espejo que no siempre quiero mirar.

Sí, quiero conocer a alguien nuevo. A veces lo deseo con una fuerza que me sorprende. Pero he aprendido que toda relación es un desgaste. Una herida anticipada. El simple hecho de que el otro exista conmigo ya me afecta, porque ambos respiramos bajo el mismo cielo, y esa cercanía me araña.

Así me muevo, en este vaivén entre la búsqueda y el abandono. Una frecuencia que no he logrado descifrar. Y por razones que no alcanzo a comprender del todo, encuentro más consuelo en la ausencia que en la presencia. Mi mayor miedo hoy no es estar sola. Es acostumbrarme demasiado a ello. Convertirme en un ermitaño dentro del mundo de los otros, sin siquiera notarlo.

Quizá este caracol, que por momentos asoma tímidamente sus antenas, regrese pronto a su caparazón. Allí donde no hay palabras, ni miradas, ni promesas.

Solo un eco.

sábado, 19 de abril de 2025

Casa cerrada


(Cuando sobrevivir era tener que demostrar que merecía mis propios cimientos)


Como si yo le debiara algo al mundo.

Como si fuera una casa construida sobre ruinas ajenas,

una estructura agrietada que pide permiso para mantenerse en pie.


Como si el mundo fuera un vecindario silencioso,

donde hay que bajar la voz y sonreír desde la ventana,

sin que nadie vea las paredes peladas ni las lámparas que parpadean por miedo.


Como si el título de mi existencia

tuviera que estar colgado en la entrada:

“Perdón por entrar” ,

firmado con tinta negra, ilegible y eterna.


Como si el cosmos cobrara arriendo,

como si Dios tocara a la puerta una vez al mes

y exigiera rezos, silencios y sacrificios

para no clausurarme.

Como si estar sola conmigo fuera prender fuego en el sótano,

abre una caja llena de fotografías que nadie quiso ver.


Como si él —ese fantasma sin rostro—

me exigiera algo que no recuerdo haber prometido.

Como si al principio del tiempo

alguien hubiera grabado mi nombre en una viga podrida

y dijera:

“Esta será la ofrenda”.


Como si reír, llorar, tropezar

y habitarme a mí misma en voz alta

fuera una violación al reglamento.

Un ruido molesto.

Una amenaza para el orden.


Como si mi boca,

mi voz,

mi canto,

Fuesen alarmas que anuncian el colapso.

Como si de niña mi llanto hubiese sido un incendio,

y mi madre y mi padre salieran huyendo. 


Como si el deseo que crece en mis paredes

tuviera que apagarse con agua bendita.

Como si mi felicidad tuviera que pasar

por la inspección de extraños:

“¿Quién te dio permiso para estar?”

Como si viviera,

pero en una casa prestada,

donde no puedo mover los muebles.


Así aprendí de niña:

a no colgar cuadros,

a no abrir las cortinas,

a no habitarme completa.

A torcer mi boca como si fuera una cerradura oxidada,

y a huir de mi corazón

como si escondiera ratas en las vigas.


Pero hoy,

rompo las tablas de la puerta principal.

Barro los escombros.

Tiro abajo los muros falsos.

Y aunque tiemblen las ventanas

y se quejen los vecinos,

me grito viva desde el centro de mi sala.


Mi boca grita.

Mi corazón tamborilea.

Y cada latido es un martillo.

Una reconstrucción.

Un manifiesto.

Hoy soy. 

Hoy me hábito.

Hoy estoy viva. 

miércoles, 26 de marzo de 2025

El arte de dejar ir: entre la acción y la distancia.

 Esta semana inicié la lectura de un libro, uno de sus temas centrales es sobre el "arte de dejar ir". No se trata de un texto de autoayuda, aunque, de algún modo, ha conseguido desplazarme hacia una comprensión más nítida de mi propia realidad, de aquello que deseo y de lo que, en cambio, no deseo sostener. 


Pensé entonces que "dejar ir" no es un gesto unívoco ni unívocamente dirigido hacia una persona. Se trata de un movimiento más amplio: implica soltar una acción, una decisión, una estructura de pensamiento, una forma de estar en el mundo, una manera de vincularse. En este sentido, si dejar ir es un arte, lo es en la medida en que exige la práctica de una distancia radical frente a lo que, sin embargo, nos afecta.  


Hubo un tiempo en que consideré el estoicismo una forma de renuncia. Me parecía que su propuesta exigía un abandono de la propia vulnerabilidad, una negativa a la dimensión afectiva que nos constituye como seres humanos. Sin embargo, esta semana comprendí que dejar ir no es ignorar aquello que nos atraviesa, sino sostenerlo sin asimilarlo como un mandato a hacer algo. A veces, lo más difícil no es actuar, sino interrumpir la compulsión de hacerlo. En ese sentido, ¿Qué significa quedarse en el umbral de la acción, en el punto muerto? ¿Qué se pone en juego cuando decidimos no responder, no intervenir, no intentar modificar el curso de lo que no está a nuestro alcance?  


En mis relaciones interpersonales, he tendido siempre a hacer, a actuar sobre el otro, como si la intervención pudiera transformar la realidad en sí misma. Alguien me sugirió recientemente que -en términos de Spinoza- esta inclinación podría leerse como "compasión". Pero me pregunto si la compasión no es también una forma de apropiación, un modo de asumir que el sufrimiento del otro nos pertenece, o que nuestra acción puede redimirlo. La realidad, sin embargo, se impone con crudeza: no podemos modificar la percepción ajena, no podemos alterar las decisiones de otro, y la voluntad de hacerlo quizá encubre algo más que un impulso altruista.  


Aquí me encontré con una bifurcación. Podía aferrarme a mi concepción del problema o desplazarme hacia la mirada del autor que leía. Opté por lo segundo. En ese ejercicio de descentramiento, comprendí que el error —si es que hay tal cosa— tal vez radique en el deseo de transformar lo que no es transformable. Y si así es, mi insistencia en modificar mi realidad no sería más que un ejercicio de reafirmación del yo, una trampa del ego que confunde agencia con dominio.  


Siempre he creído que toda experiencia contiene, en su núcleo, una invitación a la reflexión. Y en estos días he intentado asumir esa tarea con más rigor. Dejar ir, he comprendido, no es desestimar las acciones ajenas de los otros, sino reconocer su carácter arbitrario. No significa restar valor a las emociones que se despliegan en el encuentro con el otro, sino aceptar que hay dimensiones del vínculo que no dependen de la voluntad. Suelo decirles a mis estudiantes que no se tomen demasiado en serio mis palabras, porque no todo lo que se dice tiene el peso de un veredicto.  


Soltar, entonces, implica renunciar a la ilusión del control. Nos obliga a despojarnos de la pretensión de intervenir en lo que no nos concierne, a reconocer que hay aspectos de nosotros mismos que no comprendemos del todo y que, tal vez, ni siquiera necesitamos comprender. Y en algunos casos, dejar ir es también huir. Huir de lo que no nos beneficia, de aquello que no podemos sostener.


Pero hay una dificultad estructural en esta práctica. Dejar ir supone un reconocimiento de la propia impotencia, y eso nos desorienta. En un mundo que nos exige dominio, la renuncia parece una forma de pérdida. Sin embargo, en esta paradoja se inscribe lo que llamo el arte de dejar ir: la capacidad de apartarnos sin que esa distancia sea interpretada como abandono de nosotros mismos.   


Escribo esto no porque haya resuelto el problema, sino porque persiste en mi pensamiento. Quizá el tiempo, en su obstinación, termine por hacer su trabajo. Por ahora, me permito este espacio de indeterminación, esta pausa que, más que una inacción, es una forma distinta de estar en el mundo.  

domingo, 16 de marzo de 2025

De la levedad del amor.



He estado sintiendo la levedad del amor. 

Comprendiendo que el amar no es pretender transformar al otro.  

Que el amor es un laberinto de interrogantes sin respuesta. Que mi ser amado es un universo distinto al mío.  

Que es necesario desmontar las ficciones que he construido en torno al amor.  

Considero que el amor es un remanso de calma, una cadencia pausada en la que cada quien conserva su tiempo, sus ritmos y su modo singular de habitar el mundo. Y aunque en estos días me ha costado asumirlo—tal vez por la presión de los ideales impuestos, por la noción ilusoria de la trascendencia amorosa—, he comprendido que amar es permitir que el otro ejerza su libertad a mi lado, sin que ello implique posesión o renuncia. Amar es una elección consciente, no una emoción efímera. Una relación no debería ser un desgaste, sino un espacio de construcción mutua.  

He aprendido que la espera es un gesto sutil y precioso, que la paciencia sostiene una relación. Que llorar, añorar y disentir forman parte del camino. Que el dolor es transitorio, pero que la alegría compartida es eterna. Que vale la pena redescubrir a una persona una, dos y tres veces. Que las diferencias no deberían distanciarnos, sino animarnos a construir juntos. Amar, he comprendido, no es moldear, sino permitir el ser.  


Está semana tan compleja llena de eclipses y lunas rojas, entendí que la duda es una condición humana, que la perfección es un espejismo y que todos transitamos el acto de vivir por primera vez , arrojados en el mundo. También descubrí que un solo acto puede condenarnos a perder a alguien invaluable y que el rechazo, cuando se ofrece, regresa con la misma intensidad.  


Hace poco conversé con dos personas fundamentales en mi vida. Me hallaba sumida en la incertidumbre, reexaminando mi existencia con un solo vistazo. Curiosamente, ambos comparten el mismo nombre, así que los llamaré S y Sbs.  


Una noche busqué a Sbs y lloré. Sus palabras fueron un refugio tibio para mi alma. Su película favorita es La forma del agua, y la menciono porque su consejo se halla relacionado con esta: el amor no es una prisión de mis expectativas. Amar es abrazar las diferencias del otro, hallar belleza en su singularidad y enamorarse precisamente de aquello que lo distingue.  


S, por su parte, me habló del amor desde otra perspectiva: para él, amar es comunicar. Algo que, paradójicamente, siempre me ha resultado complejo. Durante años consideré la comunicación un artificio superfluo. Crecí convencida de que mis palabras carecían de sentido porque, en mi infancia, aprendí a callar antes que a expresarme. No lo digo lamentandome—mi niñez fue como la de tantos otros—, pero las raíces de mi silencio son profundas.  


Cuando S y yo hablamos, entendí que mi reticencia a la comunicación no se debía al orgullo ni al temor a la confrontación, sino a una convicción errónea: la certeza de que el otro no me escucharía. Pensaba que, al articular mis pensamientos en palabras, mi lengua se torcería como un gusano y mis palabras se perderían en el vacío. Por ello, elegí el silencio. Y ese mutismo terminó hiriendo a los demás.   


He llegado a la conclusión de que los ideales románticos nos han condenado a vivir con expectativas irreales, a creer que el otro debe amoldarse a nuestra imagen y semejanza, perdiendo así su esencia. En nuestra concepción occidental del amor, anhelamos la fusión absoluta, la disolución del yo en el otro, sin reparar en que amar no es librar una batalla en busca de certezas, ni aferrarse a resentimientos, ni edificar castillos de aire. Amar es mucho más que eso.  


Ahora mismo, me encuentro en un autobús de regreso a casa. Desde la silla 20, observo el paisaje en la ventanilla. A mi lado, una madre y su hija se abrazan, resguardándose del frío. Al mirarlas, pienso que tal vez el amor sea eso: cobijar al otro, brindarle refugio, permanecer a su lado sin importar el rumbo.  


A veces el amor no tiene un destino claro. A veces, el trayecto es breve. Pero, al final, lo que realmente importa es la manera en que elegimos recorrerlo.  


Hoy, me siento más enamorada que nunca. Una canción evoca a mi familia y a todos los que amo. Me invade una nostalgia profunda, ese dulce peso del recuerdo. Pero en lugar de rechazarla, la abrazo con ternura, como un niño que se deja arrullar por su madre.  


Y así, con esta reflexión, me despido de este fin de semana.  

Abandonarse

  Estos días han sido completamente diferentes al resto del tiempo. He estado intentando equilibrar una vida que, a veces, parece no ser la ...